
Es prematuro, pero se avizora que en 2023 el cambio recuperará el gobierno ejecutivo de la Nación. La improvisación, los vaivenes, la enemistad manifiesta con el buen clima de negocios, la ideología atrasada, pre caída del Muro, el revanchismo, la tendencia autoritaria y sobre todo el pacto de impunidad permiten atisbar que este retorno del pasado que nos suscita tanta angustia tendrá afortunadamente corta duración.
El sistema arcaico –vestido con ropaje de falaz progresismo- padece de atonía. Sorprendentemente, su creatividad discursiva –el tristemente famoso “relato”– se fue disfumando hasta incurrir en demagogia burda, del tipo que no la “compra” casi nadie. Por caso, pocos argentinos de a pie creen que aumentar los juzgados federales –que juzgan delitos especiales, no los que aterrorizan directamente a la ciudadanía- va a mejorar la administración de justicia o la va a acercar al llano. Otro ejemplo es la necesaria moratoria tributaria para darle algo de oxígeno a las exhaustas pymes y a los asfixiados monotributistas, plausible decisión que se enloda con la inclusión de la empresa Oil Combustibles y su dueño, Cristóbal López, defraudador del Estado y quebrado. Nunca debió incluírselo en una moratoria pues no adeuda impuestos, sino que retuvo fraudulentamente los tributos que pagó la gente, siendo mero agente intermediario de la AFIP. Si una ley es un traje a medida deja de expresar la voluntad popular para devenir en un privilegio.
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En medio de la zozobra que causa el virus y de la desazón que genera el desplome de nuestra economía, el Ejecutivo Nacional nos propone una reforma judicial que no tiene en la mira reformular al Consejo de la Magistratura para que sea el noble filtro en la designación de jueces y el indispensable depurador para destituirlos, faenas para las cuales se necesita que esa institución sea excelsa y alejada del influencismo contaminante de la política partidista. Tampoco brinda siquiera un indicio que va propender a la extensión de los juicios sumarios orales de 48 horas para resolver litigios de menor cuantía como alquileres impagos, deudas morosas, cuestiones de medianería, de consumidor, de buena vecindad y tantísimos más. Ni por asomo una tentativa para ponerle plazos estrictos a los procesos por corrupción, de modo que nunca más se abofetee a la buena fe del pueblo con juicios que duran un cuarto de siglo y que se dan por terminados porque “transcurrió un tiempo demasiado extenso”.
El oficialismo actual está desencantando crecientemente a esa mitad del país que lo devolvió al poder. Las sombras que se ciernen sobre el sistema republicano –el único que nos garantiza calidad de vida y posibilidades de un rumbo de prosperidad– también tiene eco en esas franjas ciudadanas que creyeron en octubre pasado que “la Argentina se podría de pie”. El ideal republicano suele ser pospuesto cuando la economía da alguna respuesta. Empero, cuando se derrumba y lo único que crece es la asistencia social de emergencia, las apelaciones del cambio acerca de las amenazas que acechan al régimen republicano empiezan a oírse hasta en la barriadas más humildes. Allí se sabe y se padece la falta de cloacas, de agua corriente, de pavimento, de transporte público, de recolección de basura, de una sala de atención primaria de la salud con insumos básicos y con guardia 24 horas y tantas otras adolescencias. Por más marginalidad y pobreza que sufran, esos compatriotas todavía razonan. O, por lo menos, intuyen que esos padeceres y olvidos son el inmenso débito de los falaces populistas que proclaman, con voz inflamada, su amor por la justicia social, pero condenan a la pobreza estructural a millones de argentinos.
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¿Por qué este título del “equipo del vaso medio lleno”? Porque si el cambio quiere reiniciar el camino hacia la rehabilitación moral y material del país y su integral modernización, en el marco de las libertades restauradas, deberá previamente reenamorar a un pueblo muy descreído. El renacer de la confianza exige un mensaje tan coherente como esperanzador. Si todo es sombrío y el cambio no da certezas de que existe una luz si retomamos el derrotero de las grandes –algunas quirúrgicas– reformas, difícilmente la ciudadanía lo respalde.
Lo primero para transformar la desilusión en expectativas positivas es hacer un propuesta optimista. Por eso lo del vaso medio lleno. Sobre todo hay que explicarle al país cómo se podrá gobernar bien sin necesidad de transar con el sistema mafioso. Ofrecer una propuesta atractiva de gobernabilidad sin acuerdos espurios. ¡Claro que la cultura del acuerdo debe recuperarse! Esa y la cultura del trabajo son dos columnas vertebrales para sustentar al cambio. Pero el compromiso moral –que precede al pacto para recobrar la economía– es innegociable. Como asimismo lo es la lealtad al pueblo, la antítesis del engaño populista.
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El cambio debe ampliarse. Su dirigencia debe ser todo lo ejemplar de que sea humanamente capaz. Y tiene que abrirse pues hay muchas corrientes republicanas que aspiran a sumar sus esfuerzos. El republicanismo es transversal a todas las corrientes políticas. Hay que enhebrarlo todo lo que se pueda.
No vamos a ser una republiqueta. Existe una alternativa asentada en la libertad y el limpio amor por nuestro país. Hay que completar su construcción. Una mayoría ciudadana tiene ansias de abrazarla y hacerla propia.
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El autor es diputado nacional de Juntos por el Cambio
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