
En estos días, se cuestionó uno de los cuentos de los hermanos Grimm que inundaron las infancias de los últimos doscientos años. Blancanieves, en un texto escrito en 1812, es besada por un príncipe a fin de ser despertada, pero sin su consentimiento. Esto puso en tapete algunas cuestiones epocales que manifiestan costumbres patriarcales.
Los cuentos de hadas tradicionales tienen personajes aterradores e historias lúgubres. Hansel y Gretel, por ejemplo, cuenta la historia de dos hermanos, criados por una madrastra, quien convence al padre que los abandone en el bosque debido a la extrema pobreza en la que vivían. Al escuchar los niños lo planificado, cuando los llevaron al entramado de árboles, marcaron el caminito con piedras y eso les permitió volver. La segunda vez, lo hicieron con migas de pan, pero los pajaritos comieron sus marcas y quedaron en medio del arbolado. Hansel estuvo a punto de ser comido por una bruja malvada, quien obligaba a Gretel a hacer las tareas del hogar y a engordar a su hermano para poder comerlo.
Cenicienta es otro claro ejemplo de servidumbre y esclavitud. Otra madrastra malvada la obliga a quehaceres domésticos y la encierra para que no asista a la fiesta del príncipe. Las hadas harán lo suyo para que todos los relatos terminen con un final feliz.
Algunas películas de Disney ya habían sido puestas en discusión, tales como Dumbo, los Aristigatos y Peter Pan, entre otras; y, con buen tino, la marca comenzó a aclarar que el contenido tiene representaciones negativas o estereotipos incorrectos.
Sin embargo, en la historia hay cientos de relatos racistas, misóginos o con marcas de violencia de género.
Hesíodo, 700 años antes de Cristo, en su obra Los trabajos y los días, escrita para su hermano Perses acerca de las labores de un agricultor, sostiene que la mujer “es la fuente del mal, un castigo eterno para los varones, aunque un mal necesario que puede ser útil para la realización de los quehaceres del hogar”. También asevera: “No engañe tu mente una mujer de trasero emperifollado, susurrando palabras seductoras mientras busca tu granero; quien confía en una mujer, ese confía en los ladrones”. Y, además, la reduce a un objeto cuando escribe: “Antes que nada, consigue una casa, una mujer y un buey”. No obstante ello, para analizar esos dichos hay que comprender la organización productiva de la época.
Platón no queda fuera del cuestionamiento. Si bien en su obra La república plantea cierta igualdad de género, grafica que “a los hombres que se distingan por su excelencia en la guerra, se les concederá la recompensa de acostarse a menudo con mujeres con el pretexto de tener hijos”. Pareciera que las convierte en un objeto pasivo para divertir a los premiados.
También Rousseau en su escrito de 1762 - El Emilio o de la educación- describe a la mujer “como suave lazo de paz y castas guardadoras de costumbres”.
Grandes pensadores legitimaron la superioridad del hombre. No escapan a ello Marx y Engels, Shopenhauer, Kant, entre tantos otros. Sin embargo, es dable aclarar que las obras literarias o filosóficas son composiciones imbricadas a una época determinada.
La deconstrucción, ese proceso que rompe con concepciones hegemónicas, será un proceso que lleve años, especialmente porque muchos aún no lo ven como un problema.
Ahora bien, quienes educamos, padres, madres, tías, abuelos y docentes, todo adulto responsable de las infancias, tenemos la obligación de sentarnos junto a nuestros niños y niñas a leer cuentos o mirar películas, pero críticamente. Esto es, cuestionando los roles o las costumbres que allí se relatan. Será nuestra función explicar el contexto sociohistórico en el que fue escrita esa obra e intentar fomentar otras versiones.
Una antropóloga rosarina, Julia Broquet, escribió el libro: Rosalía y el revés de las cosas, donde cuenta la historia de una niña en situación de esclavitud, que vive en tierras santafesinas en 1810. Estos relatos cotidianos de infancias afrodescendientes, entre otros, pueden servir para que otros niños y niñas conozcan que la historia la escriben los que ganan y quiere decir que hay otra historia…
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