
A 7.000 metros bajo la superficie del océano Índico, un equipo internacional de científicos identificó el mayor y más profundo cementerio de ballenas conocido hasta ahora, con restos que abarcan desde ejemplares actuales hasta fósiles de hace 5,3 millones de años.
El descubrimiento, publicado en la revista Nature, reveló una concentración de osamentas nunca antes registrada, con una extensión de 1.200 kilómetros y una posible acumulación de hasta 10 millones de cadáveres. Esta necrópolis marina, ubicada en la fractura de Diamantina frente a las costas de Australia, transforma la imagen del fondo abisal al mostrarlo como un enclave rico en biodiversidad y clave para entender la evolución de los cetáceos.
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El hallazgo en cifras: un corredor de vida y muerte
La investigación localizó el cementerio en la fractura de Diamantina, al sureste del océano Índico, a profundidades que llegan hasta 7.001 metros.
La necrópolis se extiende a lo largo de 1.200 kilómetros y la densidad de restos es tan alta que, como explicó Xiaotong Peng, investigador principal: “Alcanza los 759,5 individuos por kilómetro cuadrado”.
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El lugar, cerca de la costa occidental de Australia, no solo destaca por su extensión y profundidad inéditas, sino también porque en él se han identificado fósiles de especies aún existentes y otras ya extintas. Entre los restos sobresale un cráneo fosilizado de la ballena picuda Pterocetus benguelae, fechado en 5,3 millones de años, y otro de una nueva especie, Pterocetus diamantinae, descrita por primera vez gracias a este hallazgo.

Un oasis inesperado en las profundidades
Cuando una ballena muere en alta mar, su cuerpo puede flotar durante un tiempo y luego descender hasta el lecho oceánico, donde se convierte en el foco de un fenómeno conocido como “caída de ballena”. En limpio, esto es cuando los restos de un cetáceo sirven de sustento para una gran cantidad de organismos marinos, creando un “oasis” de vida en un entorno normalmente desprovisto de alimento.
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Los investigadores detallaron que en la zona de Diamantina todavía existen al menos cinco “caídas de ballena” activas, con comunidades dominadas por gusanos devoradores de huesos, bivalvos quimiosintéticos y ofiuras, parientes de las estrellas de mar. “Muchas de estas especies podrían ser nuevas para la ciencia”, apuntó Giovanni Bianucci, paleontólogo de la Universidad de Pisa.

La magnitud de los hallazgos va más allá del número de restos. Los sedimentos y huesos acumulados en el fondo marino constituyen un archivo fósil excepcional que permite reconstruir millones de años de historia evolutiva de los cetáceos.
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Las condiciones extremas de la fosa, con una topografía en forma de “V” y bajas tasas de sedimentación, favorecen la conservación de los esqueletos. Además, las gruesas incrustaciones de hierro y manganeso actúan como una coraza natural que protege los fósiles.

Este entorno, que durante millones de años ha funcionado como una trampa natural, favorece la acumulación de restos de ballenas.
Los científicos sospechan que la zona no solo es un corredor migratorio para los cetáceos, sino también un punto donde los riesgos fisiológicos de las inmersiones extremas aumentan la mortalidad natural, sobre todo entre las ballenas picudas, conocidas como zifios.
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Comunidades especializadas en el fondo abisal
La muerte de cada ballena genera un ciclo de vida que puede sostener comunidades biológicas durante décadas.
En las inmersiones, el equipo científico observó cómo los huesos de los cetáceos se convierten en refugio para criaturas especializadas. Los cadáveres de ballenas en descomposición albergaban una gran diversidad de vida, incluyendo crustáceos, moluscos, gusanos que se alimentan de huesos y ofiuras. En algunos casos, los organismos encontrados resultan completamente desconocidos para la ciencia.
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Los expertos calculan que este “supercorredor comunitario de restos de ballenas” puede representar un gran sumidero de carbono. La acumulación de millones de toneladas de material biológico implica un impacto relevante en los ciclos biogeoquímicos del océano profundo.
“El hallazgo demuestra que todavía estamos lejos de comprender la verdadera biodiversidad de nuestro planeta”, subrayó Bianucci. El descubrimiento abre la posibilidad de que existan otros yacimientos similares en sectores poco explorados del océano, capaces de revelar aspectos desconocidos de la vida marina en escalas de tiempo geológico.
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Fotos: Nature
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