Cuba Libre

Tras instalar la grieta en la política interna, el gobierno de Alberto Fernández ahora la está desparramando a lo largo y lo ancho de nuestra política exterior

Protestas en La Habana (Cuba). EFE/Ernesto Mastrascusa
Protestas en La Habana (Cuba). EFE/Ernesto Mastrascusa

Magnífica ironía del destino la que hace que sesenta años atrás se popularizara un trago con el apelativo de Cuba Libre, en homenaje al huevo de la serpiente de la peor dictadura que haya asolado a América en toda su historia.

En nuestro país, como en el resto de la región, numerosas almas pías se escandalizan en estos días por lo que está pasando en la isla, sin siquiera intentar una autocrítica por sesenta años de silencio cómplice, cuando no de franco aplauso a semejante bochorno, al que se apresuran a condenar recién ahora.

De hecho, la imagen de Alberto Fernández abriendo los brazos para manifestar que no está bien informado de lo que pasa en Cuba excede la ya habitual mímesis de Benny Hill, para evidenciar la hipocresía de millones de nuestros conciudadanos: a ese fingido desinformado lo votó la mayoría del pueblo argentino. ¿A cuánto se cotizarán hoy las remeras con el rostro del Che Guevara?

El penoso papelón presidencial confirma lo que ya venimos denunciando desde hace tiempo: después de instalar la grieta en la política interna, este gobierno la está desparramando a lo largo y lo ancho de nuestra política exterior, léase Venezuela, Irán, Nicaragua, Bolivia, Perú y los a venir.

El kirchnerismo, que alega respeto por los asuntos internos de otros estados, no trepidó en facilitar activamente la campaña de Evo Morales desde suelo argentino, pretendió luego aleccionar a Iván Duque y Sebastián Piñera cuando se produjeron disturbios en Colombia y Chile, y apoyó abiertamente a uno de los candidatos presidenciales en Brasil y Uruguay. Pero nunca hizo nada efectivo por elecciones libres en Cuba, Nicaragua o Venezuela.

En 1983 recuperamos la democracia sobre la base de un sólido trípode: respeto institucional, inserción en el mundo y derechos humanos. Esa era una verdadera política de Estado, y tan fuerte, que nos está permitiendo transitar el hasta ahora segundo período de vida constitucional ininterrumpida más prolongado de toda nuestra historia.

Los derechos humanos eran una bandera de todos los argentinos, de la sociedad en su conjunto. Treinta y ocho años después, en la política exterior ningún país nos cree legítimos continuadores de lo iniciado por Alfonsín y, en la política interior, a los derechos humanos se los ha secuestrado y ya no son más patrimonio de todos sino bandera partidaria del mismo movimiento político que abandona su defensa en todas partes. Cómode con Luis XIV, algune dirigente hace rato que proclama “les Dereches Humanes soy yo.” Ya lo dijo: hay que temerle a Dios y un poquito a ella también.

Las airadas muchedumbres en La Habana merecen toda nuestra simpatía, pero los disturbios que no desembocan en cambios importantes al poco tiempo tienden a licuarse en la impotencia: los enfurecidos franceses que tomaron la Bastilla no tenían la menos idea de que estaban iniciando una revolución histórica, el proceso iba mucho más abajo. Si la plañidera solidaridad continental no ha conseguido desplazar ni siquiera a Maduro o a Daniel Ortega, parece poco probable que la dictadura que, en todo el mundo occidental, cuenta con más milicia armada en proporción a sus habitantes, vaya a cambiar mucho de manera inmediata, tal vez ni siquiera mediata. Sesudos analistas nos anuncian que estaría comenzando el fin de la era castrista. Fácil: Raúl Castro tiene noventa años y Fidel ya murió. Perogrullo sabe que la historia de las sucesiones de los hombres fuertes, de Alejandro hasta la fecha, ha sido complicada y pocas veces exitosa. Esperemos que a la Historia no se le ocurra cambiar justamente ahora.

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