El miércoles pasado los argentinos y argentinas nos quedamos una vez más sorprendidos frente al televisor ante un nuevo anuncio presidencial. El presidente, Alberto Fernández, sin dar argumentos lógicos ni convincentes anunció, entre otras medidas, el cierre de escuelas en el área metropolitana de Buenos Aires para frenar la segunda ola de contagios por el COVID-19. Una decisión unilateral, inconsulta e inesperada, ya que muy pocas horas antes tanto su ministro de Educación como su ministra de Salud se habían referido al tema en sentido contrario, al confirmar lo que ya todos sabemos: que las escuelas no son foco de contagio.
Lo cierto es que la decisión presidencial no tiene respaldo ni en datos científicos ni en la observación diaria que se puede hacer en los establecimientos escolares. Lo que sí tendrá es un alto costo en la salud emocional de miles de niños, niñas y adolescentes a los que les vuelven a cambiar las reglas. Cuando muy de a poco empezaban su readaptación a la escolaridad, se los vuelve a encerrar.
Así como respecto de lo sanitario ya se explicó que los datos no acompañan las manifestaciones del Presidente, su decisión tampoco resiste el menor análisis en el plano estrictamente educativo. El cierre total de las escuelas en el 2020 nos dejó varias enseñanzas. En primer lugar, que la educación presencial es indispensable y que la centralidad de la escuela en el proceso de aprendizaje no puede ser desplazada con la virtualidad. Que la virtualidad es un buen acompañante y complemento, pero que no puede reemplazar al aula como lugar de socialización de nuestros niños y niñas ni como espacio donde se internalizan los aprendizajes.
En segundo lugar, nos demostró que la virtualidad del 2020 ensanchó la brecha educativa porque la conectividad no alcanza a todo el país. Ni a toda su geografía ni a todos los sectores sociales. Por lo tanto, que el mismo gobierno que aún no logró garantizar esa conectividad cierre con tanta liviandad las escuelas indica su falta de sensibilidad frente a la realidad que atraviesa la Argentina.
Y por último, pero no menos importante, más de un millón de chicos y chicas ya han abandonado la escuela a raíz del cierre del año pasado. Nadie de la administración nacional ha explicado cómo, quién y con qué estrategias piensa ir a buscar a esos estudiantes para que regresen a la escuela. Ante este drama social y la evidencia de que tantos de nuestros ciudadanos han hipotecado su futuro alejándose del colegio es que resulta aún más inexplicable la medida anunciada.
Más allá de que es una decisión errada y cuestionable desde el punto de vista educativo, también es un gesto repudiable desde lo político e institucional. Mal que le pese al Gobierno nacional, la ciudad de Buenos Aires goza de autonomía. Y, si bien algunas facultades aún no le han sido delegadas, la educación sí está entre las áreas que la Ciudad administra hace mucho tiempo de manera autónoma. El tono prepotente con el que el Presidente manifestó su decisión de imponer su criterio también en CABA denota otra característica de su administración: un decisionismo con un fuerte componente autoritario. Importa poco si se debe a presiones gremiales o de su vicepresidenta, lo cierto es que ha hecho un planteo que avasalla la autonomía de dicho distrito y eso representa un pésimo antecedente que el resto de las provincias deberían tener en cuenta.
La pandemia ha transformado al mundo. Hay cambios que han llegado para quedarse. Es cierto también que el orden mundial sufrirá transformaciones y que hay variables geopolíticas que claramente se están poniendo en juego. Pero justamente la incertidumbre del escenario es la que exige que los gobiernos tomen medidas racionales, en base a evidencia científica y al trabajo en equipo con los demás niveles de gobierno. El Presidente suele repetir como latiguillo marketinero para referirse a la pandemia que “nadie se salva solo”. Pero en función de cómo ha desautorizado a sus ministros y de cómo ha tomado medidas inconsultas y unilaterales ninguneando a la ciudad de Buenos Aires, es preciso recordarle que en democracia “nadie decide solo”.
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