Tendencias globales 2021

Estados Unidos está pasando por una etapa de debilidad estratégica, pero tiene fuertes reservas morales y materiales, para recomponer su poder ante el desafío de China

Estados Unidos y China
Estados Unidos y China

El cortoplacismo y el economicismo abruman al mundo. Los medios se ocupan fundamentalmente del futuro inmediato: pandemia, vacuna, recuperación económica y desempleo. Lamentablemente la memoria popular siempre fue corta y estuvo a merced de las campañas mediáticas de turno; pocos miran más allá de estos temas que no tienen soluciones sencillas o fáciles. Sin embargo, es necesario disponer de una visión prospectiva, con el más amplio abanico de ideas posible, pues es la única forma de anticiparse a los desafíos y problemas que, manejados por los poderes de turno, siempre acontecen.

Los temas portadores de futuro, no siempre de efecto inmediato, son pocos ya que, de lo que con ellos ocurra, se producirán los cambios efectivos en todos los órdenes de la vida planetaria y humana: (1) Desarrollo incremental de nuevas tecnologías, que generan problemas de creación de empleo genuino; cambios estructurales en la educación básica y la capacitación profesional; manipulación en las pautas de consumo masivo; economía circular y eficiencia energética; acentuación de tendencias autocráticas debido a la concentración económica y política. (2) Desarrollo Humano: incremento de las desigualdades sociales; problemas derivados de las aglomeraciones en las grandes urbes; factor psico-social conducido por un mayor monitoreo poblacional; disminución de la tasa de crecimiento poblacional; mayor empoderamiento de las mujeres (¿siglo de las mujeres?); aumento de los conflictos interculturales; reestructuración de los sistemas salud por amenazas de nuevas pandemias.

Geopolitica y economía

Estamos transitando una nueva fase de la economía digital, motorizada por la Inteligencia Artificial (IA), afectando enormemente los modelos de negocio, cadenas globales, comunicaciones sociales, y el poder geopolítico de las naciones. La IA es, semejante a la electricidad o la internet, una tecnología de uso múltiple y generalizado, por lo que irradia potencial económico, político y militar a su alrededor. Su dominio permite aumentar las ventajas competitivas (productividad, eficiencia, predictibilidad) de empresas, naciones o individuos, lo cual afecta el hardpower de las naciones, pero también su softpower, que es la capacidad de lograr que otros hagan lo que uno quiere sin el empleo de la fuerza o la coacción. Los algoritmos y las fake news, con el soporte de la IA, tienen la capacidad de moldear el comportamiento de millones de personas y sus actitudes y preferencias a largo plazo. La seguridad de un país depende hoy más de ganar la mente y los corazones de sus ciudadanos, que de su potencia militar. Esto pone de manifiesto la importancia cultural de la tecnología como tendencia central en las relaciones y los conflictos internacionales, siendo la IA el factor más estratégico de la geopolítica actual.

Como la IA crece alimentándose de la big data, tanto las empresas, como los países, compiten por su dominio y control. La pandemia fue el combustible ideal para la expansión y la aceleración de la accesibilidad a los datos. Como el desarrollo de la IA necesita numerosos recursos económicos y financieros para acceder, disponer y procesar la big data (enormes sistemas de hardware, talento humano, conocimientos muy especializados) todo se ha ido concentrando en pocas manos; es decir convergen en pocas empresas y en pocos países. Esto tiene implicancias geopolíticas claras, ya que continuamente se va ampliando la brecha entre los países que diseñan, desarrollan y despliegan masivamente IA, y los que no lo hacen. A medida que se escala masivamente se potencia aún más el control de los ecosistemas digitales sobre miles de millones de personas.

Desde hace décadas se ha difundido la creencia, que estas tecnologías digitales iban a permitir una mayor descentralización económica, más interacciones sociales horizontales y una mayor democratización política. A esta altura de su avance se sabe positivamente que la tenencia va en sentido opuesto; la revolución digital aumenta la concentración del poder en muy pocas empresas globales de marketing, que venden su big data, gratuitamente cedida por el gran público, para inducir estilos de vida, compras compulsivas, o bien, para orientar actitudes políticas sin debates previos, lo cual conduciría a favorecer procesos antidemocráticos. Las sociedades se agrietan y se transforman en grupos de intereses específicos, que solo se escuchan a sí mismos, ignorándose unos a otros. También gobiernos autoritarios se pueden beneficiar sabiendo absolutamente los pensamientos, actitudes, necesidades y demás detalles personales de su población; lo cual produce un creciente control de su sociedad, con el fácil recurso de fomentar el odio entre fracciones, convirtiéndose entonces en gobiernos manejados por élites políticas oligárquicas.

Como cualquier tecnología, si es utilizada con un criterio hacia el Bien Común, es beneficiosa para el bienestar de los pueblos, ya que permite crecimiento económico, mayor productividad, mejores salarios, menor esfuerzo físico, más posibilidades de empleo, en toda clase de industrias o servicios. Se habla de que la IA podría incrementar entre un 0,8 al 1,2 % anualmente el PBI global, en el supuesto que la mano de obra desplazada por la automatización se incorpore nuevamente al ciclo del trabajo. Como sabemos en forma práctica, esto no suele ser el caso, ya que la recapacitación de los RRHH es muy lenta y a veces imposible. Es decir, la tendencia será hacia una mayor brecha entre las élites de alto nivel de conocimientos y muy bien pagas y los desplazados o los nuevos trabajadores con bajos conocimientos que quedarán a cargo de servicios o tareas de baja calificación y muy pobremente remuneradas.

No es casualidad que la primera y la mayor big data sea la de China, impulsada por su gobierno, ya que por su sistema político, sugiere o impone, que todas las transacciones y acciones personales de cada individuo esté monitoreada por alguna aplicación, obviamente controlada por el estado. Bancos, empresas y también gobiernos impulsan un comercio con dinero electrónico (billetera virtual, mercado pago), sugiriendo una mayor facilidad de compraventa, pero en realidad se trata de otra forma de obtener big data personal y por ende, mayor dominio mercadológico o el control de su población. Quienes tienen esa enorme capacidad de manejar información y análisis de datos pueden conocer las actividades de cada individuo, sus necesidades e influir en sus vidas. La libertad, la privacidad, la dignidad, la justicia, la transparencia, la seguridad, los valores y derechos humanos, claramente estarán condicionados por todos estos múltiples mecanismos envolventes de control personal.

Estamos entrampados entre la homogeneización global (que produce un ser light, más consumidor que ciudadano, que solo busca estar a la moda y vivir el momento), conducida por las grandes empresas del mundo digital y por el otro lado, existen ciertas resistencias, hasta ahora poco efectivas, que intentan volver a las raíces nacionales con identidades propias, pero que han adoptado un sabor a cierto conservadurismo económico. Las terceras posiciones que rescatan el pensamiento crítico, las tecnologías para el bien común, la descentralización de los poderes concentrados, el mantenimiento de identidades, culturas, usos y costumbres propias, están aún en gestación. Lamentablemente el Big Brother está ahora nuevamente en pleno desarrollo. Sin embargo surgen algunas esperanzas. Hace pocos días atrás los EEUU han denunciado el monopolio de Facebook, solicitando su cese, que implicaría la venta forzosa de Instagram y Whatsapp, comprados en los años 2012 (1.000 M$US) y 2014 (21.800 M$US), respectivamente. Es bastante evidente que fueron procesos de concentración monopólica para el logro de big data. En Europa también se ha denunciado a Microsoft y a Google por sus respectivos abusos de su posición dominante del mercado.

Pandemia y política

La biopolítica o bioseguridad, términos propuestos por Michel Foucault y Giorgio Agamben, explican, basado en la experiencia empírica, que las poblaciones, bajo la amenaza a la salud, están dispuestas a aceptar mayores limitaciones a su libertad personal, que en otras circunstancias aún más dramáticas, como la guerra (II GM) o durante dictaduras totalitarias. Esta especie de “religión de la salud” se ha convertido en un excepcional softpower de control social, tal como lo hemos definido anteriormente. Dice Agamben, un intelectual de izquierda, en su libro “La epidemia como política” que: “tanto se han acostumbrado las personas a vivir en condiciones de crisis y emergencias perpetuas que no parecen darse cuenta de que su vida se ha reducido a una condición puramente biológica y ha perdido no solo toda dimensión social y política, sino hasta humana y afectiva”; … “el eufemismo del distanciamiento social es el laboratorio donde se prepara el principio que organizará la sociedad a futuro. El hiperindividualismo que parece prometer una vida hecha de conexión digital daría como resultado lo contrario: una masa dispersa y pasiva, basada en una prohibición”. Para Agamben, la dialéctica correcta no es la de amigo-enemigo de Carl Schmitt, tan en boga en el mundo político actual, sino, siguiendo el pensamiento griego, entre la vida biológica (zoé) y la vida política (bíos). Un mundo de miedos es un mundo de cobardías, favorables siempre a los poderosos de turno.

Sociedades rigurosamente vigiladas

El nuevo orden económico basado en la IA tiene como materia prima gratuita las acciones cotidianas de los humanos, que se utiliza para una serie de prácticas comerciales (ocultas) de extracción, producción y ventas de datos, que luego de procesados y puestos en valor comercial, vuelven a influir sobre el comportamiento de sus proveedores. Podría asemejarse a una expropiación de los derechos más elementales de los seres humanos, que dan su consentimiento (mediante un simple click instantáneo), sin poder meditar en sus implicancias. La dinámica competitiva de los mercados impulsa a adquirir esa enorme big data, basada en actitudes y comportamientos predictivos (incluyendo nuestras voces, personalidades y emociones) y de allí sus terribles consecuencias.

La proyección ad infinitum de esta situación, infiere no solo un tema de planificación mercadológico, sino una enorme automatización de la población, incluyendo su manejo político; pudiendo convertirse en sociedades rigurosamente vigiladas; tal como ya existe en algunos países. Las grandes compañías de Internet son las grandes desarrolladoras de este nuevo orden, sin tener responsabilidades sobre sus efectos en la sociedad (pobreza, desarraigos, desigualdades, exclusiones), que quedan a cargo de gobiernos débiles frente a tanto poder y por eso fracasan (en mayor o menor medida) o negocian con dicho poder. Estos poderes globales ignoran las nacionalidades e identidades; se ponen por encima de las leyes (UBER); desconocen derechos elementales sindicales o sociales; desvalorizan las autonomías individuales, tan imprescindibles en las sociedades democráticas. En décadas pasadas, en cualquier sociedad occidental avanzada eran frecuentes las denuncias sobre la manipulación mediática de los antiguos medios de comunicación. Las nuevas tecnologías hacen menos visible dichos manejos; una forma más sofisticada de deconstruir las instituciones democráticas. Su avance sin límites, amenaza nuestra propia humanidad.

Se intenta confundir a la opinión pública, argumentando que se trata de la “evolución natural e inevitable” de las tecnologías empleadas, lo cual es falso, ya que las tecnologías son siempre herramientas y no fines en sí mismo. Otro argumento es que “no se puede estar en contra del progreso y la modernización”; otra falacia, porque sólo se trata de canalizarla para el Bien Común y no para su uso mercantilista o para mejorar una visión no democrática. El proceso actual solo trata de mantener el abuso monopólico u oligopólico de un capitalismo globalizado y concentrado en cada vez menos manos, que ha encontrado varias herramientas, como las anteriormente analizadas, para maximizar sus ganancias, dividir lo más posible a las sociedades, en orden a generar las menores resistencias a su accionar, y minimizar sus responsabilidades sociales.

China vs. Estados Unidos

Los conflictos geopolíticos son también parte del futuro. La batalla por el dominio del 5G, parte sustancial de la expansión de la IA y de la nueva era de control de la big data, estará en su apogeo. China es la única gran economía que crecerá en el año de la pandemia, siendo su generadora (paradojal). Por ser China una autocracia del PCCh, todo se resuelve más rápido, y ya diagramó el 14° Plan Quinquenal y la Visión 2035. Las cinco estrellas de su bandera son la innovación, la revolución verde, la estabilidad interna, la proyección internacional y el liderazgo de Xi Jinping, quien propuso introducir un mecanismo de pasaporte sanitario mundial, basado en códigos QR; así como la aceptación global de las monedas digitales. El yuan digital, emitido por el Banco Popular de China, no es una criptodivisa, como un Bitcoin, sino una moneda controlada por el Estado. Como puede apreciarse, China lidera el nuevo orden económico capitalista basado en la IA y en el control digital; confía en su evolución, y no pretende ninguna “revolución” en términos de economía y de bienestar social.

China tiene también sus buenos logros, basado en un contrato social tácito, por el cual el PCCH conduce al Estado sin la intervención política masiva del pueblo, mientras le promete bienestar económico continuado. En 5 años logró que 80 millones de ciudadanos rurales salieran de la pobreza; y se generarán más de 60 millones de empleos urbanos. Hacia 1950 tenía 80% de analfabetos, hoy tiene un 50% de población con educación universitaria. El objetivo de China para 2035 es alcanzar un PBI per cápita similar a los países desarrollados. Esto implica un crecimiento anual promedio de casi el 5%. Debe tenerse presente que el ciudadano chino nunca se compara con sus pares occidentales, sino con su propia evolución, es decir de cómo vivían sus padres o abuelos. Hoy están sin duda felices; mientras dure este progreso económico, no les importa demasiado los criterios de “democracia” al uso occidental. Por ello la máquina china, debe avanzar siempre para que la situación psico-social siga estable y no entre en ebullición. Independientemente de su particular cultura política, es bueno aprender de las bondades de la planificación estratégica, la vocación patriótica y la voluntad política para lograr sus objetivos.

EEUU está pasando una etapa de debilidad estratégica, pero tiene fuertes reservas morales y materiales, para recomponer su poder en la nueva etapa. EEUU es una democracia, actualmente dividida por una gran grieta cultural, pero fundamentalmente económica, como hemos explicado en artículos anteriores, por lo que corre a velocidades diferentes a la china. En enero asume Biden y veremos cómo será la “nueva normalidad” norteamericana. Mientras esperamos estas definiciones, intentaremos analizar las tendencias nacionales 2021, que sin duda serán agitadas y tal vez aclaren, en lugar de oscurecer, pese a ser un año electoral.

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