
Es muy común en nuestro país buscar justificaciones al accionar de los criminales. “Llevaban armas de juguete”, “lo golpearon pero no lo mataron”, “iban a robar una bicicleta”, “la situación económica es la causa”. Lo cierto es que no hay justificación válida para la acción delictiva. Es común escuchar que se justifican asesinatos explicando que si la víctima no hubiese reaccionado, quizás no la hubieran matado. Y lo peor es que esto termina atenuando la condena del victimario. Estas concepciones están cediendo frente a otras más racionales, más justas, basadas en la ley, y no en la ideología. Por eso hoy mayoritariamente el pueblo argentino comprende a Jorge y se pone de su lado.
Estamos hablando de un jubilado y herrero que dormía en su casa de Quilmes. Dos veces durante esa misma noche habían entrado a robarle. A la banda de delincuentes todavía le quedaba algo más que sustraer y volvieron a entrar por tercera vez. Ahí Jorge opuso resistencia y cinco barras bravas lo golpearon salvajemente. Jorge está vivo, y lo que le ocurrió arruinó su vida; si hubiera sido asesinado, hubiese pasado a ser un número más de una estadística sombría.
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La agresión que sufrió fue injusta, ilegitima, violenta y criminal. Este es el marco en el que debe entenderse el ataque que recibió. Nadie se defiende de un abstracto, de acciones inexistentes. Jorge se defendió de un ataque que nunca buscó. Es importante entender esto para ir a un concepto básico de la legítima defensa consagrada en nuestra doctrina jurídica. La agresión que padeció es ilegítima, pues pone en peligro la vida y los bienes de una manera inesperada y tortuosa, que altera y genera una reacción en quien la recibe.
Que cinco personas entren tres veces en una misma noche a robar en una casa habitada no tiene atenuante ni justificación. Terminemos con las justificaciones si queremos vivir en una sociedad donde la ley nos rija a todos por igual de manera que la valoremos como justa.
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Que vulneren la seguridad de los hogares es quizás una de las situaciones más temidas por la población. Es el lugar donde uno debería sentirse más seguro, y cuando esto sucede la víctima se aterra pensando en que podrían llegar a pegarle, robarle lo poco o mucho que tenga, o matarla. Por eso la ley protege la propiedad, porque allí residen la intimidad, los bienes, los afectos y la familia.
Termina resultando funcional a la delincuencia que quien es agredido, lesionado y vejada su propiedad sea condenado por homicidio. Esto lo único que consigue es que quienes cometen un delito sientan que su acción ilegal, agresiva y violenta está amparada por la ley.
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Si el victimario comprende que tiene margen, que algún juez o fiscal va a darle la razón, que ya las cosas no son tan claras, y no siempre el que las hace las paga, consagraremos la impunidad.
Por eso es tan importante el análisis de instancias judiciales que puedan entender la circunstancia completa de los hechos para proteger a las víctimas y a la sociedad. Inclinar la balanza a favor de los victimarios es dejar en soledad a una sociedad que, en este caso, lleva el nombre de Jorge.
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Hoy pierden las víctimas: los criminales matan más de dos mil ciudadanos cada año. Esos muertos no tienen debate y no siempre tienen justicia. Terminemos con la doble moral, aquella que genera una incertidumbre crítica del ciudadano que se defiende de una agresión violenta. Jorge pasó una noche de terror que lo marcará de por vida. Quienes entraron a su casa buscaron el riesgo y la violación de la ley. Ellos lo sabían, Jorge no. Por eso, es necesario preguntarnos: ¿de qué lado estamos? Yo, del lado de la víctima.
La autora es doctora en Ciencias Políticas y presidenta de PRO.
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