
Corría el año 1994 cuando el famoso historiador británico Eric Hobsbawm popularizó la idea del “siglo corto”. Todavía no se había terminado oficialmente esa centuria cuando Hobsbawm se animó a afirmar lo siguiente: el siglo XX había sido un siglo corto. Había comenzado en 1914 con la Gran Guerra y finalizado en 1991 con el colapso de la Unión Soviética. Un siglo de solamente 74 años. Un siglo marcado por las dos guerras mundiales y por la Guerra Fría. Antes de la Primera Guerra Mundial era otro el mundo, y luego de la caída del Muro de Berlín y de la Perestroika y de la Glásnost era también otro de nuevo.
Junto al concepto del siglo corto, Hobsbawm anteponía el del “siglo largo”. Un siglo que duraba, si el oxímoron nos lo permite, más de cien años. Un claro ejemplo había sido el siglo XIX, que precedía al siglo corto antes mencionado. El siglo XIX, según esta teoría, se había iniciado en 1789 con la Revolución Francesa y había concluido en 1914 con la Primera Guerra Mundial. El final extendido de uno se chocaba con el comienzo tardío del otro. La toma de la Bastilla ese 14 de julio de 1789 signó, finalmente, la caída del modelo de producción feudal y abrió la compuerta de prácticamente todos los derechos y libertades que gozamos hoy por hoy. Resultaría imposible representarnos todo lo que sucedería a partir del 1800 sin conocer lo que había pasado antes. Una continuidad que se extendió hasta comienzos del siglo XX.
Más cerca en el tiempo, Nassim Nicholas Taleb publicaría en 2007 El cisne negro, obra en la cual se dio a conocer al gran público el concepto que daba nombre al libro: el de los cisnes negros. Metáfora utilizada para describir eventos sorpresivos, que tienen impactantes efectos y que, usualmente, se los suele racionalizar ex post facto. Todo ello sostenido en aquella vieja historia acerca de la inexistencia de cisnes negros y la sorpresa de los primeros europeos al encontrar uno. No por nada el poeta romano Juvenal hablaba de los rara avis. Se ha postulado a lo largo de todo este 2020 que la pandemia provocada por el coronavirus era un cisne negro. Taleb, sin embargo, le ha negado esta categoría de análisis al evento más resonante de este año. Ha argumentado, en cambio, que se trataría de un cisne gris, no uno negro: un evento de baja probabilidad, mas no imposible de imaginar su acaecimiento.
Es que no es la primera vez en la historia registrada de la humanidad que sufrimos una pandemia. No resulta necesario que vayamos tan lejos en la búsqueda de esa confirmación histórica: se ha escrito hasta el hartazgo este año acerca de la Gripe Española de 1918. Quizá el suceso más cercano en similitudes con lo vivido con el COVID-19. Todavía hay sobrevivientes de esa pandemia que pueden contarnos de primera mano su experiencia. El progreso y el avance de la ciencia nos habían hecho sentir y creer, a lo largo de todo el siglo corto de Hobsbawm, que estas cosas ya no sucedían. Que estas cosas ya no nos sucederían.
Debemos agregar, asimismo, que la del cisne gris no es la única teoría que se encuentra circulando. Niall Ferguson, el historiador escocés, ha rescatado las ideas del francés Didier Sornette: el coronavirus es un rey dragón, no un cisne negro, no un cisne gris. El cisne negro ya era una metáfora por su rareza, mientras el rey dragón es una doble metáfora. Evoca la ocurrencia de hechos gigantescos en la magnitud de sus efectos -reyes- y extraños en su aparición -dragones-. Resta el paso inexorable del tiempo para que podamos saber a ciencia cierta cuán graves serán los efectos propios del coronavirus, pero sí podemos empezar a vislumbrar algunos de los efectos de mediano y de largo plazo que la pandemia ha precipitado en el mundo.
Pérdida de libertades, disminución de derechos, garantías constitucionales violentadas, debilitación institucional, caídas económicas, y la subjetiva vivencia existencial de todo lo antedicho. Probablemente, así como muchos festejaban el final del 2019 y el comienzo del 2020, augurando un excelente año en sus deseos, todos estén preguntándose lo siguiente: ¿cuándo se termina el 2020? Y lo complicado de una respuesta a una pregunta así cuando no se tiene una bola de cristal, y cuando se tiene la honestidad intelectual para reconocer lo imprevisible y lo incierto del futuro, es el tener que entender que el 2020, probablemente, será un año largo a lo Hobsbawm. Porque el 2020 no empezó el 1º de enero de 2020, y no se terminará el 31 de diciembre de 2020 tampoco.
El autor es director de Investigaciones Jurídicas en Fundación Libertad
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