
Reducido a un modesto encuentro vía Zoom, tuvo lugar la reunión de Jefes de Estado del Mercosur. El encuentro virtual se produjo a 30 años de la firma del Tratado de Asunción que el 26 de marzo de 1991 dio nacimiento al bloque. En efecto, un día como hoy, hace tres décadas los presidentes de Argentina (Carlos Menem), Brasil (Fernando Collor de Melo), Paraguay (Andrés Rodríguez) y Uruguay (Luis Lacalle Herrera) firmaban en la capital paraguaya el acuerdo que consolidó institucionalmente el Mercosur. El mismo fue el resultado del impulso iniciado un lustro antes por los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney en su histórico acuerdo de Foz de Iguazú, el 30 de noviembre de 1985.
Pero el espíritu de aquellos años ha quedado reducido a un recuerdo histórico. La austera cumbre reflejó las dificultades que atraviesa el gobierno argentino en la relación con sus socios del bloque y los vecinos de la región. Minimizada a una mera formalidad, la reunión pareció haberse limitado a tan sólo cumplir la formalidad de la misma. Durante poco más de una hora, a lo largo de la cual que se sucedieron los discursos de los presidentes, casi sin interacción, la reunión sirvió sin embargo para mostrar los reclamos de algunos de los integrantes por alcanzar esquemas de “flexibilización” del bloque.
En tanto, las limitaciones evidentes que ofrece la virtualidad fueron remarcadas por el mandatario uruguayo quien recordó la necesidad de tener encuentros personales que permitan construir confianza entre las partes. Fue tal vez el oriental quien utilizó palabras más firmes al expresar que el Mercosur no puede constituirse en un “lastre” para sus miembros.

Pero los reclamos por lograr esquemas de “pragmatismo comercial” no se limitaron a los pedidos del presidente del Uruguay. También lo hicieron sus pares de Brasil y Paraguay, colocando a los otros tres socios fundadores del bloque en las antípodas del mandatario argentino. En su intervención final, en el cierre de la cumbre, el Jefe de Estado sostuvo que “no queremos ser lastre para nadie” y que “si esa carga pesa mucho, lo más fácil es abandonar el barco”.
A su vez, esta suspensión de la reunión presencial decretada por el gobierno argentino hizo que los presidentes de Argentina y Brasil continúen sin verse las caras después de casi un año y medio de convivencia institucional. Ello tiene lugar pese a los buenos oficios del embajador en Brasil, Daniel Scioli, cuya gestión es reconocida por propios y extraños. Pero el esfuerzo diplomático de un embajador no puede reemplazar la falta de voluntad de un presidente.
El mandatario argentino, en tanto, propuso la creación de un “Observatorio” sobre Derechos Humanos en el ámbito del bloque. Un noble propósito que lamentablemente se contradice con sus propios actos en la materia. Lo hizo tan sólo 24 horas después de que su gobierno anunciara la decisión de retirarse del Grupo de Lima, en lo que fue entendido dentro y fuera de la Argentina como un aval a la dictadura venezolana.
La aproximación a la interminable crisis venezolana, a su vez, presenta otra grave divergencia entre los presidentes de la región. Esta realidad se ha expresado una y otra vez desde la llegada de este cuarto gobierno kirchnerista en diciembre de 2019 toda vez que ha abandonado la postura de firme condena a las violaciones de los Derechos Humanos por parte de la dictadura de Nicolás Maduro que sostuvo durante cuatro años la Administración Macri.
Lastimosamente, el gobierno argentino desperdició nuevamente una oportunidad al suspender el encuentro presencial de presidentes y reducir la cumbre a una apurada tenida virtual. Teniendo a cargo la presidencia pro-tempore del Mercosur, la diplomacia argentina podría haber trazado una agenda para enfrentar en conjunto los graves desafíos que plantean las presentes circunstancias globales, dominadas por la dramática e interminable crisis sanitaria, social y económica derivada de la pandemia del COVID-19.
*Mariano A. Caucino es especialista en relaciones internacionales. Sirvió como embajador argentino en Israel y Costa Rica
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