
La esperanza es la espera confiada que nos inspira y estimula a seguir adelante más allá de nuestras caídas y nuestras frustraciones. Tener esperanza es aceptar la realidad y en la incertidumbre dejarnos sorprender, para darle espacio al impulso creativo que nos permite poner en acción esa utopía que puede cambiar nuestra vida y la de tantas otras.
Aristóteles decía: “La esperanza es el sueño de los despiertos”. Sin duda, la esperanza con los ojos abiertos nos habilita a crear una nueva realidad y estar atentos a nosotros mismos y a nuestro entorno. Ser empáticos, solidarios, flexibles y capaces de transformar la desesperación en acciones positivas, que nos permita alcanzar nuestros propios sueños desde una mirada agradecida.
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La esperanza no necesariamente nos asegura resultados positivos. Es la capacidad que tenemos para atravesar las tempestades en medio de la desesperanza y salir fortalecidos cualquiera sea nuestra crisis (financiera, familiar, física, emocional, existencial, laboral, de creencia o de valores).
La vida nos proporciona situaciones en las que nuestras expectativas se desmoronan, pero aun así podemos tener esperanza ante el derrumbe de lo que habíamos imaginado y permanecer abiertos a lo que no nos imaginamos. En esto consiste la verdadera ESPERANZA, desprovistos de certezas y con la incertidumbre de lo desconocido, aprendemos a transitar el camino sin red que nos sostenga, pero plenamente convencidos que a cada paso que damos, estamos más cerca de la libertad que es nuestro objetivo.
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Dejar las muletillas que nos acompañaron como sostén a lo largo del camino, salir del confort de lo conocido y contactarnos con nuestra vulnerabilidad, que es donde descubrimos la riqueza que nos hace diferentes. Y en la medida que la aceptemos, abracemos y valoremos, nos encausa a un nuevo despertar. Dejar el control y confiar nos lleva a un despertar emocional y espiritual donde el amor es el encuentro.
C.G. Jung decía: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”. Negar la realidad retrasa y agrava el problema. Aceptar cambiar el enfoque y buscar una solución que se lleve a cabo con decisión nos libera del sometimiento y nos hace más honestos con nuestras emociones y nuestros pensamientos.
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Lo contrario de la esperanza no es la desesperanza, sino la desesperación. Cuando sucumbimos a la desesperación, somos menos capaces de estar a la altura de los desafíos que debemos afrontar y a veces nos bloqueamos, queriendo tener el control de lo que no controlamos.
La desesperación es parte de nuestra emociones, pero no es todo. Alineemos nuestra mirada hacia los logros, sintiéndonos agradecidos de las cosas buenas que nos da la vida.
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Las personas con esperanza confían en sus capacidades. La confianza nos impulsa hacia adelante, nos pone en movimiento, nos invita a la transformación y, en algunas ocasiones, produce vértigo, pero perseverar y atravesarlo es clave para el crecimiento.
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