
Los economistas se han puesto de moda y hoy llenan páginas de publicaciones y minutos de televisión hablando del PBI, de la emisión monetaria y del déficit primario (temas importantísimos todos) pero ninguno alude a los otros déficits que pesan sobre los argentinos y que también son actores protagónicos de la postración argentina. La imprevisión es uno de ellos y, en gran proporción, el que nos trajo hasta la situación dramática en la que nos encontramos.
En una descripción del cuadro de situación actual, sería redundante mencionar la pésima performance de la Argentina en materia sanitaria en cuanto a su desempeño frente al tema de la pandemia, desastre solo equiparable a la que estamos teniendo en la provisión de vacunas y el operativo de vacunación. Además, la gestión Fernández-Fernández (la denominamos así para obviar la estéril tarea de definir el porcentaje de cuánta responsabilidad de gestión le cabe a cada uno) lleva un año sin resolver los gigantescos problemas económicos que arrastra el país y que se resumen en un concepto: la escasez, esto es la falta de casi todo en infinidad de planos. Hay millones de personas cuyas necesidades oscilan entre comida, agua, cloacas, trabajo, vivienda, salud, educación y/o seguridad.
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Muchos se espantan comprobando el hacinamiento y la marginalidad que se vive en varias provincias argentinas pero se acostumbraron a los señores feudales que las gobiernan desde hace décadas. Las diferentes administraciones nacionales convivieron con ellos, negociaron con ellos, repartieron cuotas de poder y de negocios con ellos mientras los medios de comunicación los retrataron inaugurando faraónicas obras públicas o, al menos, cortando cintas, transmitieron carreras desde autódromos dignos de países ricos anclados en provincias sin cloacas, con casinos más propios de Las Vegas que de distritos con 80% de empleados públicos y 50% de indigentes.
Vaya una mención especial al otro germen de este entramado siniestro: los empresarios de la construcción, que hicieron y hacen posible la farsa y el robo.
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La imprevisión, un rudimento que parece abstracto y lejano, ha jugado un papel clave en el desarrollo de la vida política nacional y vuelve a jugarlo en este año electoral. Los argentinos padecemos de seria imprevisión frente a las consecuencias que inevitablemente tienen los actos; sin embargo, no hacemos esa conexión y luego no nos privamos de sorprendemos por los efectos y nos preguntamos qué ha fallado.
Descartando mala fe, con escaso rigor analítico se pretendió instalar que Cambiemos es “kirchnerismo de buenos modales”. Ser superficial es una carencia del intelecto; una incapacidad del juicio, una torpeza del conocimiento; es la imposibilidad de reconocer matices, es ver la vida en blanco y negro y es, también, una forma más sencilla de vivir: lo que no es A, es B y listo.
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Según el científico Lair Ribeiro, la inteligencia es la capacidad de hacer distinciones; y sí, distinguir matices abre el abanico del pensamiento, lo hace más complejo y demuestra que los parecidos son, en todo caso, eso; parecidos.
El exitoso joint-venture electoral conformado por el macrismo y los radicales que en la gestión resultó un fiasco (evento probado por los hechos), puede haber votado leyes y acompañado decisiones ejecutivas malas (realidad también demostrada empíricamente) pero aún eso no lo hace esencialmente lo mismo que el kirchnerismo. “Esencia”, noción asociada a la filosofía y el derecho natural que escapa a la comprensión y el conocimiento de algunas disciplinas pero imprescindible si se pretende entender y conducir al hombre y, por extensión, a la sociedad.
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Para quien tenga la capacidad de analizar minuciosamente y con objetividad, ni el peronismo de las últimas décadas llega a ser lo mismo que los K. Entonces, quienes repiten esa fórmula y tienen la capacidad de influir sobre el público están arrastrando a una equivocación masiva y están pecando de una gran imprevisión.
Porque, aceptados los adefesios llevados adelante por la actual oposición, cabe listar aquello de lo que no fueron capaces y, por tanto, lo que los diferencia del oficialismo.
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Cambiemos no es lo mismo que Cristina y Alberto por muchas razones, no solo por su estética ni sus modales, que tampoco son temas menores; no solo porque no hizo abuso de la cadena nacional (un método de imposición de su relato político que implica la certeza de que el otro debe escucharnos y de que el Estado puede usar la fuerza contra el ciudadano bajo cualquier circunstancia, en un sentido claramente autoritario del ejercicio del poder); Cambiemos no es kirchnerismo de buenos modales porque, a pesar de su espantoso desempeño en materia económica, nadie ha probado que fueran una asociación ilícita; nadie los filmó contando fajos de dinero, pidiendo favores ni revoleando bolsos llenos de moneda extranjera.
Cambiemos no es kirchnerismo de buenos modales porque no es genéticamente destructivo, no responde filosóficamente a la acción política del enfrentamiento permanente enancado en la noción de amigo-enemigo y a la consecuente estrategia de aniquilamiento del adversario; porque no firmó acuerdos con estados considerados terroristas; porque no persigue jueces ni acusa sin pruebas. Y porque ninguno de sus funcionarios estuvo involucrado o sospechado del asesinato de ningún miembro del ministerio público ni de persona alguna. Por estas cosas, entre otras, Cambiemos no es simple, ligeramente, “kirchnerismo de buenos modales”.
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¿Podrá Cambiemos reconocer que el método que los llevó a la cima del poder fue también el que lo destronó? ¿Podrá animarse a elegir otras políticas y otras personas y entender que la decadencia argentina está atada al sistema político que heredaron, usaron, engordaron pero no ayudaron a cambiar? ¿Podrá reconocer errores? No se sabe. Habrá que mirar lo que hace porque lo que dice suele sonar bien pero ya sabemos que nunca alcanza.
La supervivencia del peronismo responde a su capacidad de incorporación de distintas corrientes de pensamiento, lo que le falta a Juntos por el Cambio. Creció como una fuerza filo social-demócrata más radicalismo y ahí se estancó. Aceptó peronismo vergonzante y liberalismo no explícito en dosis homeopáticas pero sigue expulsando gente. Lo hizo con Massa en su momento y ahora lo hace con los liberales sin entender que el desplazado no se queda inmóvil fuera del tablero sino que sigue incidiendo; dado que continúan en carrera, la pregunta es dónde los prefieren, si al lado o enfrente. Con esta actitud de contumaz ceguera, es legítimo facturarle, también, la diáspora de elementos republicanos que, no teniendo cabida en el armado opositor, buscan participar con opciones propias que, indudablemente, debilitan el espectro rival para alegría del oficialismo.
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Paradójicamente, son los primeros en elogiar a líderes como Angela Merkel. ¿Habrán leído que su candidatura surgió de una coalición de partidos?
Eso, en cuanto a la dirigencia. Pero a los ciudadanos también nos queda reflexionar sobre la imprevisión. Todo el espectro no kirchnerista debe reconocer el punto crítico en el que el país se encuentra; muy probablemente un punto de inflexión y acá viene la necesidad de tomar decisiones mirando más allá de la coyuntura.
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Si en los próximos meses el voto del no kirchnerismo se dispersa favorece al oficialismo. Y si eso pasa y los Fernández-Fernández obtienen las mayorías parlamentarias que tanto codician, no aleguemos mala suerte. La imprevisión habrá ganado otra importante batalla.
Tras el desgaste de una gestión más que mala, el kirchnerismo podría perder entre 3 y 4 bancas clave en el Senado y recudir su quórum propio a un agónico 37. De las 24 bancas que están en juego, le corresponden 15 y las 9 restantes, a Juntos por el Cambio. ¿No es el momento de fortalecer el bloque opositor? ¿Habrá mejor oportunidad en el futuro particularmente incierto que se presenta para los próximos meses?
Es un deber de Juntos por el Cambio entender la gravedad del cuadro y bloquear sus mezquindades. Porque como en algún momento reunieron el 41% de las preferencias, le cabe el deber de convencer al resto de los opositores a unir fuerzas para enfrentar lo peor de la política argentina; pero para eso es preciso atraerlos, no con cargos para luego neutralizarlos, sino con acciones que deriven en auténticos cambios. Y para eso JxC debe correr del centro de las decisiones a aquellos dirigentes que fracasaron estrepitosamente, que en la actualidad hacen reacio, con toda lógica, el voto por esas mismas caras y debe desistir de las políticas que tampoco dieron resultado. Será posible un acuerdo amplio solo sin las caras y las herramientas de la ruina que hicieron posible el retorno del kirchnerismo. Menos Estado, menos gasto público, menos amigos y más capacidad técnica, menos populismo, menos “cualquierismo” y más firmeza, más convicciones, más liberalismo político y económico.
Si esa premisa se da la oposición, en ese caso entendida como un solo conjunto, tiene la inmensa responsabilidad de asumir que está en sus manos prever el futuro cercano para evitar lamentos posteriores. No buscar una confluencia amplia sería una imprevisión absoluta, que nos costará las próximas décadas mientras hoy, sumidos en la desesperanza, los mayores se mueren y los jóvenes se van. Como decía Machado: “Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora”
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