Progreso, progresismo y geopolítica

Si el aumento de las clases medias en países menos desarrollados de Asia y África continúa con el ritmo actual, el foco del consumo global se desplazará de Europa y EEUU hacia la periferia, lo cual tendrá un enorme impacto

Llamamos progreso a un visible mejoramiento del nivel de la mayoría poblacional. Los países que progresan son aquellos en los cuales se verifica el crecimiento cuanti y cualitativo de las clases medias y la baja de la pobreza y la indigencia, con disminución de la desigualdad. Cuando ocurre lo contrario los países retroceden y, cuando eso se repite durante décadas, entran en decadencia. Todos esos datos pueden ser medibles objetivamente y aceptados por propios y terceros.

La ocurrencia del progreso o la decadencia es multicausal y no responde a patrones ideológicos definidos, ni a las clásicas dicotomías: democracia vs. autocracia; capitalismo vs. socialismo; modernismo vs. tradicionalismo. Realmente influyen complejas decisiones nacionales (buenas o malas) tomadas sobre los decisivos factores portadores de futuro: doctrinas propias o globales; valoración geopolítica de sus circunstancias; uso proporcionado de los recursos propios; planeamiento estratégico como principal criterio de decisión; permanente análisis objetivo, alejado de cualquier ideologismo; mayor o menor búsqueda del bien común; un sistema político apropiado; el patriotismo de sus dirigentes; orgullo nacional insertado en la comunidad; características éticas de sus habitantes y principalmente, de toda su dirigencia.

El progresismo es una corriente bienintencionada que reivindica el progreso, pero que por un exceso de “ideologismo” no se enfoca decisivamente en buscar el progreso colectivo de toda la población, sino que se “distrae” del rumbo principal, dando prioridad a varias políticas de mejoramiento de las minorías. O bien suele atribuir que todos los males provienen de los excesos del sistema capitalista. El progresismo se manifiesta más en los movimientos populares o de izquierda, pero en realidad es un esquema de trabajo de los sectores más concentrados (financieros) de la economía global para fracturar y dividir a las sociedades menos desarrolladas, con horizontes electorales de apenas 2 años, que impiden hacer planeamientos de al menos unos 10 años.

No solo de promesas vive el hombre. Planificar no es prometer, sino gobernar, entendiendo las transformaciones que simultáneamente ocurren a escala global, donde la evolución de la clase media es fundamental. Económica, innovativa y políticamente, la clase media es la clave más poderosa del progreso de las naciones. China tiene actualmente unos 900 millones de clase media y unos 400 millones de pobres. Su población ya está envejeciendo rápidamente, al igual que lo que ha estado ocurriendo en Estados Unidos y Europa, los que intentaron compensarlo mediante inmigraciones. El 70% del PBI de estos países desarrollados se compone del consumo de las clases medias. De allí la actual relación entre “progreso” y “consumo masivo”, el de la enorme clase media norteamericana ha sido el último gran motor de la economía mundial. Habrá que ir pensando distinto.

Los 400 millones de chinos rurales y pobres serían los futuros “inmigrantes” dentro de China, con la gran ventaja de ser culturalmente homogéneos con el resto de la población. Una gran diferencia con EEUU y Europa, los cuales necesitan la incorporación de migrantes mexicanos y centro-americanos (EEUU) o africanos y asiáticos (Europa), con los problemas de integración cultural que ello trae aparejado, que ocasionan cierto “malestar” en las respectivas clases medias, bastante estancadas por el proceso globalizador, que han activado el surgimiento de algunos movimientos políticos de características nacionalista, basándose en que las perspectivas de progreso de los hijos serían peores que las de sus padres.

Si el aumento de las clases media en países menos desarrollados de Asia y África continúa con el ritmo actual, aunque dispar entre diversos países, el foco del consumo global se desplazará de Europa y EEUU hacia la periferia, lo cual tendrá un enorme impacto geopolítico. El aumento de la clase media de China, India, el Sudeste Asiático y varios países de África, superará con creces, por un simple factor demográfico, los valores de consumo de EEUU y Europa, que, pese al alto nivel económico de su capa etaria de mayor edad, no podrán compensar esos números.

En América Latina no está ocurriendo lo mismo. Está estancada, aunque haya avances y retrocesos. Tiene una dinámica oscilante con demasiadas disputas internas por un exceso letal de influencias de teorías eurocéntricas que complican su desarrollo. El péndulo dialéctico entre extremos opuestos, provoca el atraso de este continente si lo comparamos con lo que está sucediendo en el resto del mundo en desarrollo. Las oportunidades se van perdiendo en disputas secundarias y en particular, la Argentina, que un siglo atrás estaba compitiendo en los primeros lugares del ranking, ahora es una de las más estancadas de los últimos 40 años, enredada desde hace décadas en un laberinto paralizante, que la lleva a las actuales cifras de 42% de pobreza, 19 millones de pobres y 4 millones de indigentes. Hay 60% de jóvenes pobres y 40% de no pobres, pero con un futuro lleno de incertidumbre, que complicará cualquier proyección personal, basada en su capacidad de emprender y de innovar.

De los 46 millones de habitantes, 21 millones son la población económicamente activa. De los 18 millones ocupados, 6 millones son trabajadores informales, 3 millones tienen empleo temporal y monotributo, 3 millones son empleados públicos y 6 millones tienen empleo formal. Cualquier “aumento de salarios”, refiere sólo al 50%, es decir a 9 millones (formales + estatales). El otro 50% sigue su lucha diaria y eso explica la cuasi imposibilidad de parar la economía en esta tercera ola de COVID, tras la demasiada larga cuarentena del 2020. Para que la pobreza comience a disminuir, es necesario que la economía y el empleo crezcan; ello requiere inversiones genuinas y estas necesitan confianza en un modelo propio. No hay milagros ni “Estado” que escape a estas reglas del sentido común. Cualquier proceso político que siga empobrecimiento a los sectores medios será condenado electoralmente por ser contrario a cualquier idea razonable de progreso.

No todos los males deberían ser imputados al progresismo que no progresa, sino también a un neoliberalismo que atrasa frente al pragmatismo de otras variantes nacionales, que combinan competitividad internacional de los sectores innovativos de las clases medias, con la eficacia social de garantizar trabajo para todos, que permite cierta tranquilidad social. Es necesario una mejor eficiencia del estado para garantizar el orden interno, mediante altos estándares en el campo educativo, de la salud y de la seguridad para la comunidad.

A nivel global es observable un decaimiento de las clásicas banderas “progresistas” socialdemócratas, debido a la evidente desconexión entre sus propuestas y sus efectos prácticos en términos de progreso. Su multiculturalismo inicuo enhebra un falso igualitarismo que no resuelve problemas concretos como la inseguridad, una mala educación estatal, una creciente fractura social, con la consiguiente lucha de pobres contra pobres o contra las clases medias, además de estar perdiendo su antigua impronta de imaginación, idealismo y rebeldía, que enamoran siempre a los más jóvenes.

Cada país adopta modelos propios para llevar adelante el progreso de su Nación, dejando de lado modelos universalistas o rigideces ideológicas. Los resultados prácticos son la única verdad. Sin modelo, ni geopolítica, ni estrategia, es imposible que se logre progresar. Hay demasiados diletantes, que se ocupan centralmente de vivir a costa del Estado, sin ocuparse de resolver los verdaderos desafíos del progreso. El futuro es tan complejo y ambiguo que el Estado moderno necesitará profesionales pragmáticos, plenos de doctrinas nacionales, flexibles para enfrentar un mundo donde habrá más computadoras que seres humanos y más robots que obreros industriales, pero también mucho más peligroso, porque una tecnocracia global muy sofisticada podría llegar a dominar y controlar a la mayoría de la población mundial.

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