En colaboración con Florencia Paz y Martín Szulman

Sin esperanza, con bronca y con problemas: los y las jóvenes están sufriendo las consecuencias de las crisis (sanitaria, económica y social) con una especial gravedad. La acumulación y solapamiento de crisis tras crisis (desde el 2008) y la ruptura del contrato social que, a cambio de una serie de esfuerzos, les garantizaba un progreso han llegado a un punto crítico.
De hecho, un reciente estudio realizado por UNICEF revela que la crisis de la COVID-19 ha tenido, también, un importante impacto en la salud mental de las y los adolescentes de Latinoamérica y el Caribe. Por eso, no es extraño que hoy, tras un año de pandemia y crisis social y económica, los veamos más frustrados e impacientes. Y por eso, su presencia en las calles del mundo cobra cada vez mayor protagonismo. Hoy ya saben que serán la generación que vivirán peor que sus padres. Y no se les ha dado una explicación convincente.
Los vimos en Perú. Miles de jóvenes salieron a las calles de Lima y las principales ciudades del país en el mes de noviembre para pedir la renuncia del expresidente Manuel Merino. Si bien en muchos casos las protestas acabaron en actos de extrema violencia, estos jóvenes mostraron un malestar de fondo que revela un hartazgo e indignación con la clase política y, también, fatiga social. “Se metieron con la generación equivocada”, señalaban en sus carteles. Los vemos, también, en Argentina. En Formosa, por ejemplo, los y las jóvenes motorizaron a principios de marzo las protestas por la vuelta a la Fase 1 (la más estricta) de la cuarentena, convocada, inicialmente, por los comerciantes.
En su mayoría, estos jóvenes tienen entre 20 y 30 años. Son centennials o, también, conocidos como la Generación Z. Nacieron a finales de los noventa e intentan iniciarse en un mercado laboral que, golpeado por la pandemia, los precariza o les da la espalda.

En buena parte de los países de la OCDE, por ejemplo, la tasa de desempleo de la Generación Z casi duplica a la de las generaciones anteriores (millennials, Generación X y Baby Boomers). Esta situación dejará fuertes cicatrices en la sociedad ya que se está formando una generación con sin experiencia.
La crisis les llega a los centennials en un momento clave de sus vidas, cuando están moldeando sus ideas y creencias del mundo. Hoy están inquietos ante un futuro que es sinónimo de incertidumbre, no de progreso.
Los centennials conciben la dimensión aspiracional de un modo diferente. Antes, el progreso y la movilidad social ascendente era irse hacia los centros urbanos de toma de decisiones. Migraciones forzosas que eran naturalizadas. Ahora no. Hoy quieren crecer y desarrollarse en sus propias comunidades. No desean irse para conectar con el mundo, sino que desde allí quieren progresar y vincularse con este. Pero tampoco se conforman con los que el propio lugar les brinda. Cambian los estándares de vida.
Son nativos digitales. Su principal aliado es la digitalización. Por eso, vemos cómo en las manifestaciones hacen un uso natural de la transición on/off. Están en las calles y las redes. Eligen Instagram, Telegram y Tiktok para convocar, organizarse, comunicar y movilizar.
Son fuerza creativa. En muchos casos, eligen los lenguajes artísticos para concienciar y conmover.

Son nativos democráticos. Se movilizan por causas y no se identifican con partidos políticos. Más allá de que en algunos casos puede haber un acercamiento a agrupaciones político-partidarias, los centennials muestra un gran escepticismo hacia ellos.
Y a pesar de que participen y militen poco, al menos en las formas tradicionales en las que se concibe a la política, buscan ―y encuentran― vías alternativas para hacer oír su voz y poder expresarse políticamente. De hecho, lo hacen, y mucho. Pero prefieren la acción directa, desestructurada, puntual y esporádica.
El medioambiente, las desigualdades sociales, económicas y de género parecen ser las causas más potentes para estos nuevos protagonistas del debate público. En ese sentido, y a pesar de que muchos estén encontrando obstáculos en su camino, las y los jóvenes activistas climáticos están pasando de las calles a negociar escaños de poder. Este tema no es menor; está vinculado con el futuro de la vida misma, pero también con su desarrollo laboral y profesional.
En este y otros ámbitos, sus referentes políticos son sus pares, preferentemente mujeres, por su audacia y coraje. Greta Thunberg, Malala Yousafzai, Emma González, son algunas de las figuras que lideran a nivel mundial esta revolución adolescente.

Si los millennials (late o juniors), representan la transición entre dos mundos —lo viejo y lo nuevo— con diferentes reglas de comportamientos, los centennials o zoomers, vienen a romper totalmente con el mundo viejo y anterior.
La brecha entre estos jóvenes movilizados y los gobernantes es cada vez más amplia. Son generaciones distintas, cada una con sus propias reglas, códigos y lenguajes.
La pandemia acelera todo. Ahora, a diferencia de las crisis anteriores, en Argentina y otros lugares del mundo, no hay un afuera posible. El futuro, para muchos y muchas jóvenes, ha dejado de ser prometedor. Por lo tanto, en momentos donde el umbral de la tolerancia se encuentra en niveles muy bajos, comprender sus emociones, temores, ansiedades y códigos resulta imprescindible para poder volver a trazar un horizonte pospandémico.
Antoni Gutiérrez-Rubí (@antonigr) es asesor de comunicación y director de Ideograma. Florencia Paz (@FlorPazok) y Martín Szulman (@martinszulman) son consultores también en Ideograma
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