
Me remonto al año 2011. Durante una de las emisiones más memorables de un olvidable programa que transmitía la televisión pública, la académica Beatriz Sarlo afirmó que “le debemos a los muertos de Malvinas la democracia”, para rematar diciendo que, “esa guerra perdida hizo que ganáramos la democracia”.
Ese mismo año moría el polémico intelectual inglés Christopher Hitchens, uno de los pensadores británicos que con mayor fervor declaró su apoyo a Margaret Thatcher cuando decidió ir a la guerra contra Argentina para recuperar las Islas Malvinas. Hitchens afirmaba que el seguro triunfo militar del gobierno conservador británico sellaría definitivamente la suerte de la dictadura en la Argentina. Pareciera ser que para Hitchens, hijo de un oficial de la armada que combatió en la Segunda Guerra Mundial, el fin justificaba los medios, más allá de la legitimidad del reclamo territorial por el archipiélago en disputa desde el año 1833.
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Por su parte, el escritor inglés Julian Barnes, estrecho amigo de Hitchens desde la juventud hasta su muerte, resultó ganador del Premio Booker en 2011 con la novela “El sentido de un final”. En una evocación crítica del ejercicio de los recuerdos personales, Barnes, un agudo crítico de la política de Thatcher hacia Malvinas, escribe: “La historia es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación”.
A diez años de estas menciones, que muy lejos están de prologar un ejercicio del azar, Sarlo acaba de sostener que no tiene claro si las Islas Malvinas son argentinas, al tiempo que se reivindican “tierras que aparentemente fueron de la Argentina en la tercera década del siglo XIX cuando todavía la Argentina no se llamaba Argentina, cuando todavía no estaba unificada como país y cuando todavía no tenía constitución”.
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Agrega Sarlo a este dogmático (y endeble) argumento histórico, una visión “cara a los cartógrafos”, usando palabras de su aclamado Borges, al apuntar que las islas son un territorio británico “que es lo más parecido al sur de Escocia”.
¿Una inconsciente referencia de la profesora y crítica literaria al flamante libro “Borges y yo”, en el que su autor Jay Parini narra las aventuras vividas en Escocia junto al autor de El Aleph? Un falso nacionalismo declamaría que el sur de Escocia está calcado de la Patagonia argentina. Un debate pendiente de la geología podría determinarlo.
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En su afán de sostener su ya tradicional postura sobre la autodeterminación de los kelpers para decidir la futura propiedad de las islas, llama la atención que Sarlo, una intelectual comprometida con los valores republicanos durante su larga trayectoria académica, desconozca las decenas de resoluciones sancionadas por las Naciones Unidas en orden a una negociación diplomática sobre el archipiélago, cuya soberanía es reclamada por todos los gobiernos argentinos desde hace más de un siglo y medio.
La ensayista de 79 años remató su intervención periodística indicando que “cuando la gente dice ‘las Malvinas son argentinas’ no se sientan ni un minuto a pensar”. La gente pelea porque no sabe discutir dijo Chesterton. Si a partir de ahora Sarlo se detuviera un minuto para hablar sobre Malvinas evitará, seguramente, muchas peleas futuras sobre un tema que provocó una guerra, y que está enmarcado en un delicado escenario geopolítico de difícil pero imprescindible solución diplomática.
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