
La dinámica que se impuso en el año 2020 sobre todo el planeta obligó a los gobiernos del mundo a reorganizar sus presupuestos para hacer frente a la crisis sanitaria. Esta reorganización produjo un drástico cambio de las prioridades de la agenda política, lo cual hizo de catalizador para que se pusieran de manifiesto convicciones y prioridades. Los gobiernos buscaron soluciones a esas prioridades, primero a tientas, luego con algo más de certidumbre, en algunos casos con solvencia, en otros a los tumbos.
¿Cuáles fueron las prioridades del gobierno argentino? Claramente la educación no fue una de ellas.
Allá por fines de marzo de 2020, en la primera extensión de la cuarentena, el presidente Alberto Fernández sostuvo con desparpajo: “Si hay algo que no me urge es el inicio de clases”. Ciertamente, una frase dicha en otro contexto, pero que evidencia convicciones y prioridades. Pero lo peor fue que esto se prolongó, un mes, un semestre, luego un poco más y un poco más, hasta comprender todo el ciclo lectivo. Una verdadera tragedia para las familias, para los niños y jóvenes que vieron clausurada su propia vida, pero para toda la sociedad que sufrió por la falta de empatía de un Gobierno taciturno que evadió el meollo del problema esperando que de alguna manera todo se solucionara.
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Hoy, a más de un año de aquella frase, volvimos al ruedo. Un nuevo decreto, nuevas restricciones, incertidumbre social, enojo, angustia, miedo. El propio ministro de Educación de la Nación declaró públicamente que solo el 0,2% de los estudiantes se contagiaron de COVID-19 por ir a clases y solo el 1% de los docentes. Sin embargo, nuevamente van a cerrar las escuelas. Según declaraciones de importantes funcionarios del oficialismo, al margen de la evidencia estadística de que la escuela es segura, prefieren volver a cerrarla porque reduce la circulación. Una decisión políticamente conveniente hacia dentro de la coalición de Gobierno (es pública la presión y el constante pedido de cierre por parte de CTERA y otros sindicatos docentes que no quieren ir a trabajar a los establecimientos), pero fatal para el futuro de nuestro país.
Los efectos a largo plazo de seguir postergando la educación de nuestros hijos empiezan a ser difíciles de calcular por su magnitud. La angustia, depresión, ansiedad, retraso pedagógico, que sufrieron todos los estudiantes argentinos el año pasado son de una profundidad aún no entendida cabalmente. Sin embargo, todo esto es algo nuevo solo en su modalidad. Un estudio, publicado hace unos años titulado “Los efectos a largo plazo de las huelgas docentes en Argentina”, analiza los datos desde el regreso de la democracia en 1983 hasta el año 2014 y muestra que en ese período hubo 1.389 huelgas y una provincia promedio perdió 372 días de clases (lo que equivale a más de dos ciclos lectivos completos). Además, ese mismo estudio mide el impacto negativo en los futuros salarios de esos estudiantes y encuentra evidencias “de un aumento en el desempleo, una menor participación en la fuerza laboral y una degradación ocupacional en los trabajadores más expuestos a huelgas docentes”.
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Y es absolutamente lógico: las estimaciones oficiales de la Encuesta Permanente de Hogares del segundo trimestre de 2020 indican que un 52% de los argentinos de entre 25 y 60 años no posee secundario completo. Esto significa que no reúnen las competencias laborales básicas para poder desempeñarse profesionalmente. Por otro lado, en un informe de IDESA de principios de este año 2021, se señala que las pruebas APRENDER 2019 arrojaron algunos resultados que debiéramos considerar con mayor detenimiento: el 39% de los jóvenes del secundario tienen capacidades de lectura básicas o inferiores. El informe agrega: “En el año 2000, Argentina estaba a la cabeza en América Latina en las pruebas internacionales PISA. En la versión PISA 2018, Argentina está por detrás de Chile, Uruguay, Costa Rica, México, Brasil y Colombia, e igual que Perú que en el año 2000 tenía un rezago respecto a Argentina equivalente a dos años de educación”.
¿Hasta cuando nos mantendremos paralizados mientras se socavan nuestras libertades y se amenaza el futuro de nuestra Patria? Desde el primer momento, el Presidente quiso convencernos de una dicotomía entre vida y normalidad. Tal era la situación que viviríamos que para resguardar nuestra existencia debíamos renunciar a todo lo que constituía nuestro día a día hasta el momento. Como se debía preparar el sistema para afrontar la pandemia, nosotros, ciudadanos obedientes, debíamos comprometernos con el bienestar general, ser solidarios y pacientes. Los argentinos le concedimos un año entero a las autoridades, ya es momento de despertar. Nuestros hijos no pueden seguir esperando, si soñamos con que vivan en un mejor país que de sus padres.
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