
Uno de los “vacíos políticos” -parafraseando la expresión jurídica “vacío legal”- es el que involucra al rol y el quehacer de un ex presidente. A nivel personal, debe resultar difícil para quienes en función del rol que ejercen a menudo se deslizan hacia personalidades narcisistas y/o megalómanas, la inevitable transición entre ser el centro de atención pública, el titular de un cargo cada vez más unipersonal que los convierte casi “en reyes con el nombre de presidentes” al decir del libertador Simón Bolívar, a ubicarse al margen de la política y ser muchas veces relegado al ostracismo.
Evidentemente no está claro cómo debe comportarse un ex presidente, siendo mucho de su personalidad, aspiraciones y capital político lo que, en última instancia, dictará sus pasos después de la presidencia y, en todo caso, las posibilidades de volver al redil.
En Estados Unidos, para citar el caso del presidencialismo más longevo del mundo, los ex presidentes fueron asumiendo progresivamente la actitud de mantenerse al margen de la política. “No hay nada más patético en la vida que un ex presidente”, había dicho, poco antes de dejar la Casa Blanca, el ex mandatario John Quincy Adams (1825-1829), quien tras abandonar el cargo se quedó en Washington y fue legislador por 17 años, hasta el día de su muerte. Hoy, los ex presidentes estadounidenses optan por un rol más tranquilo, aunque no por ello menos lucrativo: además de recibir una pensión, brindan conferencias pagas, escriben sus memorias y establecen -con fondos estatales- bibliotecas presidenciales en sus ciudades natales, en las cuales reúnen documentos, regalos de Estado y objetos relacionados con sus vidas y trayectoria.
En Argentina, esta tradición de ex presidentes con bajo perfil y recorriendo el sereno camino a la jubilación y la exaltación de sus “legados”, no parece tener raigambre. En su conjunto, los ex presidentes se dedicaron a seguir alimentando su poder político una vez que le colgaron la banda presidencial a su sucesor. Alfonsín, Menem y Kirchner dieron sus respectivos pasos por el Poder Legislativo una vez concluidos sus mandatos presidenciales. En el caso del riojano, fue la Cámara de Senadores de la Nación la que lo cobijó entre 2005 y 2021 (16 años), cuando falleció.
Existe entre Cristina y Macri -nuevamente- una actitud similar en su paso como ex presidentes. Al igual que por entonces lo hizo la ex mandataria, Macri bajó ostensiblemente su perfil público desde que dejó Casa Rosada hasta estos meses previos a las elecciones de medio término. Al igual que Cristina, Macri reapareció en los medios con una entrevista. Al igual que Cristina, Macri publica un libro que intenta recopilar su paso por la presidencia de la nación, dando cuenta de sus decisiones, resaltando las dificultades y obstáculos, y supuestamente reconociendo algunos errores. Por cierto, ninguno de los dos fue muy enfático en este último aspecto. Pero el punto en el que más se parecen, es que como Cristina Fernández de Kirchner desde 2015, Macri apuesta a que, si al gobierno le va mal, la política y los electores acudirán a él. No sería el primero ni el último de los líderes políticos en autopercibirse ya no como mero candidato, sino como verdaderos salvadores provinciales. Es sabido que los “delirios del poder” suelen obstaculizar cualquier buen criterio.
Operativo retorno
El proyecto del ex presidente concluyó de forma prematura por voluntad de los electores. Fueron ellos quienes depositaron sus votos en las urnas y quienes decidieron que, por primera vez en la historia argentina, un presidente que busca su reelección y se presenta en las urnas, pierda. No resulta tan sencillo para alguien retornar a la política habiendo perdido una contienda de la forma en que le sucedió a Macri. Desde ya nada es imposible, pero quitarse de encima semejante antecedente, puede ser complejo e implicar un arduo trabajo de reconstrucción en materia de imagen y posicionamiento.
Hay, por lo menos, dos lecturas del resultado electoral de 2019. El primero es el que, siguiendo un simple juego de ganadores y perdedores, ve el hecho de que Macri no logró imponerse a Fernández, y sucumbió ante el candidato del Frente de Todos. Sin embargo, si se observa el evolutivo electoral desde 2015 a 2019, la perspectiva del análisis podría enriquecerse.
En las elecciones generales de octubre de 2015, Macri logró 34,15% de los votos. Un mes después ese número creció -forzado o estimulado por el escenario de balotaje- a 51,34%. Cuatro años después, Macri alcanzó el 40,28% de los votos, es decir 6 puntos más que en la misma contienda anterior (octubre), pero casi 11 puntos menos que en el balotaje (noviembre). La conclusión de esta lectura entonces nos deja que si bien Macri creció entre 2015 y 2019 respecto a la cantidad de votos obtenidos en elecciones generales (34% a 40%), este dato a priori alentador no debería correrlo del punto clave; o mejor dicho, de la cantidad de electores que no supo contener entre noviembre de 2015 y octubre de 2019, es decir ese 51% que se redujo a 40%.
Hace mucho tiempo que los políticos no funcionan como una respuesta a las necesidades de la sociedad, sino que son ellos los que fomentan la necesidad de la sociedad por determinados liderazgos políticos. Esta es, como analiza el pensador francés Bernard Manin, una de las principales metamorfosis que tuvo la política representativa entre mediados del siglo XX y principios del siglo XXI. En otras palabras, quien se va echado tiene que fomentar que la sociedad lo vuelva a convocar. Esperar que eso pase como por arte de magia es quizás la peor de las decisiones.
En este sentido, algunos analistas leyeron la presentación del libro “Primer tiempo” como el retorno del ex presidente a la escena pública. Pero lo cierto es que su primera aparición pública había sido cuando Macri orquestó una serie de entrevistas con la prensa. La diferencia entre la aparición de mediados de año y esta, es que la primera fue en respuesta a una situación de crisis para él: la aparición del libro “Hermano” de Santiago O ́Donnell en el que su hermano Mariano ventilaba intimidades y negocios del clan familiar. En esta segunda aparición pública, Macri buscó salir no en respuesta algo y corriendo detrás de la coyuntura, sino intentando instalar algo. Solo los días venideros dirán si lo ha logrado o sólo fue un evento que movilizó a un reducido grupo de adeptos.
Hay quienes miden el éxito o el fracaso de la política en términos de movilización. Siguiendo esta lógica cuantitativa, cuántas más Plazas de Mayo se llenan, se cree que alguien es más exitoso. Pero si algo debería quedar claro en la sociedad de la información, en la cual las redes sociales y las aplicaciones de telefonía tienen un papel tan relevante a la hora de compartir información y generar conversación, es que las manifestaciones presenciales no alcanzan para erigir un presidente. Así las cosas, incluso el más obtuso de los políticos, sabe que llenar una Plaza de mayo (74 mil personas) no representa apenas el 0,3% de los votos válidos en 2019; es, en definitiva, un medio para otro fin. En el caso de Macri, su tipo de liderazgo, su electorado duro y sus objetivos de mediano plazo, no ameritan movilizar miles de personas al lanzamiento de su libro, como sucedió con el lanzamiento de “Sinceramente”, el libro de Cristina.
La apuesta de Macri es la de mantener una presencia en la agenda pública que permita identificarlo como el gran opositor al gobierno nacional. Para él no es necesario orquestar grandes manifestaciones, virulentas declaraciones o grandes eventos que lo muestren como protagonista. De lo que se trata, simplemente, es de estar y taponar cualquier atisbo renovador al interior de su espacio.
Aprendizaje adquirido o cámara de eco
Los electores votan hacia adelante. Si bien algún estratega podría pensar que, apelando a un pasado mejor, cualquier candidato podría tener aspiraciones reelectorales, el pasado no siempre es un elemento suficiente para movilizar el voto, y menos si ese pasado al cual se apela no fue percibido por los electores como positivo. En otras palabras, Macri no perdió las elecciones como castigo por un hecho puntual o por obra de una casualidad, sino por sus mediocres resultados.
Hubiera sido inesperado que líderes como Cristina o Macri reconociesen errores garrafales, malas decisiones o falta de confianza en medidas tomadas. Menos aún, nadie esperaría que ese reconocimiento quedase impreso para la posteridad en las letras de molde de un libro. Pues bien, nada de ello ocurrió ni en “Sinceramente”, ni en “Primer tiempo”. Lejos de ser un “aprendizaje adquirido” como lo señaló el propio Macri, esta obra parece funcionar entonces como una suerte de cámara de eco, en dónde las ideas compartidas, aquellas que son aceptadas por un grupo de personas, resuenan y se reproducen, pero en donde las ideas divergentes, las que proponen situaciones incómodas o van en contra de otras ideas, son acalladas. Lo cierto es que, si Macri quiere proponerles a los argentinos algo distinto a lo que fue su gobierno, debería empezar por reconocer aquello por lo cual perdió la contienda.
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