
Hay un factor común que podemos rastrear sin mucho esfuerzo en los acontecimientos de esta semana: la banalización de la política. La sarasa del ministro Guzmán y el escándalo del ex diputado Ameri (tanto los hechos mismos como la tormenta que los siguió) evidencian una capacidad autodestructiva que ya no sorprende pero continúa llenándonos de broca e impotencia.
Prefiero quedarme con otro momento de los últimos días que pasó sin mucho ruido por la agenda mediática. En el cierre de las jornadas de la Escuela de Gobierno de la Universidad Austral, el presidente Alberto Fernández recogió el guante de quienes pedimos un acuerdo amplio y transparente entre el Gobierno, la oposición y los sectores clave para el desarrollo de la Argentina. Dijo que quiere un pacto pero que no tiene con quién hacerlo. Que los que estamos de este lado no hablamos en serio e impulsamos locuras. Sí, lo dijo el mismo Presidente que en plena pandemia adecúa la agenda de Gobierno a los requerimientos judiciales de su vice.
Vamos al grano. No perdamos tiempo enumerando las ocasiones en las que pedimos por todos los medios una convocatoria generosa del oficialismo, ni repasando las iniciativas que duermen el sueño de los justos en los cajones del Congreso y las legislaturas provinciales. Hablemos de educación, de trabajo, de salud.
Apenas el 0,2% de los alumnos de nivel inicial, primario y secundario de todo el país asisten a clases presenciales. Todos ellos de Formosa y La Pampa. Que nadie se equivoque: no reclamamos el regreso inmediato de todos los estudiantes a las aulas. El virus circula y muchas provincias enfrentan situaciones epidemiológicas realmente complicadas, con recursos insuficientes para enfrentarlas. Lo que no aceptamos es que la política educativa sea, con suerte, un apéndice en la mirada del Gobierno. Se está subestimando el bienestar de miles de familias, y lo que es aún más grave, poniendo en jaque el futuro de la Argentina.
Los datos del mercado laboral que arrojó la EPH correspondiente al segundo trimestre son contundentes. Se destruyeron 3,6 millones de empleos. Las mujeres jóvenes y los trabajadores informales son los grupos más castigados, los que más sufren la falta de trabajo. Una tragedia con todas las letras.
Muchos no se dan cuenta (o prefieren no hacerlo), pero estamos perdiendo el foco de lo que realmente importa. Discutimos de forma abstracta sobre el mérito, pero nunca es momento de diagramar el regreso escalonado a las escuelas de las jurisdicciones que tienen controlada la situación sanitaria.
Mientras el Senado, la institución que representa a cada una de las provincias de la república, sesiona con un temario a pedir de boca de Cristina, los que proponemos medidas específicas para auxiliar a los más perjudicados por la crisis y para capacitar a quienes si no adaptan su emprendimiento a la nueva realidad deben bajar las persianas, somos locos destituyentes.
En estas condiciones ejercer un diálogo mínimamente conducente es una tarea titánica. De llegar a un acuerdo trascendente, mejor ni hablemos. Quienes creemos en otro país no podemos relajarnos y esperar a que lleguen tiempos mejores. Las responsabilidades no se reducen: se multiplican. Vamos a continuar desempeñando con compromiso nuestro rol opositor, proponiendo nuevas alternativas y controlando la gestión del oficialismo. Y también, por supuesto, seguiremos preparándonos para ofrecerle a la sociedad una opción confiable de gobierno para el futuro próximo.
Entre tanta incertidumbre y confusión, que en la Ciudad de Buenos Aires la ocupación de camas de terapia intensiva haya bajado al 50%, y en algunos puntos del Conurbano se registre un descenso sostenido de los casos, nos alegra e ilusiona de cara a las próximas semanas. Los cuidados individuales y colectivos hacen la diferencia. No es momento de bajar la guardia.
Es muy difícil mantener siempre la cordura después de casi diez meses de un año tan intenso. Pero es muy importante que no caigamos en provocaciones que nos apartan de la única agenda que nos estimula: mejorar la calidad de vida de la gente. Cierro con una frase de Domingo Sarmiento que adquiere una relevancia imponente en estos días desafortunados: “Todos los problemas son problemas de educación”, dijo el prócer sanjuanino. Si quienes tienen la responsabilidad de conducir al país hacen suyas estas palabras, no tardaremos en pisar suelo firme y ver más claro el panorama.
La autora es diputada provincial PBA y vicepresidente UCR Nacional
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