
Hubo un tiempo en el que nadie hablaba del radicalismo. Años en los que a nadie le importaba en lo más mínimo la vida interna de nuestro partido. La época en la que muchos nos daban por muertos, extinguidos.
Era la misma época en la que muchos dirigentes nos abandonaron, buscando una mejor suerte. Hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia los vecinalismos y hacia la transversalidad. Cualquier destino parecía mejor que el nuestro.
A los que nos quedamos nos trataban de tontos y de ingenuos. “A ustedes no les gusta gobernar”, nos decían jactanciosos para justificar su transfuguismo. Nos bancamos una larguísima militancia de la intrascendencia.
Y mientras muchos de nosotros peleábamos en condiciones muy desiguales con el peronismo en todas sus franquicias, hubo una parte del “radicalismo” bonaerense que construyó una verdadera “cooperativa” basada en ser pactista, acuerdista y servil con el peronismo.
El peronismo utilizó a esos radicales para sostener en la provincia de Buenos Aires una ficción de democracia en la que en verdad lo que prevaleció fue un esquema de partido único en el que la oposición ocupó un lugar meramente decorativo.
Pero llegó Gualeguaychú. Y los radicales refundamos el sistema político de la Argentina. Porque solo gracias a la audacia y la decisión de una parte del radicalismo fue posible unir a la oposición y ponerle un freno al autoritarismo kirchnerista.
Y al mismo tiempo, Gualeguaychú resucitó a un partido que estaba en vías de extinción. Hoy el radicalismo recuperó la autoestima y la vocación de poder. Hoy tenemos gobernadores, intendentes, legisladores, dirigentes, candidatos reconocidos por la sociedad, y lo más importante: un proyecto de gobierno.
Y hoy la política argentina opina sobre el radicalismo. Sigue las alternativas de nuestro proceso de renovación de autoridades. Y sí, a veces también alguno se expresa con menos prudencia que la que nos gustaría a los radicales.
Pero que nadie pierda la calma: quienes vamos a decidir el destino del partido somos los afiliados. Y las opciones son claras. De un lado, Maxi Abad, un militante radical de toda la vida que tiene la capacidad y la experiencia para conducir al radicalismo y a toda la oposición hacia un proyecto de gobierno que le devuelva la esperanza a los bonaerenses. Del otro, un candidato que, en una nueva pirueta, ha decidido re re re ingresar al partido luego de sus variopintos experimentos políticos.
Y está bien: queremos que vuelvan todos los que se fueron. Pero también sabemos que, si al radicalismo no le estuviera yendo bien, del otro lado no habría candidato. Porque no querría estar en el radicalismo.
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