
Sí, estoy bien seguro: este hombre largo, de una belleza viril visible a los noventa años, mejora el mundo. Nacido en San Francisco, California, anduvo como un canto rodado porque su padre, contador, se buscaba la vida allá donde podía: era el ’30, la Gran Depresión.
Clinton Eastwood, como fue nombrado, también empezó a buscar su rumbo de muchas maneras en la juventud: conductor de camiones un tiempo, otro en la Marina, algo aquí y algo allá, hasta que hizo una prueba para Universal y le dieron papeles chicos y esporádicos en el cine.
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Allí fue donde con el tiempo iba a convertirse en un mayúsculo director de cine, premiado muchas veces, narrador clásico de una poesía seca, la de su firma, con una manera de contar tradicional y, al mismo tiempo, extrañamente distinta. Sin el cortejo premeditado del público -historias duras con destellos divertidos para respirar un instante- , este artista superior que interpreta el papel protagónico de sus obras -la palabra no le queda grande, al contrario- lleva consigo el gran arte, donde reside: una emoción irremplazable. Hablamos de Los imperdonables, Mystic River, Million dollar baby, la estremecedora Changeling, muy inspirada Angelina Jolie , La Mula, todo un corpus que se expande durante buena parte del siglo XX y lo ya gastado del XXl, problemático y febril como en el tango demoledor.
En el principio fue el western.
Fue elegido para el papel de la serie -aquellas que todavía no llegaban a la televisión color- Rawhide ( Cuero crudo). El Oeste y un justiciero a latigazos. Empezaba el aspecto de su popularidad. El traslado a Europa, llevado por el director Sergio Leone, autor de los spaghetti western. El rodaje bajaba los presupuestos y se buscaban escenarios en España, Málaga y Almería; pueblos y calles que se armaron como en el “viejo oeste” todavía dejan sorprendidos a turistas (un día volverán, supongo; y doy fe, lo he visto). Hicieron a Clint Eastwood estrella mundial como actor.
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Leone recreaba el cine todo: El otro lado del dólar, El bueno, el malo y el feo, Por un puñado de dólares lanzaron a las estrellas al californiano y al personaje de esos films, ese hombre sin nombre de aquellas películas que olían a sudor, a tabaco mascado y a traición, junto a la música del sin duda inmortal Ennio Morricone.

Solía decir Sergio Leone de Clint Eastwood, quien armó su personaje de manera personal, poncho, espuelas, cigarro, que como actor contaba con dos gestos: con sombrero y sin sombrero. Y eso, quizás, lo hizo construir un modo de actuación económico. Una broma, sí, o una manera de construir el oficio de actor con otra técnica. Aún no iba a ser él quien iba a dirigir sus historias en el cine para nuestra admiración y nuestra felicidad, pero faltaba poco.
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No quiero dejar de lado a Harry Callahan, el policía sin reglas, solitario y furioso siempre con su Magnum 44 en busca de la perversión y la criminalidad por las buenas o de otra forma. Dirigido por el gran Don Siegel, sin importar un pepino la corrección política. Porque, ya que estamos, hay que decir que Clint Eastwood es conservador, vota a los republicanos y rompe el esquema de que solo los progres y denunciadores sociales en el arte se inscriben en una izquierda cómoda y son artistas verdaderos: hay mucha injusticia, racismo repulsivo, infancia vulnerada, dolor en el mundo en todas y cada una de los palículas de Clint Eastwood. Sin excepción, grandes creadores y bazofias los hay de uno y otro lado.
Estamos esperándolo.
Es que ya viene la próxima de Clint, Cry macho. Director y actor. Está rodándose y muchísimos están felices de que llegue. Apenas se lo ve un poco encorvado pero no como los hombres muy viejos sino como los hombres muy altos, su nuevo film nos hará bien. Nos dará otro modo de vivir, el arte máximo, y apartarnos de tanta desorientación, vulgaridad y torpeza. Es cierto que cada época tiene su desastre, pero también cada una de ellas tiene alguien capaz de alejarnos, de hacernos bien.
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Esperamos, Cry Macho.
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