
El COVID-19 ha cambiado nuestras vidas radicalmente, desde la forma de adquirir bienes y servicios, educarnos, trabajar, la manera de sociabilizar y complementariamente para muchos ha representado el coexistir con “estresores” que impactan en la vida tales como: violencia doméstica, salud mental, inseguridad del empleo y económica, adicciones, soledad y depresión. Este año, además del desafío generalizado de evitar los contagios y asegurar un retorno seguro a los lugares de trabajo, las empresas deberán velar por la salud de los colaboradores que se encuentran atravesando alguna de estas circunstancias, que atentan contra la calidad de vida, desempeño y productividad.
Los líderes pueden ser de mucha ayuda demostrándose genuinamente abiertos y permeables a colaborar en este tipo de situaciones impulsando una comunicación abierta sin temor a ser juzgados o estigmatizados, abrir el espacio de trabajo para eventuales necesidades, mantener un código de asistencia con sus compañeros o jefes, por ejemplo, mediante mail o chat dónde pueda pedir auxilio en caso de que lo necesite y a su vez un canal para el envío de mensajes de apoyo. Es en este tipo de situaciones donde se pone de manifiesto los valores de los líderes y de las empresas y se humaniza el “contrato psicológico”.
Según la OMS, “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedad”. Si ponemos foco en la salud mental, el 2020 acumuló varios factores que fueron afectándola: aislamiento prolongado, pérdida del contacto social, restricciones a la libertad, en muchos casos retracción de los ingresos o pérdida, teletrabajo atendiendo casa, hijos y obligaciones laborales más el miedo al contagio y, en varios casos, la pérdida de seres queridos. De alguna manera los trabajadores experimentan una sensación de estar “siempre listos”, difuminándose el límite entre lo personal y lo laboral y no encontrando un horizonte cierto de cambio de la situación en el corto plazo. El gran desafío es entender cómo responde nuestro organismo ante el stress y conocer formas para atenuarlo, tanto desde lo físico, mental, emocional y espiritual. Este abordaje holístico nos enfoca hacia una mirada de bienestar integral, considerando las distintas situaciones que podemos encontrar, así como diferentes respuestas ante situaciones similares.
Las organizaciones pueden dedicarle más espacio a transparentar conversaciones de salud mental y bienestar, creando el entorno para que ello suceda y capacitando a los líderes en la escucha a sus colaboradores que fomenten ambientes más saludables. Es importante hablar sobre el tema, quitándole rigor de “tabú”, dónde los actores cuenten con el espacio para manifestar sus inquietudes y preocupaciones, lograr alertas tempranas y, en caso de ser necesario, accionar en algún tratamiento acorde. Los contextos de incertidumbre económica generan un escenario de ansiedad que puede derivar en estrés. Si bien no hay recetas mágicas ni de corto plazo para mitigar contextos macroeconómicos recesivos, es una buena estrategia promover el “upskilling” personal, identificar áreas de mejora de conocimientos y habilidades para sentirse seguro profesionalmente, reducir brechas y volverse más “empleable”, tanto en el país como en el exterior.
Por otra parte, con una serie de campañas de la Organización Mundial de la Salud (bajo el lema “Sanos En Casa”), el consumo de alcohol, tabaco y comida poco saludable ha aumentado durante los períodos de aislamiento. En muchos casos, es una práctica que luego cuesta abandonar, provocando un deterioro en la calidad de vida de las personas y teniendo un impacto directo en su vida familiar, laboral y relacional. Y otro punto que no podemos dejar de mencionar es la soledad, considerada una de las epidemias más grandes del siglo XXI. El aislamiento obligatorio profundizó esta problemática que ya antes de la pandemia afectaba a un cuarto de la población mundial. Muchas veces, de la mano de la depresión, la cual no siempre es advertida en etapas tempranas. Los más vulnerables son los adultos mayores que si bien no están en el mercado laboral formal, sus hijos que sí lo están, se ven obligados a asistirlos.
Definitivamente estos tiempos nos han enfrentado con nuestras propias habilidades y resiliencia, tanto física como mental, emocional y espiritual: atender no sólo nuestra emocionalidad, sino que también contener a nuestros hijos, padres y personas de nuestro entorno más cercano, nos desafía como personas, sociedad y como empresas. Estamos ante grandes desafíos. Es un momento que nos invita a repensarnos, fortalecernos, plantear preguntas y abrir nuevas conversaciones.
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