Maradona: contenedor de multitudes

No son muchas las personas públicas que pueden movilizar a tanta cantidad de gente, tanto física como emocionalmente

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El 2020 será, probablemente, uno los años más peculiares de que se tenga recuerdo en la historia moderna. En él, lo inesperado se convirtió en la norma y la incertidumbre -existente desde que la humanidad gozó de conciencia- se experimentó de una forma más intensa. Si algo podremos haber aprendido de este fatídico año, es a lidiar con la sorpresa, con lo inesperado, con lo que irrumpe de repente para alterar nuestra estabilidad material, emocional, y hasta simbólica.

Evidentemente el rasgo característico de este año, aquello que más afectó al mundo y por lo que será recordado este inicio de la segunda década del siglo XXI, radica en el profundo impacto de la crisis desatada por el coronavirus y las consecuentes medidas restrictivas de aislamiento que mantuvieron a los ciudadanos de la sociedad global confinados por largos meses en sus hogares, poniendo además a casi todas las economías del mundo en “punto muerto”, produciendo daños severos en el aparato productivo y en el empleo.

Sin embargo, el covid-19 tendrá que compartir su lugar en los anales de la historia con inesperadas pérdidas, como la que significa la muerte del ídolo máximo del fútbol mundial, Diego Armando Maradona.

Cualquier lector podría señalar que no resulta comparable un fenómeno que causó tal crisis sanitaria, económica y política, con la muerte de una persona. Si bien uno, a priori, podría coincidir, debe señalarse que no se trata de una persona cualquiera; ni siquiera de una personalidad pública, entre tantas. No son muchos quienes pueden movilizar a tanta cantidad de gente, como la que vimos estos días manifestándose a lo largo y ancho del mundo. Pero no se trata solo de una movilización física, como la que tuvo lugar en Plaza de Mayo en Argentina o en las inmediaciones del Estadio San Paolo en Nápoles, por nombrar dos puntos distantes entre sí. La muerte de una figura como la de Maradona movilizó a millones de personas, sobre todo, en un plano emocional.

Situaciones similares a las que se vieron el pasado jueves, con tumultuosos grupos de personas movilizándose, convocadas por el shock emocional que significa la pérdida de un ser querido, ocurrieron pocas veces en nuestra historia local. Entre las más emblemáticas están los casos de las defunciones de Hipólito Yrigoyen (1933), Eva Perón (1952), Juan Perón (1974), Raúl Alfonsín (2009) y Néstor Kirchner (2010). Cada uno de estos referentes de la política de su tiempo lograron que amplios sectores de la ciudadanía no solo se lamentaran por su muerte, sino que también asistieran a sus respectivos velatorios, entierros o cortejos fúnebres de forma masiva. Algunos, como fue el caso de Yrigoyen -el primer presidente electo con el voto secreto, obligatorio y “universal”- causaron estupor en su época, ya que este fenómeno, en la primera mitad del siglo XX, no había sido visto antes. Algo similar ocurrió a mediados de siglo cuando la carismática líder peronista, símbolo de la lucha por la justicia social y emblema del sufragio femenino, falleció tras padecer un cáncer fulminante. Su velatorio duró 16 días, en los cuales las movilizaciones desde todos los rincones del país se sucedieron. A nivel internacional, el funeral de Martin Luther King, en 1968, concentró a más de 100 mil seguidores, marcando con ello la popularidad de uno de los emblemas de los derechos civiles en Estados Unidos. En Londres, una popularidad incluso mayor fue la que reflejó la vida, pero también el funeral de Lady Di en 1997. En Latinoamérica uno de los casos más emblemáticos fue el de la despedida a Hugo Chávez en 2013, cuando se calcula que cerca de 6 millones de personas acudieron al velorio.

Si bien la política ha sabido alimentar y aprovecharse de este tipo de eventos que conectan el mundo material con el espiritual y emocional, lo cierto es que no se trata sólo de un fenómeno exclusivo del fervor que despierta este ámbito. En 1936 una multitud se trasladó hacia el Luna Park primero y luego al cementerio de la Chacarita, para despedir a Carlos Gardel, el “Zorzal Criollo”. Pero el cantautor de tango no sería el único. En años posteriores Sandro generaría un fenómeno similar, particularmente entre sus adeptas. A nivel internacional, lo mismo ocurrió tras las muertes de figuras como Elvis Presley en 1977, John Lennon en 1980 o Michael Jackson en 2009.

No son muchas las personas públicas las que pueden generar este efecto en los corazones de sus seguidores. La figura de Diego Maradona representaba tantas cosas distintas -incluso contradictorias- como tantos adeptos tenía desperdigados por el mundo. Para muchos, el mejor futbolista de la historia; para otros, una persona comprometida con causas y valores sociales; muchos ponderaban el ascenso social que representaba su figura, que lo llevó desde una familia muy humilde y numerosa de un asentamiento informal del conurbano a la cumbre del mundo y a codearse con las máximas figuras de la era moderna. Maradona era todo eso, y cada una de las percepciones que adicionalmente la gente pueda tener de él.

Nada resultaría más infructuoso en fenómenos como este, el intentar encontrar una coherencia absoluta en su figura. Como esgrimía el poeta estadounidense, Walt Whitman, a comienzos del siglo pasado: “¿Qué me contradigo? Sí, me contradigo. Y ¿qué? Yo soy inmenso…y contengo multitudes”. Si algo es indiscutible de la figura de Diego es que supo contener multitudes, algo que la política siempre le envidió y muchas veces, tanto en el plano local como internacional, quiso usufructuar.

* El autor es sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019).