
A más de un año de suspendidas las clases, una vez más, es necesario pensar hacia dónde va la escuela, esta institución que fue pensada hace más de trescientos años con el objetivo de “enseñar todo a todos”
La era de las tecnologías y de las comunicaciones irrumpió en el siglo XX, cambió el escenario de manera categórica y produjo disrupciones en grandes empresas y también en pequeñas instituciones. Sin embargo, la escuela se mantiene firme con su prototipo rígido y perimido.
A pesar de ello, desde hace más de un año, la realidad la pone en jaque; la intima a romper con la presencialidad que tanto defiende y la obliga a dejar de pensar la homogeneidad para dar lugar a la alteridad. La pregunta es si puede hacerlo.
Y es aquí donde fluye la posibilidad de dar el gran golpe de timón a las prácticas tan tradicionales y donde surge la tarea docente, la capacidad para motivar, para crear, para imaginar y, por ende, aprender y reconocer que no todos los niños y niñas son iguales y que no todos están insertos en el mismo contexto.
Días pasados, un alumno de una escuela primaria privada me dijo: “Tengo temas nuevos y es como que mucho no los entiendo, pero con las tareas voy bien, en eso voy bien. Así que no voy a tener problemas”. Me imagino a su maestra corrigiendo la actividad que ese niño hace bien, aunque, quizás, sin preguntarse si lo aprendió y, en todo caso, cómo lo aprendió.
Y así como en algunos sectores hay sobreexigencia de contenidos nuevos y actividades con horarios fijados, en otros se hace lo que se puede. Ya es sabido que, en estos tiempos, garantizar contenidos pareciera ser una opción para unos pocos y asegurar que llegue a todos de manera equitativa es un objetivo a largo plazo.
En los suburbios, las docentes dejan las tareas para fotocopiar en el kiosco del barrio o las envían por Whatsapp porque acceder a Internet es un paisaje lejano para algunas familias, tan diferentes a otras que tienen bienes materiales y simbólicos y llevan todas las de ganar: explicaciones por zoom o google classroom y material on line, entre otros beneficios.
La escuela ya no será la misma, o al menos ese es mi deseo. Con la pandemia ha implosionado, se le han cuestionado sus formas de ser y estar en el mundo. Ahora bien, habrá que ver si los gobiernos toman conciencia de esa ruptura de paradigma y acompañan los cambios con inversiones acordes y capacitaciones docentes.
Ir a la escuela es mucho más que hacer actividades o ejercicios, es poder disponer de dispositivos móviles para quienes no acceden a la tecnología, es formar docentes para que se apropien de nuevas formas de enseñar, es instituir un espacio y un tiempo colectivos, es compartir experiencias, es socializar saberes que quizás puedan replicarse en otros lugares. Es el tiempo de dejar de dar por supuesto lo supuesto y de plantear otras alternativas para estar en el aula.
Pero nada será posible sin un cambio medular, si no se cuestionan los modelos de gestión y de enseñanza y se los transforma. Y aquí el rol del Estado es fundamental. La cuestión es si el Ministerio de educación nacional, y cada uno de los ministerios provinciales, pudieron planificar el gran salto cualitativo luego de 16 meses de cuarentena.
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