
Desde el comienzo de la Era Industrial, las organizaciones en general y las empresas en particular asumieron una estructura similar a la de los ejércitos: el ordenamiento era piramidal y estaba integrado por pequeños equipos de trabajo liderados por un responsable que debía rendirle cuentas periódicamente a un superior. Detalle más, detalle menos, así funcionó el mundo durante mucho tiempo y este era el único esquema posible para ser parte del mundo occidental civilizado.
El confinamiento y la situación forzada de tener que cambiar para poder continuar dejó atrás millones de páginas sobre la teoría de las organizaciones, la productividad, la eficiencia y el manejo del tiempo. Eliminó mitos sobre el trabajo a distancia y sumó al selecto grupo de las actividades remotas a muchas que parecían condenadas a ser realizadas desde una butaca en un rincón de una oficina.
¿Dónde está la oportunidad? En que tanto el empleador como el empleado están obligados a revisar los términos y condiciones que se asumían como dados. De acá en más, cualquier propuesta que cada uno de ellos haga puede ser tomada con menos resistencias porque no hay marcos de referencia. El new normal está hoy en pañales y nadie vio aún que forma asumirá.
La Ley de Teletrabajo que se propone en la Argentina es, desde esta perspectiva, un obstáculo adicional al proceso de transformación que nos plantea la realidad desde mucho antes que la pandemia. Hay quienes se animaron y avanzaron en materia de trabajo a la distancia. Lo supieron hacer sin otro paraguas regulatorio que la Ley de Contratos de Trabajo y -no menor- el sentido común de las nuevas necesidades y posibilidades de las partes.
Un aprendizaje que dejan los meses de distanciamiento y aislamiento es que la pandemia no distingue entre CEO, operarios, gerentes o pasantes. La pandemia nos enfrenta con nuestros miedos más básicos; no sabe de cargos, ni jerarquías.
La excepcionalidad que generó nos obligó a vernos despojados de símbolos, sin el marco que oficinas, mesas de directorio y líneas de producción solían brindar. La pandemia nos habilita a focalizar nuestra mirada como organización en el conjunto de personas que somos, más que en el conjunto de las funciones que cumplimos. Más que el miedo al futuro, la experiencia compartida de esta excepcionalidad invita a cada organización a redefinir su vínculo con las personas que la componen.
¿Cuál es el futuro? Lo cierto es que, al igual que antes, no está escrito. Pero a diferencia de otros momentos en los que delante nuestro había una hoja en blanco con renglones o una cuadrícula, ahora, el futuro se puede diagramar en una hoja completamente en blanco y las opciones son infinitas.
La autora es socia de la agencia Olivia
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