
A día de hoy, nadie puede calcular las consecuencias de la pandemia que actualmente está asolando el mundo. No obstante, algunos intrépidos están tratando de hacerlo, y sus vaticinios pueden resumirse en la siguiente premisa: todo cambiará y nada volverá a ser como antes. Por tanto, parece que esta pandemia está llevando a las personas a razonar de forma dicotómica y que hubiésemos pasado de un capitalismo y una mundialización sin limitaciones a un futuro mejor basado en una economía totalmente virtuosa y en una solidaridad absoluta entre los diferentes pueblos.
Charles Maurice de Talleyrand, un diplomático y político francés nacido en el siglo XVIII, escribió que “todo lo exagerado es insignificante”. A la hora de identificar soluciones a problemas vitales y dar respuesta a angustias existenciales, las soluciones excesivamente simplistas y los lemas embaucadores carecen de utilidad.
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Cierto es que la historia a veces se ha escrito por medio de violentas rupturas, pero a menudo ha sido el resultado de cambios más sutiles. En calidad de gestora de activos, preferimos mantener el pragmatismo y elaborar hipótesis basadas en análisis exhaustivos e independientes en lugar de en predicciones. La idea de que nuestras economías pueden cambiar drásticamente de la noche a la mañana es mentira. Exigir que así lo hagan daría lugar a un considerable ejercicio de blanqueo de imagen por parte de las empresas. Además, implicaría hacer caso omiso del importante cambio en el comportamiento de estas últimas, que se está produciendo de una forma lenta pero segura. En efecto, la transición está teniendo lugar ante nuestros ojos, y los resultados son halagüeños.
Las empresas que prestan especial atención a sus partes interesadas y supervisan los factores externos se están beneficiando de su compromiso y están mejor preparadas para capear la crisis actual y emerger de ella reforzadas. Ello no constituye ni un embaucamiento ni una predicción. Según los últimos estudios, las empresas que registran un desempeño superior en la actual coyuntura económica tienen puntuaciones superiores en términos de productos, salud y seguridad, así como mejores puntuaciones en materia de políticas de recursos humanos. En efecto, velar adecuadamente por las partes interesadas constituye una manera sumamente eficiente de evitar un gran número de riesgos. En ello consiste la inversión sostenible: en cumplir rigurosamente los criterios ESG (medioambientales, sociales y de buen gobierno) y buscar la contribución positiva que lleva aparejada su implementación.
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Este último aspecto ha tenido que quedar acreditado y son muchos los que han expresado dudas al respecto, al percibir la inversión sostenible como una moda o una suerte de lujo. Esta clase de mentalidad pertenece al pasado. La realidad de las cifras les está ahora obligando a entrar en razón. Desde el inicio de esta pandemia, los fondos que invierten en empresas con sólidas políticas ESG han batido con creces a sus índices de referencia en promedio. En la actualidad, la temática ESG podría percibirse como un «refugio», al igual que lo ha sido el oro durante mucho tiempo. Desde el prisma de los inversores, respaldar empresas con un firme compromiso en materia de ESG constituye lógicamente la decisión adecuada, además de una herramienta de gestión del riesgo sumamente eficiente. Podríamos estar en un punto de inflexión, dado que actualmente estamos siendo testigos de una aceleración en el cambio de comportamiento de las empresas. La historia se está acelerando. No seamos ingenuos y caigamos en la trampa planteada por Talleyrand: la situación está lejos de ser perfecta y queda mucho camino por recorrer, pero también observamos buenas noticias y existen motivos para la esperanza una vez que hayamos derrotado a este virus.
El sector de la gestión de activos ha estado desempeñando su papel al apoyar y financiar empresas que realmente operan con miras al largo plazo y que, gracias a ello, obtienen unas rentabilidades y unos beneficios superiores. En lo que a nosotros respecta, nuestro compromiso es avanzar en esta dirección. Ello exige que seamos pragmáticos y que evitemos cualquier tipo de práctica de lavado de imagen mediante el mantenimiento de un enfoque de inversión activo y basado en hechos y, al mismo tiempo, que seamos selectivos, de tal forma que nos comprometamos con aquellas empresas que comparten nuestros valores en materia de ESG. La sostenibilidad y la rentabilidad superior han decidido ir de la mano: creemos las condiciones para que su vínculo resulte indisoluble. Se trata de una meta por la que vale la pena luchar.
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La autora es managing director de Carmignac UK Branch
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