Los límites y ventajas de la carta mexicana de Alberto Fernández

Argentina debe medir con cuidado sus acciones en el plano internacional para evitar tensiones innecesarias con sus principales socios comerciales y también con las potencias globales

Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador
Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador

A poco de ganar las elecciones del 2019, la variopinta coalición gobernante en la Argentina encontró en el tema México un punto de encuentro en la imagen que querían transmitir en materia de política exterior. Esta potencia latinoamericana, solo superada en población y PBI por el Brasil, estaba y está gobernada por un veterano político que se formó en la máquina de poder pragmática y desideologizada del PRI y luego fue tomando su propio camino, para finalmente crear su partido centrado en lemas nacionalistas, de justicia social y con un muy marcado énfasis en la lucha contra la corrupción.

Por razones obvias, sus supuestos admiradores en Argentina suelen focalizar en los dos primeros más que en tercero. Pese a que éste último fue la verdadera clave para que Andrés Manuel López Obrador o AMLO ganase las elecciones luego de vario fracasos previos.

En ese punto, la campaña de AMLO tuvo mucho de la retórica y estética de propaganda anticorrupción que utilizó la Alianza en la Argentina en 1997 y 1999. Incluyendo la promesa de venta del avión presidencial. Desde antes de asumir el 10 de Diciembre 2019, el Presidente argentino dedicó tiempo y ganas al denominado Grupo Puebla. En homenaje a la ciudad mexicana que reunió por primera vez a dirigentes de izquierda de la región.

Durante todo el 2020, el único miembro del grupo con el rango de Presidente fue el argentino. Eran momentos en donde la Casa Rosada se había convencido o la convencieron de que el gobierno de Bolsonaro en Brasil iba a caer más temprano que tarde envuelto en la crisis del Covid-19. Desde los micrófonos del poder en Argentina se llevaba adelante la etapa malvinera de la cuarentena. Cada semana o poco más, se le explicaba a los argentinos lo bien que lo estábamos haciendo y lo mal que lo estaban haciendo casi todos los países del mundo. En especial vecinos claves como Brasil, Chile y Perú, así como también Europa, Estados Unidos, etc. Solo se salvaban de la lluvia ácida y ninguneo, el régimen chino y Cuba.

El año fue transcurriendo y la euforia malvinera pasó a dar lugar a profundos enojos y críticas. En porcentaje de población nuestro país igualaba o superaba los contagiados y fallecidos por la plaga de muchos de los países que habían sido denigrado para dejar contentos a la tribuna. Una vieja tara nacional que no parece superarse pese a décadas de fracasos y decadencia. Mientras tanto AMLO desarrollaba un muy amigable y fructífero viaje oficial a los Estados Unidos gobernado por Trump. Ambos compartieron elogios y firmaron acuerdos de todo tipo.

En esos días del gobernante mexicano en Washington, ya no daba el perfil de ser el icono del oficialismo argentino de las bandera anti imperialistas y críticas del capitalismo neoliberal. Su larga comida con Trump, Carlos Slim y los más poderosos empresarios dejaba poco margen para el relato. Al mismo momento, y luego de esperar por meses la caída de Bolsonaro, el pragmatismo forzado y el trabajo eficiente e incansable del embajador Scioli, se comenzaron a tender puentes con el país estratégicamente más importante para la Argentina como es y lo será Brasil. Un gigante económico, industrial y agropecuario que tiene uno de los siete PBI más grandes del mundo, superando incluso a Rusia. Así como con uno de los diez mayores presupuestos militares del mundo, pese a invertir en este sector menos del 1.5 por ciento de su riqueza nacional. Con una inflación anual del 3 por ciento o sea un mes de inflación en Argentina y un riesgo país de 300 puntos o 1400 menos que el nuestro. Finalmente, una moneda nacional como el Real que desde su creación en 1993 pasó de valer 1 a 1 con el dólar a 5 a 1 hoy. En tanto que el peso de 1991 pasó de 1 a 1 a 150 a 1 en la actualidad.

Esa imprescindible reaproximación a Brasil se aceleró a finales del 2020 y comienzos 2021 con visitas de funcionarios de primer nivel a Buenos Aires, un amigable zoom entre Bolsonaro y Alberto Fernández y el anuncio de una reunión presencial de ambos junto a sus pares de Paraguay y Uruguay el 30 de marzo próximo. Como corresponde al culto al relato para minorías pequeño burguesas urbanas que cultiva el mundo K, especialmente desde el 2005 y más aún luego de la derrota con el sector agropecuario en 2008, esa movida hacia lo pragmático se vio acompañada por el anuncio de la supuesta próxima participación del Presidente argentino en un zoom organizado por la izquierda brasileña para homenajear a Lula. También un viaje del argentino a México para estrechar el vínculo con AMLO.

Ambas son acciones que deberán ser cuidadosamente pensadas en Buenos Aires. La primera, será una muy mala señal para el gobierno brasileño y las instituciones de ese país que han condenado en diversas instancias y casos al ex Presidente Lula. Ese cliché de sectores de la Argentina que asumen que si pensás o haces que pensás como de izquierda, sos siempre inocente y perseguido, no es muy compartido en Brasil ni en el mundo. En el caso de la travesía a México, se da en un momento en que AMLO ha decidido por razones domésticas tener una parte sustancial del 2021 con un clima de cierta aspereza y distancias retórica con Biden y su equipo. Entre los motivos, darle un uso más fuerte a las banderas nacionalistas frente a las elecciones legislativas y el referéndum revocatorio de su mandato que él mismo creó y que se producirá este año.

Un riesgo claro es que el gobierno argentino se sume a ese clima táctico de AMLO. La gran diferencia es que para Washington, México es un país clave y estratégico en todas las dimensiones. Cosa que el Presidente mexicano sabe perfectamente y por eso se hará el áspero pero no el loco. Nuestro país ni remotamente tiene la relevancia de México en los pasillos de poder de los Estados Unidos. Ergo, la paciencia y comprensión serán infinitamente menores.

El nuevo equipo de la Casa Blanca ve cada día más claro que el único ministro que muestra tonos amigables con Washington es el de Economía, necesidad de apoyo en el FMI mediante, y desde ya el incansable, pragmático y hábil embajador Jorge Arguello. Mientras que con China y aún con Rusia, todo parece ser color de rosas. Muchos funcionarios del equipo de Biden son veteranos del periodo Obama. En otras palabras conocen de memoria el ADN K.

Si en el pasado los desplantes, travesuras y malos tratos hacia los Estados Unidos no generaron reacciones mayores era por percepción americana de sentirse en un mundo unipolar y sin grandes desafíos. Esto ya no es más así. La élite política americana, sea Demócrata o Republicana, y el mismo Biden y su gabinete en especial, están dispuestos a devolver golpe a golpe en este nuevo sistema internacional o bipolarismo no polarizado como agudamente lo caracteriza Roberto Russell. El hecho de que no sea polarizado le daría un mayor margen a la Argentina para una postura estratégica realista, pragmática y con buenos canales de cooperación y mutuo beneficio con los dos gigantes así como con los semi pesados como Europa, Rusia, Brasil, Japón, India, etc. Nada más inútil e innecesario que excesos de ideología y retóricas inflamadas, sentidas o actuadas, en la política exterior de un país con la fragilidad económica, social y de Defensa como es Argentina.

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