
Estoy escribiendo acerca de lo que ocurrió con la ministra Carla Vizzotti en el programa de Andy el sábado y vuelvo a mirar el teléfono. Esa horrible manía de chequear el whatsapp mientras escribo. Veo que el último mensaje que le mandé es de las 18.52 de hoy. Es raro que no me haya contestado. Tampoco el de ayer a las 12:47. Me clavó el visto con la doble tilde celeste. Es raro. Él siempre responde al toque.
Mañana se cumplen 4 años de la muerte de mi vieja. Guardo todos los mensajes que él me mandó desde que ella se quebró la cadera. Todos los días. Pero todos. Como esos amigos que se sienten padres cuando estás en la mala. No sé por qué, pero los releo. Es un bello. Es una bella persona.
¿Tengo que decir era? Tengo que decirlo. Aparece en mis dedos el recuerdo de Tomás Bulat que se me murió así. De improviso. Mis tripas sienten lo mismo. Un huracán interno de injusticia. Que está mal que se muera Mauro como estuvo mal lo de Tomás. Que no pienso rendirme a la realidad de su muerte ni aún leyendo la nota de Infobae que dice que está en desarrollo. ¿Hay más para decir? Ya está. Ya fue.
Son las 21:49 de este puto domingo. Se me murió Mauro Viale. Porque es así. Se me murió. A mí. Ya sé que a su familia, a Leonor, a Joni, a su hija, a sus nietos, y a vos que estás leyendo. Pero el amor que yo tengo por este tipo me da derecho a decirlo en la insoportable primera persona. Se me murió Mauro, le alcanzo a decir a Braulio cuando viene de hacer dormir a su hija y ya no puedo parar de llorar.
Por primera vez en la vida, como tantas primeras cosas profesionales que Mauro nos enseñó, escribo toda esta nota llorando. Me escribe Rosita Sueiro que, como él, son la historia grande de este oficio y sólo atina a decirme “Murió Mauro”. Es que no hay más. Pienso que él hubiera pedido que no lo enfoquen, exigiría que la cámara siguiera en el primer plano de los invitados, controlaría los graphs y los corregiría al aire y reclamaría que la noticia no es su muerte sino el corona, ese bicho de mierda, como le escuche decir hace unos días en a24. Pienso que citaría a Cortázar, advirtiéndome que luego del padre de Cronopios y de la Maga, nadie debería escribir. Pienso que me mencionaría el libro de la historia de la filosofía de José Pablo Feinmann que le regalé, reclamándome que no sea tan duro con el peronismo que, al fin de cuentas, es lo que mejor nos ha hecho, me diría. Sé que me regañaría con clase, con esa clase que sólo tienen los mejores, los cultos, los maestros, por pelear a la ministra en medio del desastre mundial de la pandemia.
Estaba asustado. Le tenía miedo al bicho. Miedo en serio. Sin embargo, su miedo fue siempre sirviente de su vocación. Nunca dejó de ir. Nunca, corona o sin, dejó un micrófono vacío para contar una historia. Eso es, era, Mauro. Un enorme, irrepetible contador de historias. Una especie de juglar moderno capaz de seducir con su palabra a un público reunido alrededor de un fuego con máscara de rayos catódicos. Mauro cuenta, contaba, seduce, describe, da imagen, oculta, exalta, talla, tallaba una historia. La que fuera. La universal manera de pintar el gran cuadro o el detalle de una esquina de la tela. Todas por igual. Con pasión. Propia y la necesariamente impostada para verlo interesante. Con vehemencia de los que pesan por sí mismo. Con los anteojos en la frente, casi vincha, con un desdén mentiroso, porque ¡qué cariñoso es, era!
Se me murió un amigo. Culto, profundo, veloz, contradictorio en las formas pero de una pieza en sus sentimientos bellos, divertido, muy alto, con perspectiva, lateral, nunca obvio. Nunca obvio. Mauro es, era, una persona de clase cimentada en nunca ser obvio.
Vuelvo a mirar el Whatsap. Leerlo, no sabía que esto podía pasar, calma mi llanto. Me río. Le escribo hace meses: “Se dice chapar, amigo. No atracar. Julia Zenko tiene el mejor disco de Elis. Sos el mejor. Con dos escarbadientes das pelea y haces el mejor programa”. Es de un domingo y, claro, lo estaba viendo en la tele. Él me responde mientras está al aire: “Los viejos podemos. Hoy se lo decía a Joni. Que me pelea. Mus (sic)”. Le escribo: “Joni te adora. Está orgulloso de vos. Como todos”.
Como todos, Mauro. Como todos. Maldita sea que tenga que escribirte esta nota. Te adoro. Chau.
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