
Un hombre con el torso desnudo levanta el puño en alto. En su muñeca se ve unas esposas que no lograron engrillarle en la otra mano. Grita ¡Libertad!, frente agentes de las fuerzas de seguridad de su país que están por detenerlo. La gente no los deja llevárselo. ¿Qué delito ha cometido? Ser un músico que canta por la liberación de su pueblo sumido en una dictadura que lleva 62 años. Ni el rapero Maykel Osorbo, que finalmente fue apresado, ni los otros 5 músicos que se unieron para concretar la idea del cantante Yotuel Romero imaginaron que la canción Patria y Vida iba a convertirse en el emblema de las protestas que desafiarían como nunca al régimen castrista.
La dictadura tiembla ante una canción. La dictadura tiembla ante una canción que propone vida en vez de muerte. Un fiscal sale por televisión y dice que está prohibido decir Patria y Vida. Los jóvenes que piden por sus derechos no entienden que la Muerte pueda ser una consigna. El grito de guerra de la revolución está anquilosado como su capacidad de ofrecer un presente de mínima supervivencia a ciudadanos a quienes tratan como prisioneros.
Si no fueran sanguinarios en la represión, se diría que las dictaduras se consumen en la estupidez. Y no es nuevo que la música popular sea heraldo de las cadenas rotas. Pero prohibir decir Vida, detener gente porque dice Vida, sólo desnuda la debilidad del régimen. Instigar a delinquir es decir Patria y Vida. En la semántica escandalosa de lo que ofrecen está el redoble de su agotamiento. Ofrecen muerte. Y no sólo por el mote gastado de una revolución que nunca cumplió con la promesa de superarse mediante elecciones sino porque falta lo básico para la subsistencia, la salud publica esta desmantelada, los médicos son enviados a otros países para prestar servicios y reciben una ínfima parte de lo que el estado cobra por ellos, vendiéndolos; el turismo languidece, el COVID-19 acecha con uno de los peores índices del continente y la caída económica llegó a 10,9% en 2020, con una inflación estimada en 500% anual. Realmente ofrecen patria y muerte. Ni, aunque quisieran parecen capaces de ofrecer de vida.

Toda la fuerza del estado policial que arremetió contra su gente con represión, detenciones y miedo, que no tiene misericordia ante madres que lloran por sus hijos desaparecidos y que cree que puede encarcelar a la propia verdad, fenece de impotencia en el propio ejercicio de su terror. Dicen por ahí, que el tirano es el peor de los esclavos. Lucha contra un hecho innegable, la esencia humana de la libertad. En su espanto ante la libertad, cree que pueden encarcelar los pensamientos, que puede decretar lo absoluto, que pueden disfrazar la decadencia de una revolución que sólo ha cristalizado la esclavitud de un pueblo que padece hambre y desesperación. Pero que a pesar de los azotes que intentan denigrar y doblegar insiste en que ha iniciado un camino irreversible, el de la dignidad humana.
Los periodistas detenidos no se acobardan luego de los calabozos y siguen reportando. Los activistas vuelven a elegir ponerle el cuerpo a la libertad. Los apagan, les cortan internet, pero el mundo se convierte en sus gargantas.
Una marcha que saca de paseo los iconos envejecidos, no por la edad sino por la degradación, de una revolución momificada que reparte sólo miseria, intenta escenificar que nada ha cambiado. ¿De qué se ríe Raúl Castro? La furia de la represión revela que el muro cruje.
Cuba no está sola. Hay un mundo que se une a su clamor por libertad. Y los que partieron son un país desde el afuera que quiere volver para abrazar a los suyos cuando la libertad le de, por fin paso al futuro. Ellos dicen que el proceso que ha comenzado es irreversible. “Los jóvenes que reclaman en Cuba ya no piden irse, no esperan un gomón para llegar a Miami, quieren que se vaya la dictadura”, dice Yotuel Romero, el músico que durante dos años soñó una canción para cambiar la historia. No lleva un fusil, se pintó las palabras Patria y vida en el pecho y con letras blancas. Las palabras prohibidas. Prohibieron la Vida. Y sí, al final la fuerza siempre es aliada de la estupidez y termina confesando que pregona y que promueve solamente la muerte.
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