¿Somos ricos o somos pobres?

Durante un acto en Avellaneda, Alberto Fernández afirmó que “el problema de la inseguridad no lo padecen los ricos” porque “tienen forma de cuidarse”

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Alberto Fernández en el acto
Alberto Fernández en el acto en Avellaneda

Mis padres fueron una pareja de italianos muy “laburadores”, de esos que hicieron patria levantando casas en Villa Gesell cuando aquello era un villorrio. En entre medanales, frío, viento y adversidad. Pero cada verano prosperaban un poco más porque el esfuerzo iba rindiendo sus frutos. Entonces, mi viejo nos abrazaba y aventuraba a decir que el año siguiente sería un poco mejor. Y yo preguntaba: “Ahora, papá ¿somos ricos o seguimos siendo pobres?".

Ayer el presidente Fernández, en ese discurso desgraciado y populista, me hizo recordar aquella frase. Porque al “tano” laburador, que era mi viejo, un día, en una entradera, lo mataron a golpes en su linda casa de San Isidro. Le robaron unos pocos pesos. Una casa de ricos, supongo, para la mirada “progre” de algunos miembros de este Gobierno. Con rejas, protegida y con alarma.

Me pregunto estimado profesor Fernández, ¿por qué se deja influenciar por alguno idiotas, aduladores, encantadores de serpientes y le ponen en su boca palabras de las que usted, estoy segura, no siente? Diga la verdad. Sea consecuente con sus ideas y no mienta.

La inseguridad es un tema de todos. ¿En serio no lo cree? No me diga que sí porque si no, ya mismo le recomiendo que se dé una vuelta por su barrio, Olivos, o Puerto Madero, donde ese misterioso amigo le había prestado un precioso departamento. O vaya a caminar por lindos barrios de la ciudad y mida la inseguridad. Se llevará una sorpresa.

Es cierto que aquellos que deben transitar penosamente en barrios marginales, oscuros, entre el barro y la mugre, están más vulnerables. ¡Ah!¿no se había dado cuenta? La guerra estalló y ahora el asunto es entre pobres contra pobres…los narcos, el paco, el submundo del crimen, vio?

Pero ojo que al paso que vamos, los llamados ricos pronto cambiaremos de categoría y los pobres pasarán a ser paupérrimos. Por no decir miserables .

Déjese de inventar fantasmas donde no los hay. Toda la sociedad está expuesta al dolor de la inseguridad. Se lo digo con fuertes datos que cada mañana me hacen llegar un grupo de sufridos dolientes sin categoría de clases que acompañan a las víctimas de homicidios. Le cuento, hay de todo: policías asesinados, colectiveros, feticidios, pibes, madres que van a trabajar de mucamas porque no quieren aceptar las ridículas dádivas que su gobierno les da con la errónea idea que con esa limosna calmará el hambre de sus hijos.

Mire, Alberto, ¿lo puedo llamar por su nombre? Me animo a darle un consejito: póngase cera en los oídos, como hacían aquellos marineros de la mitología griega, y no se deje cautivar por el canto de las sirenas. Ponga todo su esfuerzo en mejorar la Inseguridad, olvídese de dividirnos en clases. Somos todos habitantes de este país. Es muy simple: hay dos bandos, las víctimas y los delincuentes. Apunte a terminar con la (in)justicia. Que las cárceles recuperen su puesta en valor. Delincuente preso, chorro que no delinque. Que los que salen con penas bien cumplidas aprendan otra manera de vivir. Llene las escuelas de chicos que están vagando por las calles de barrios marginales aprendiendo más rápido como delinquir que la tabla del 7.

Que los tribunales se abran y comiencen con sus tareas.

Y usted, señor Presidente, recién cuando termine su mandato, sáquese la cera de los oídos. No escuche a nadie, solo a su conciencia. Y verá que las cosas comenzarán a mejorar

* La autora es Vicepresidenta de Usina de Justicia