El escorpión ya clavó su aguijón

El Gobierno está siendo cooptado por el brazo kirchnerista, pero. a diferencia de la fábula, sí hay un antídoto, que es la aparente voluntad de Alberto Fernández de resistir el embate

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Cristina Kirchner y Alberto Fernández
Cristina Kirchner y Alberto Fernández (EFE/ Juan Mabromata/POOL)

Desde las PASO de agosto de 2019 anticipamos una secuencia de puntos, que hoy, un año después, puede comprobarse que iban marcando una tendencia que confirma la teoría: el kirchnerismo y La Cámpora están retomando el proyecto regional, fortaleciendo su posición en el gobierno de Alberto Fernández, tomando como silent partner al madurismo, y explorando, vía el Grupo de Puebla, los tiempos y posibilidades.

En el 2015, las circunstancias de tener que entregar el poder (que ellos mismos contribuyeron para que ocurriera) les sirvieron para, durante el gobierno de Macri, reacomodarse, porque sabían que hacerlo estando en el poder era como pretender cambiarle el motor a un avión en vuelo. Debían salir, arreglar, y volver a entrar: salieron por una pequeña diferencia y regresaron con una cuatro veces mayor, y en primera vuelta.

A diferencia de lo que ocurre en Venezuela, que por insistir en retener el poder contra viento y marea, y sin darse la oportunidad de refrescar las ideas y los conceptos, van a terminar perdiéndolo, sin posibilidades de recuperarlo, condenándose a ser eternos opositores. Porque una cosa es que se pierda en elecciones, a sabiendas de que se va a perder (y se use el tiempo de oposición para recomponerse), y otra muy distinta es que lo saquen del poder y ya no haya chance de volver a obtenerlo por las buenas.

La retirada táctica que tuvo el kirchnerismo en 2015 es la que en este momento debería tener el chavismo en Venezuela. A riesgo de perderlo todo y de arruinarle el proyecto regional al eje Caracas-Buenos Aires, Maduro y su equipo están jugando con fuego, y cuando salgan del poder saldrán tan golpeados que difícilmente puedan regresar. Que es lo que le hubiera pasado a La Cámpora si esos dos puntos de diferencia en el balotaje, los hubieran favorecido. Y tal vez no hubieran podido terminar ese mandato.

La dinastía Kirchner está en marcha con un proyecto de largo plazo, extensivo a la región. Ellos están desplegando un juego estratégico, y los opositores (incluido Alberto Fernández) están concentrados en el corto plazo, con un perfil netamente táctico. Algo similar está intentando Maduro con el lanzamiento al ruedo de la figura de su hijo Nicolasito, con la desventaja de que su modelo ya está de salida, así tarde de dos a cinco años en irse. El tiempo conspira en su contra por la desastrosa gestión que se percibe en los resultados; pero que no es tan desastrosa desde su punto de vista porque, 21 años después, aun conservan el poder.

Al kirchnerismo no le interesa qué es lo que piense o sienta el país, sino lo que piensa o siente su propio electorado duro, que es el 35% que aportó a la votación total. O sea que los mensajes y los símbolos son dirigidos a ellos; y cuanto más irritantes les resulten a los opositores (y a algunos gobernadores peronistas), mejor efecto tienen entre su propia gente.

Hoy Argentina está dividida entre tres fuerzas, dos que están en el Gobierno y otra que está en la oposición. Al gobierno debemos verlo como una coalición en la cual el presidente está en minoría, frente a la Vice que cuenta con el respaldo de su propia gente, con mucha cohesión y con disciplina.

Ya el escorpión clavó su aguijón y el Gobierno está siendo cooptado por el brazo kirchnerista, pero, a diferencia de la fábula, sí hay un antídoto que es la aparente voluntad de Alberto Fernández de resistir el embate y hacer cierta la frase de campaña de que “el presidente es el que tiene la lapicera”, que hasta ahora no se ha visto con claridad. Pero de eso depende si muere o si se salva, y en cuánto tiempo. Las opciones dependen de si lo hace en forma proactiva y logra el control, o si actúa reactivamente, sabiendo que ya no podrá volver a la ofensiva. Repito que la diferencia es que Cristina tiene una estrategia de poder y Alberto una estrategia de gobierno; y es evidente que los dos no están empujando para el mismo lado.

La primera renovación de gabinete que debería llegar pronto sería el campo de batalla que nos indicará cómo es que sigue esta historia: si con el aguijón clavado muere y abandona, o si el antídoto funciona y se sobrepone. Y si esto último ocurre, y se salva, va a tener que buscar un salvavidas, y ese seguramente estará en las fuerzas de Macri, con quien, curiosamente, tiene más afinidad que con Cristina.

En la situación gravísima que tiene el país, Alberto Fernández ya debería haber comprendido que la ideología podrá ser buena para un sector de la coalición, pero no para el país como un todo. Por ejemplo, el manejo ideologizado de la pandemia, con una cuarentena excesiva con el propósito implícito de golpear al empresariado; el cultivo ideológico de la premisa “amigo-enemigo” en las relaciones internacionales (versus cultivar intereses beneficiosos para el país); la dualidad, siempre tibia, en el caso de Venezuela perdiendo la posibilidad de ser parte de la solución; y la falta de voluntad política para que los funcionarios asuman recortes de salarios a favor de las clases más necesitadas.

Son todas posibilidades de darle una impronta personal a su gestión, y evitar que su gobierno se convierta en una transición, pues en más de un aspecto parece estar a la deriva.

No debe olvidar que el opositor más importante que tiene es el kirchnerismo; y así, aunque él no lo sepa, a su aliado más importante lo tiene en la oposición.

El autor es economista y consultor gerencial, presidente de la firma NTN-Consultores