
La pregunta sería si el subdesarrollo argentino ¿perdió sus condiciones de “sostenible”? Al menos en el mediano plazo. Hasta hace muy pocos años, parecía que la actividad política de nuestro país había logrado alcanzar un estadio general, que se podría denominar como el de un “subdesarrollo sostenible”, mediante el cual se lograba una gobernabilidad política suficiente para obtener los necesarios éxitos electorales de la actividad, sin prestar demasiadas consideraciones ni a la necesidad de alcanzar un equilibrio de las cuentas públicas ni a la de preservar un grado mínimo de productividad y competitividad de la economía argentina en su conjunto.
Eran los tiempos de una plena dominancia de la política, en su clásica definición de “el arte de lo posible” y de las “decisiones políticas” que todo lo podían. Pero, en nuestro caso, como no podía resultar de otra manera, exacerbada hasta la de la auto consideración de la clase política local como a unos “alquimistas de la felicidad”.
PUBLICIDAD
La caracterización del referido subdesarrollo sostenible podría resumirse en un central e intenso uso del “señoreaje monetario”, el impuesto inflacionario, para financiar parcialmente a las cuentas públicas, y en una creciente utilización de las transferencias, vía los impuestos sobre los sectores más productivos y los simultáneos subsidios hacia los espacios improductivos, logrando así los deseados resultados electorales favorables.
Parecía así ya saldado y resuelto el trilema de la gobernanza política, de la consolidación fiscal y de la productividad y la competitividad. Pero, obviamente, el crédito externo y la inflación comenzaron a encontrar a sus límites máximos y las reservas, los stocks y la productividad a sus umbrales mínimos, tanto de tolerancia social como económica y, por ende, de efectividad electoral.
PUBLICIDAD
La historia de los avances y frenos de la economía
En el largo plazo, ello se visualizaba, después de un prolongado estancamiento económico desde finales de los años 70 hasta fines de la década de los años 80, cuando luego del “stop” que impuso la hiperinflación de los años 1989/90, iniciamos un “go” de la economía, solo interrumpido brevemente en los años 1994/95 por el contagio de la crisis de México, hasta 1998, en que ingresamos a una recesión, que nos condujo a un nuevo y traumático “stop” con la grave crisis del 2001.
PUBLICIDAD
Después de la cual rápidamente repetimos un renovado “go” de prosperidad hasta 2011, salvo el temblor intermedio de la crisis bursátil global de los años 2008/09. Así, el mecanismo del “stop and go”, que en el largo plazo resultaba en una muy escasa tasa de crecimiento económico per capita, era la principal característica del “subdesarrollo sostenible” de nuestro país. Pero, desde 2011, similarmente a la “década perdida” de los 80 del siglo pasado, transitamos una nueva y extensa etapa de estancamiento económico, a modo de un muy prolongado “stop”, del cual ya no surge el siempre esperado y cuasi espontáneo “go”, que supondría la política por aquello de considerarnos “condenados al éxito”.
Sino que apareció desde China, como un auténtico “cisne negro” de Nassim Taleb para este modo de la política argentina, una inesperada y muy traumática pandemia de un desconocido y mutante virus, al que primero enfrentamos con extensas y generalizadas cuarentenas y luego con tardías y relativamente escasas vacunaciones y test, que sumado a nuestra intrínseca debilidad estructural, hacen del actual “stop” de una duración inédita y de una profundidad aún no mensurable.
PUBLICIDAD
Preocupación esta que se agrava, si se advierte que se trata de una crisis a la que no se la puede superar incluso con un contexto externo muy favorable de un tipo de cambio alto y de una tasa de interés muy baja; además de haber transcurrido un primer semestre fiscal sin mayores necesidades de emisión monetaria y con una cosecha récord, tanto en producción como en precios simultáneamente, otra de las históricas presunciones que sostenían el modo argentino de la actividad política, desdeñando la necesidad del equilibrio fiscal y de la productividad.
La hipótesis que el subdesarrollo de Argentina pudiese dejar de ser “sostenible”, entendiendo por ello a una progresiva decadencia, pero cuya tasa de gradual declinación la tornaría “tolerable”, como ocurre en la biología con los dolores progresivos de un cuerpo enfermo, exige que el Estado argentino adquiera, y muy rápidamente, la resiliencia necesaria y suficiente para dejar de ser una mera maquinaria electoral de empleos y volver a ser un eficiente proveedor de modernos bienes y servicios públicos, que nunca dejarán de resultar complementarios del desarrollo del sector privado productivo.
PUBLICIDAD
SEGUIR LEYENDO:
Últimas Noticias
Desarrollo Social, la IA, y los gemelos digitales
El Ministerio de Capital Humano anunció, un mes atrás, la intención de incorporar modelos de inteligencia artifical para diseñar políticas y predecir su impacto. El comportamiento a través de un modelo predictivo podría funcionar como información para otros campos estadísticos

El Monotributo no se mancha
La sugerencia del FMI busca reducir la brecha de aportes con los inscriptos comunes, pese a admitir que el esquema simplificado favorece el cumplimiento y la cobertura de salud y previsión de pequeños contribuyentes

Del producto al dato: la nueva economía de las empresas tradicionales
El modelo de negocio se reordena alrededor de la lectura en tiempo real de hábitos de compra, sensibilidad al precio y comportamiento regional, con múltiples puntos de contacto como insumo estratégico para decidir

Innovación social desde la Ingeniería Industrial
Disciplinas como la ingeniería industrial —tradicionalmente enfocadas en la eficiencia operativa— comienzan a desempeñar un rol más amplio: ser un puente entre la eficiencia y el bienestar comunitario

El dilema de los trabajadores de las apps
La economía de plataformas crece en todo el mundo y plantea en Argentina el desafío de regular la actividad sin perder flexibilidad ni derechos laborales




