
Luego de un mes y medio de tratativas, el gobierno nacional y la administración de la CABA continúan negociando un acuerdo que aparentemente permitiría que 6.500 chicos, que el gobierno de la CABA identificó como aquellos que perdieron contacto con la escuela, reciban clases de apoyo presenciales en los patios de los colegios.
Este episodio nos hace recordar que toda política pública genera costos y beneficios; analicemos, por ejemplo, la eventual decisión de retornar a la presencialidad en la educación preescolar y primaria. Los costos: el riesgo de contagio para los chicos, los docentes y, en virtud de la alta tasa de contagio, la comunidad toda. El beneficio, permitir que los más chicos, quiénes son los más afectados en su desarrollo y están perdiendo más en virtud de la larga cuarentena, retornen a la escuela.
Nada es gratis, los costos existen, la pregunta relevante es si se justifica afrontarlos en virtud del beneficio que habría de generarse. Al respecto, un informe preparado conjuntamente por el Instituto de Salud y Bienestar de Finlandia y la Agencia de Salud Pública de Suecia compara el efecto de las políticas diametralmente opuestas seguidas por ambos países en torno al cierre de escuelas, como respuesta al coronavirus.
Tanto en Finlandia como en Suecia, los niños usualmente asisten a la guardería desde los dos años y al preescolar cuando cumplen los seis. Luego, la escuela primaria transcurre desde los siete a los quince años, seguida de tres a cuatro años de escuela secundaria.
El 17 de marzo Suecia cerró sus universidades y escuelas secundarias, pero decidió mantener abiertas las guarderías y escuelas primarias durante la pandemia. Es decir que los niños y jóvenes menores de 16 años nunca dejaron de tener clases presenciales. Por el contrario, Finlandia cerró todas las escuelas desde el 18 de marzo hasta el 13 de mayo, cuando comenzaron gradualmente su reapertura. Dos estrategias opuestas, pero con resultados imprevistamente similares.
El trabajo, “Covid-19 en niños de edad escolar. Una comparación entre Finlandia y Suecia”, reporta que no se encuentra diferencia en la incidencia global de los casos confirmados en laboratorio de Covid-19 de 1 a 19 años en los dos países y que dicho número no fue alterado con el cierre de escuelas llevado a cabo por Finlandia. En ambos países, los contagios registrados fueron muy raros para este grupo de edad y no se notificaron muertes.
Además, las investigaciones sobre brotes epidémicos en Finlandia no demostraron que los niños contribuyan significativamente a la transmisión y en Suecia un informe que comparó el riesgo de contagio en diferentes profesiones no reportó un riesgo mayor para los docentes.
En síntesis, el reporte concluye textualmente que “el cierre o no de las escuelas no tuvo un impacto directo mensurable en el número de casos confirmados en laboratorio en niños en edad escolar en Finlandia o Suecia”.
Frente a la terrible crisis educativa que vive nuestro país, potenciada por la imprevista emergencia sanitaria, resulta razonable preguntarnos si en base a un análisis de costo-beneficio no se justifica el retorno a la presencialidad para los más pequeños. Por supuesto, habría riesgo de contagios, probablemente muy reducido para los niños, y aparentemente similar al de otras profesiones para los docentes.
La pregunta relevante es si se justifica el tomarlo, la evidencia reportada en esta nota me hace pensar que probablemente sí.
El autor es miembro de la Academia Nacional de Educación y Rector de UCEMA
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