
Cuando en la Francia revolucionaria se reunía el Comité de Salud Pública bajo la conducción de Robespierre, se sabía que nuevas hornadas de ciudadanos irían a parar a la guillotina. Los tribunales populares no daban abasto para enjuiciar, de manera rápida, vertiginosa y naturalmente injusta a toda persona sospechosa de estar contra el Gobierno. Se aceptaban acusaciones de todo tipo, incluso anónimas. La soldadesca surgida de los sectores marginales de París arribaba a los hogares señalados como contrarrevolucionarios, alzándose con el traidor, para arrojarlo a la cárcel, que desbordaba de infelices. Luego se abría el proceso en los tribunales populares. El país estaba en guerra contra una coalición europea que con sus ejércitos ocupaba parte del territorio francés y el peligro de un enemigo en puerta todo lo justificaba. El terror implantado desde el centro del Estado permeaba a la ciudadanía parisina de manera que el populacho participaba activamente y de manera festiva cada vez que salían de las cárceles o de la Conserjería las carretas trasladando a las víctimas. Las escenas han sido descriptas por una amplia y variada gama de historiadores y cronistas. Se agolpaban en la calle que conducía a la Plaza de la Revolución, hoy irónicamente de la Concordia, insultando o arrojándole cosas o piedras a los condenados y luego corrían como fieras cebadas a ver el espectáculo de la muerte. El verdugo, llamado Sansón, levantaba la cabeza del canasto y la exhibía balanceándola ante el griterío demoníaco de los sans-culottes.
La Revolución había comenzado con una fiesta, pues eso fue el 14 de julio, y cinco años después, la muerte y el terror se habían apoderado de Francia, pero fundamentalmente de su pueblo que acompañaba festivo la tragedia. Siempre se sabe dónde comienza, jamás donde y cuando termina.
Nuestro Comité de Salud Pública, nacional y popular, tiene su Robespierre, claro… de morondanga. No es como aquel, de modales finos y delicados que gustaba usar peluca empolvada y culottes de seda. De hablar pausado pero categórico, piel amarillenta apagada, que era experto en leyes y dueño de una personalidad fría y calculadora, jamás revelaba sus emociones, pero era un hombre que decidía por su cuenta. El nuestro es rioplatense, canchero, entrador, con la guitarra en la mano engatusa al más pintado. Se enoja a menudo apareciéndole la vena ibérica. Alardea de títulos y honores y gusta decir ¨como siempre digo¨ y en el asunto de las decisiones todo es muy confuso.
Tenemos también nuestro Saint Just. O más o menos. El francés era más bien alto, delgado, de rizos rubios y ensortijados, de ojos claros que electrizaban y obligaban a bajar la vista. Cruel y brutal en las palabras y naturalmente en los hechos. Usaba un sacón de piel humana. El nuestro es capitalino, urbano, a veces tierno como un peluche, muy charlatán, no como el verdadero que te cortaba con las palabras. Gusta de pulóveres de lana y extrañamente adora fotografiarse al lado del retrato de don Juan Manuel que de revolucionario no tenía un pelo. Misterios del neomarxismo universitario.
Finalmente nuestro Collot d’Herbois deja mucho que desear respecto del francés. Actor medianamente exitoso, que lucía con orgullo un aro en su oreja, dueño de una personalidad avasallante y una voz estentórea. Galante, gustaba de salvar del patíbulo a algunas damas que reunían ciertas particularidades secretísimas. El nuestro es modernoso, también galante, es pública su caballerosidad, pero es descafeinado. Light. Quizás con peluca empolvada se hubiera acercado -solo acercado- a La Bastilla.
El Comité de Salud Pública verdadero fue a buscar al enemigo y lo venció. Hubo terror, una locura, pero la batalla la ganó.
El nacional y popular ha decidido dar la batalla, escondiéndose. Sin embargo, nos aterroriza con los miles de muertos que habrá si no obedecemos y buena parte de los argentinos ha comprado el relato. El pico siempre está por venir, de modo que alguna vez vendrá. ¿Y entonces?
Algo fiero nos debe estar pasando que tres chapulines han doblegado el alma argentina.
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