
Hace meses que leemos, y nos angustiamos, con noticias que muestran miles de hectáreas incendiadas en el delta del Paraná, Córdoba, Chaco y otras localidades del país. El aire se vuelve irrespirable en lugares que no están acostumbrados a que eso suceda, y menos a que se vuelva algo normal y de todos los años. ¿Qué impacto tiene esto en la salud? ¿Qué relación tiene con la economía?
La Organización Mundial de la Salud (OMS) informa que 7 millones de personas mueren al año por contaminación del aire, al que llama “el asesino invisible”. ¿Cuántas de ellas tiene lugar en nuestro país? Difícil saberlo, ya que la información está fragmentada y desactualizada, y no cubre de forma adecuada al territorio.
Argentina no adhirió a las directrices de la OMS, que datan de 2005. Y solo una provincia, Chaco, forma parte de su campaña “Respira Aire Limpio”. Otras urbes de la región —entre ellas, Bogotá, Santiago y Ciudad de México— sí lo hacen e informan compromisos concretos para mejorar la calidad del aire, que contribuirán a que existan menos casos de EPOC, accidentes cerebrovasculares, infecciones respiratorias agudas, etc. En la Ciudad de Buenos Aires, hay tres estaciones de monitoreo y ninguna mide PM2.5 (las partículas más pequeñas). Si se mira el mapa regional y los resultados del Índice Global de Calidad del Aire, aparecen algunas más en el AMBA, una de las cuales pertenece a ACUMAR (Autoridad de Cuenca Matanza Riachuelo).
El 20 de agosto, la estación de ACUMAR La Matanza —que sí mide PM2.5— dio 179 en el mencionado índice. Eso significó aire insalubre, peligroso. Fue así durante días; días en los que los medios informaban sobre el olor, las nubes, las molestias provocadas por los incendios a cientos de kilómetros del AMBA. Los datos de la Ciudad de Buenos Aires de ese mismo día no muestran nada peligroso, ¿por qué no miden PM2.5? No tenemos datos certeros de otras zonas argentinas, y no hay información pública que nos indique cuán nocivo es el aire donde ocurren los incendios ni el impacto concreto que esto tiene en la población, pero sí existen testimonios de establecimientos de salud denunciando muchos más pacientes con dolencias respiratorias en estas semanas de quemas en el contexto de una pandemia que afecta al mismo sistema. No hubo, sin embargo, alertas oficiales o información pública recomendando, por ejemplo, a personas con asma que se cuidasen más. En Chile o en Colombia, esos valores hubieran implicado medidas concretas.

¿Cuáles son los motivos de estos incendios que vuelven el aire irrespirable? La frontera agropecuaria o intereses inmobiliarios, cuando son intencionales; se ven además agravados en su extensión y daño por prolongadas sequías y los impactos ya visibles del cambio climático. Y allí está la relación directa con la economía: no hay otros motivos en América latina para los incendios intencionales.
El agro y los cambios de uso del suelo (incendios y deforestación, por ejemplo) representaron el 39% de las emisiones de gases de efecto invernadero (causantes del cambio climático) de la Argentina en 2014. El problema es sistémico, y las leyes para proteger a los bosques nativos y al ambiente —al momento, tampoco el Acuerdo de París— no han logrado detener esta tendencia en la región.
Para modificarla, y construir un futuro de ambiente y personas sanas, necesitamos mirada de largo plazo y entender que tiene que ver una cosa con otra. Para eso, necesitamos información pública actualizada y planes que comprendan causas y consecuencias, fijen metas que permitan construir un futuro ambiental y socialmente sostenible para toda la población, y también evaluaciones periódicas sobre el impacto de los planes.
El aire contaminado es una de las consecuencias del maldesarrollo. Tiremos del hilo y trabajemos sobre las causas, fijando metas que permitan garantizar el derecho a vivir en un ambiente sano.
La autora es gerenta técnica internacional para cambio climático de Salud sin Daño
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