El gran desafío que enfrentará quien gane las elecciones en los Estados Unidos

Hemos llegado al cuarto día después del 3 de noviembre sin saber quién ha sido ganador. El conteo muestra que, matemáticamente, cualquiera de los dos candidatos puede serlo, aún cuando las probabilidades son más altas para el ex vicepresidente Biden

Donald Trump y Joe Biden
Donald Trump y Joe Biden

Me comprometí a escribir esta columna para el sábado posterior a las elecciones de Estados Unidos con el objetivo de hacer un análisis de los resultados y sus implicancias internas y globales.

Y aquí estamos. Hemos llegado al cuarto día después del 3 de noviembre sin saber quién ha sido ganador. El conteo muestra que, matemáticamente, cualquiera de los dos candidatos puede serlo, aún cuando las probabilidades son más altas para el ex vicepresidente Biden. Es más que seguro que tenemos por delante muchos días de incertidumbre debido a los recursos legales que habrá, teniendo en cuenta las declaraciones públicas del propio presidente Trump.

Es entonces el momento para otra lectura, quizás más profunda, de qué nos dice este proceso eleccionario.

En primer lugar, nunca en la historia de los Estados Unidos, donde el voto no es obligatorio, ha habido una participación tan alta de la ciudadanía. Esta es una demostración positiva de la gran activación y participación de la gente. El voto popular muestra al candidato Biden con el mayor apoyo respecto de cualquier presidente electo anterior (incluyendo al presidente Obama quien había batido ese récord en 2008) y al presidente Trump con la mayor cantidad de votos comparado con cualquier presidente republicano electo. Ambos pueden preciarse de un masivo apoyo de una parte de la sociedad.

Como consecuencia, se hace evidente que la sociedad americana está partida por la mitad. Hay, se podría decir, dos sociedades muy diversas que prácticamente no se reconocen la una a la otra, que no se entienden, que no se hablan y que ven el presente y el futuro de manera casi opuesta.

Esto había surgido en 2016 cuando el presidente Trump fue electo muchos hicieron una lectura de cosa circunstancial teñida por cierta manipulación extranjera. Lo resultados de 2020 demuestran que lo que está pasando es mucho más estructural y de implicancias de más largo plazo.

Cuando se mira el mapa actual de las elecciones se pueden distinguir varias líneas divisorias. Sólo por nombrar algunas: lo urbano vs. lo rural, las costas vs. el centro, la elite educada vs. los trabajadores, los afroamericanos vs. los blancos.

Dejando de lado la división racial que tiene raíces y razones muy particulares, creo encontrar una explicación para los otros cortes sociales. Me parece que un punto de inflexión se puede señalar en la crisis del 2008, si bien la génesis es más antigua.

Como consecuencia de la crisis financiera del 2008, el gobierno americano tomó una serie de medidas muy fuertes para evitar, según su propia explicación, deslizarse hacia una profundización de esta que pudiera culminar en una situación como la de los años 30. Esto implicó una masiva transferencia de recursos hacia algunos sectores como el financiero, ciertas industrias y, en particular, la industria automotriz. El ciudadano de a pie, que perdía masivamente su trabajo o que veía sus oportunidades desvanecerse, al mismo tiempo comprobaba como miles de millones se asignaban de manera inmediata a ciertas áreas de interés. Recuerdo que, viviendo en Nueva York en esa época, se acuñó la frase de “Wall Street vs. Main Street”, para resumir la diferencia entre el centro financiero en el cual se había iniciado la crisis, pero se beneficiaba con un influjo de recursos y los centros de múltiples pueblos y ciudades del interior que veían sus negocios cerrados y su gente sin trabajo.

Pasaron los años y nunca se redistribuyó esa diferencia. El ciudadano común comprobó que las distancias se ahondaban, que la inequidad era creciente y que la idea del sueño americano de un futuro mejor para sus hijos, típico de los Estados Unidos, se desvanecía.

Sólo basta mirar algunos números para ejemplificar esta realidad:

1. Según lo publicado por el Joint Center for Housing Studies de la Universidad de Harvard, ajustado por inflación, el alquiler medio de un inquilino creció un 61% entre 1960 y 2016, mientras su ingreso medio sólo subió un 5%. Asimismo, el valor medio de compra de una casa creció un 112% mientras que el ingreso de los compradores lo hizo en un 50%.

2. Según el Centro de Estadísticas de Educación del Departamento de Trabajo, tomando como base 100 el año 1987, el costo de las universidades públicas ha crecido un 187% mientras el salario mínimo lo ha hecho en un 19,8%.

3. De acuerdo con los indicadores del Centro Nacional de Estadísticas de Salud, el costo de la salud per cápita en la década del 60 era de 147 dólares, equivalente a 5,2% del PBI. En el año 2010 esos números fueron de 8402 dólares o 17,9% del PBI.

Quiero evitar abrumar a los lectores con más estadísticas por lo que no ahondaré en las diferencias totales de poder adquisitivo entre el percentil superior de los ingresos y aquel de los niveles inferiores.

Si bien el período del presidente Obama fue rico en generación de empleo con 12, 2 millones, lo que representa un crecimiento del 8,7%, ubicándose como el tercer presidente en la historia de América en generación de empleo, la realidad es que la mayoría de esos nuevos trabajos estuvieron en sectores de alto crecimiento vinculados con la revolución tecnológica y se ubicaron en las costas o en grandes centros urbanos. Muchos de aquellos que perdieron su trabajo durante la crisis nunca tuvieron una oportunidad de recuperarlo porque no tenían el perfil o la formación y por el desplazamiento geográfico de los mismos.

Estos datos ponen en evidencia que la percepción de una gran parte de los ciudadanos es válida. La inequidad ha aumentado, las oportunidades se han concentrado en ciertas geografías y en ciertos perfiles y el futuro luce oscuro para la mayoría de ellos.

Esta realidad es compleja y las respuestas a estos problemas son de carácter multidimensional. En su gran mayoría, esto no es culpa de la globalización sino de una masiva reconversión provocada por la disrupción tecnológica. Aún así es más fácil generar un discurso xenófobo que transfiera las causas hacia fuera y que justifique el cerrarse. Entender las raíces profundas de esta cuarta revolución industrial, intentar manejar su velocidad de cambio exponencial y generar políticas de contención para evitar esas enormes expulsiones del sistema, es una tarea ciclópea. Entenderlo y explicarlo en términos simples y claros es otro desafío.

La distancia entre los ciudadanos que han perdido con este movimiento tectónico y los que han ganado se ahonda día a día. El resentimiento de los que han quedado atrás respecto de las elites educadas se ha profundizado. Todo esto es lo que se puede leer en el resultado de las elecciones de los Estados Unidos.

Me temo que esta lectura es trasladable a otros países y a otras sociedades, que no es una condición singular de la realidad americana. Seguimos sin una respuesta clara a cómo hacer un mundo más sostenible en lo social, lo económico y lo planetario, que evite dejar atrás a tanta gente. Mientras no entendamos que el “sálvese quien pueda” no es la respuesta y que no hay posibilidad de un buen futuro que no traiga oportunidades de incluir a todos, se profundizarán estas enormes divisiones y tensiones sociales que podrán ser aprovechadas por liderazgos de discursos fáciles y soluciones facilistas. Esto conlleva un gran riesgo para la democracia y las instituciones tal cual las conocemos, que deben ser capaces de probar que logran resultados concretos que impacten positivamente en la vida de la gente y que son efectivas y eficientes comparadas con las alternativas autoritarias que comienza a perfilarse en el horizonte.

En conclusión, quien resulte ganador de las elecciones de los Estados Unidos tiene en sus manos la dura tarea de comenzar este largo recorrido y buscar un camino de inclusión que comience con el reconocimiento del otro y que permita reconciliar a ambas partes de una sociedad que debería volver a ser una.

He llegado al final de esta columna sin una sola referencia al significado que puede implicar para el mundo, para nuestra región y para nuestro país. En cuanto se sepa quién es el vencedor, será el momento de ahondar en estas cuestiones.