Sostuve siempre que hacer pública mi elección sexual al gustarme los varones era discriminatorio. La heterosexualidad no se “confiesa”, no supone coming out relatados.

Nunca escuché que a una mujer enamorada de un hombre se le preguntara si tenía problemas en su trabajo o recibía comentarios en su familia o en su profesión. El argumento de que las mayorías no se justifican (si es cierto que la mayoría de los seres humanos es heterosexual) me pareció pobre. ¿Por ser minoría discriminada, yo debía embanderarme exponiendo mi preferencia íntima en la cama?

Jamás, sin embargo, oculté entre mis amigos mi deseo por los varones. Quien trabajó conmigo, quien me frecuentó con el grado que la confianza empuja a las charlas de la vida profunda, no se sorprendió cuando hace un tiempo presenté públicamente a mi novio. Ese hecho casual (con perdón de mis queridos estudiosos del inconsciente), una foto subida a una red social por este maravilloso hombre con el que nos acompañamos, sano de la alienación de los medios de comunicación, provocó asumir expresamente el vínculo. Sí, es cierto: en el medio, algunos hostigaron a mi pareja con fotos robadas (no a nosotros, robadas a la indecencia de las que las sacaron y publicaron) para poner en portales dedicados a hostigar antes que a informar. Ya era hora. Si hasta entonces yo creía que no había nada que contar, menos había para ocultar. Y lo dijimos.

Me equivoqué. Contar que era gay no fue un acto de discriminación. Todo lo contrario. Fue un acto justo y gozoso de respeto. Por eso, escribo esto en el día mundial del orgullo.

Desde aquel coming out recibí mucho afecto, mucha emoción y algo de porquerías.

El afecto vino desde los lugares amados y de los más impensados. Claro, la familia. Seguro los amigos y los queridos. Pero desde el ministro de la Corte Ricardo Lorenzetti, pasando por encumbradísimos funcionarios, compañeros de escuela no vistos por casi 40 años, dueños de medios de comunicación, periodistas con los que nunca nos vimos pero sí nos leímos o escuchamos, un diputado español que alguna vez entrevisté, el abanico de generosidad fue infinito. A ellos, como lo dije, puro agradecimiento.

La emoción nació desde el anonimato y, lamentablemente en pocos casos, tuvo nombre y apellido. “Mi hijo no se hablaba con mi esposo desde hacía siete años. Ayer, el papá llegó a casa con el celular en la mano. Tenía tu nota de Infobae y se la mostró a Lucas. Sin decirle otra cosa, lo invitó a tomar un café. Gracias”. Guardo este texto de Instagram agradeciendo a mi obsesión por no dejar el número en rojo del casillero que marca los mensajes privados de esa red. Le escribí a Silvia, la mamá. Los vi por video a los tres. El padre recuperó su vínculo con su hijo y ya frecuentan a la pareja de él. Seguro ha de haber decenas que no llegué a ver.

Silvia fueron cientos de desconocidos de los que desearía saber todo. Sin metáfora. Recibí cientos, miles de mensajes que encontraron mails, WhatsApp, Twitter, cartas que, por una vez, me hicieron sentir que la hipercomunicación tenía un fin de felicidad y no de agresión. En todos había un “gracias”. Inexplicable. Era yo el que debía agradecer por el afecto y todos, en cambio, me decían que un gesto que alguna vez consideré discriminatorio los había ayudado, acompañado o inspirado.

Tomé nota del enorme grado de mi equivocación. Me equivoqué al no decir antes que me gustaban los varones. La arbitraria situación de trabajar en algo que da cierta notoriedad pública debió haberme enseñado que mi egoísta posición hubo de haber cedido a una responsabilidad con rostro de Silvia. Me equivoqué.

La porquería nació de los insultos. No me gustó escuchar muchas veces “puto” o “puto de mierda”. Me lo dijeron y seguramente me lo van a volver a decir. Te aseguro que no duele. Genera hasta pena por el que no tolera lo distinto. Porque eso es el insulto. El recurso de la furia irracional del que se enfrenta a algo que le es distinto. A ese alguien le es distinto. No a mí. Para mí, nada más natural que mi deseo por un varón. Cero distinto. Y frente a su distinto, porque se vive creyendo que la norma de uno es la norma de todos, caben dos opciones: o se crece aprendiendo lo nuevo que hay en aquello distinto o se desprecia por temor y autoritarismo que hiere y, cómo no, mata.

Quiero dedicar en este día del orgullo una mirada de comprensiva pena por el que me (nos) seguirá diciendo puto, maricón o lo que sea. No me (nos) califica. Lo califica al que lo dice.

Pero sobre todo, quiero abrazar en esta nota a los que me enseñaron desde siempre, desde Carlos Jáuregui y su CHA hermosa, a los militantes de hoy como mis amigos Gustavo Pecoraro o Guille Lovagnini porque nacieron con el don de entender que el orgullo no es discriminatorio sino el justo derecho de decirnos como somos.

Pienso, por fin, si sos gay y te estás preguntando mientras lees estas líneas si tenés que contarlo públicamente. ¿Te respondo? No tengo la menor idea. Porque en este día del orgullo sigo aprendiendo que uno hace lo que quiere y puede cuando puede y quiere. Esa es la diversidad. Individual. Que se transforma en colectiva cuando seguimos viviendo en una sociedad que discrimina lo diverso y por la que hay mucho que luchar.