La política exterior argentina, ¿frente a un mundo bipolar o multipolar?

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El canciller Felipe Solá (Pablo
El canciller Felipe Solá (Pablo Barrera)

En un país como la Argentina, sometido a cíclicas crisis económicas y sociales, los temas de política internacional suelen quedar en un segundo plano. Asimismo, cuando finalmente emergen en la atención del círculo rojo o de la misma opinión pública, usualmente se ven sometidos a las simplificaciones, pujas vacías de contenido y los debates blanco o negro sin matices que nos caracterizan. Un factor central y básico para diseñar una política exterior coherente y beneficiosa para el país es tener muy en claro la distribución del poder en el sistema internacional. Básicamente, si se está frente a una estructura de poder multipolar, bipolar o multipolar.

Desde el regreso de la democracia en la Argentina, los gobiernos debieron convivir con la bipolaridad, del 83 al 89, y luego con dos décadas de clara unipolaridad. El gran desafío actual y de los próximos años es desentrañar de manera realista, sin voluntarismo ni prejuicios, cuál es la composición de fuerzas que se está dando en el mundo. En otras palabras, si vamos a paso firme hacia una nueva bipolaridad, en este caso entre EEUU y China, o en cambio a una multipolaridad con peso decisivo de las dos superpotencias antes mencionadas pero también con roles relevantes de la Unión Europea, Rusia, India, Japón, Brasil, etc. Al mirar el plano estratégico militar es difícil poder hablar hoy y en el futuro previsible de bipolaridad americana y china, dada la magnitud del poder nuclear y convencional de Rusia. En materia económica, pese al Brexit, la Unión Europea en temas económicos, comerciales y tecnológicos es un gigante con un PBI equiparable al de EEUU y China y al menos ocho veces superior al ruso. Volviendo al plano militar, los países europeos de la OTAN invierten en su presupuesto de defensa tres a cuatro veces más que Moscú. Países emergentes como India vienen presentando elevadas tasas de crecimientos, masivas inversiones extranjeras directas y un poder militar nuclear y convencional que la posiciona entre las principales cinco potencias mundiales.

Para la Argentina, la peor de la opciones posibles sería comportarnos como si el sistema internacional fuese bipolar cuando es multipolar o viceversa. Sin ese primer paso en claro y bien definido, con la ayuda del muy profesional cuerpo diplomático y materia gris académica con que cuenta nuestro país, los errores pueden costar muy caros. Otro elemento importante es tomar en cuenta que uno de nuestros vecinos está en esa gran liga, si bien claramente muy distantes del poder bélico y económico de EEUU, China, Europa, Rusia, India y Japón. Nos referimos claramente a Brasil, con sus más de 200 millones de habitantes, una poderoso parque industrial (con más de 15 millones de empresas grandes, medianas y chicas) y de servicios, un PBI levemente superior al ruso, con masivos recursos naturales y mega productor de alimentos. Sin olvidar su posición entre los 10 u 11 mayores presupuestos militares del mundo. En una relación vis a vis la inversión argentina de casi 8 a 1 en gastos en Defensa, poco más de 4 a 1 en población y 5 a 6 a 1 en PBI. En materia de reservas de los Bancos Centrales, la ecuación es 8 a 1. Cabe hacer notar que mientras las otras potencias con mayores recursos bélicos y económicos que Brasil tiene concentrado sus intereses en otras áreas del mundo, Brasilia las focaliza básicamente en nuestra región. Ecuación que debe ser muy tenida en cuanta al momento de comparar nuestro vecino con otros Estados poderosos y extraregionales.

Un segundo escalón fundamental de un adecuado diseño de política exterior es asumir que uno no negocia o interactúa con los gobiernos y personas que a uno le resultan más afines en términos ideológicos o compatibles para ser mostrados a las minorías internas sobreideologizadas, las cuales distan de ser decisivas en masa de votos. En otras palabras, el ABC de las Relaciones Internacionales es guiarse por los intereses nacionales de mediano y largo plazo, sin entrometerse en la política interna de los otros Estados, en especial cuando tienen más fortalezas económicas y militares que uno. Las simpatías personales y/o ideológicas nunca deben contaminar ese principio básico. Las explicaciones hacia adentro que pueden haber para comprender los motivos de poner como interlocutores a ex mandatarios y ex funcionarios de otros países, como por ejemplo buscar apaciguar a minorías intensas de la coalición gobernante y a sus líderes con fuerte poder interno, no serán ni entendidas ni aceptadas por los que tienen el poder en esos países claves para la Argentina, tal como son los EEUU, Brasil, Chile, Uruguay, Bolivia, Colombia, etc. El tener relaciones subóptimas o aún tensas con Washington, Brasilia y Santiago no parece ser lo más recomendable. Asimismo, en temas geopolíticos clave las supuestas afinidades ideológicas no parecen rendir los frutos adecuados.

El pasado 26 de mayo una decena ex cancilleres chilenos, tanto de la Concertación de centro izquierda y como del primer gobierno de Sebastián Piñera, respaldaron públicamente el comunicado de su país que las Naciones Unidas, afirmando que la iniciativa argentina sobre la delimitación la plataforma continental iba más allá del espíritu y la letra del Tratado de 1984 firmados por los gobiernos de Alfonsín y Pinochet, rechazando el reclamo argentino de incorporar a la plataforma continental unas 60 millas náuticas y 9600 km cuadrados, que se superponen con las pretensiones chilenas, y agregando que es un tema de interés nacional y que se debe seguir atentamente la cuestión y presentar cuanto antes la postura de Santiago con respecto a la plataforma continental extendida ante de ONU. José M. Insulza, dirigente socialista chileno, ex canciller y miembro del Grupo de Puebla, ha dicho que lo hecho el gobierno de Piñera es lo correcto y que el mensaje a la Argentina es que hay que tener cuidado ya podrían verse afectados territorios comprometidos en el Tratado de 1984. Asimismo, especialistas en geopolítica trasandinos destacaron la gravedad del gesto argentino, ya que, según ellos, afectaría la proyección de los derechos de su país sobre la Antártida. Sin olvidarnos de la existencia de otro punto fronterizo donde subsiste un litigio entre nuestros dos países, tal como lo es la zona de Hielos Continentales, el único de los espacios en litigio que no pudo ser acordado y cerrado definitivamente en la década de los 90.

Finalmente, cabe recordar que tan comentadas y valoradas afinidades ideológicas entre el actual gobierno argentino y los sectores de las oposiciones de centroizquierda en países vecinos no impidieron serias tensiones diplomáticas con Chile a comienzos del siglo XXI, cuando Argentina decidió cortar los suministros de gas al país trasandino durante el gobierno de la Concertación en ese país y la crisis diplomática con el Uruguay por el tema de las papeleras, que derivó en una contienda en un tribunal internacional. Sin olvidar la negativa durante el gobierno de Néstor Kirchner de validar el reclamo de presidente Lula da Silva de una banca permanente para Brasil en Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esperemos que una salida ordenada de la cuarentena y un acuerdo con los bonistas internacionales por el tema de la deuda le permitan al Gobierno sentirse en condiciones de darle un mayor espacio al pragmatismo en la delicada área de la política exterior. Más aún cuando carecemos de capacidades básicas de disuasión en materia de defensa y de pilares al memos mínimamente sólidos en materia económica y social. Ni que decir de la ausencia de consensos acerca del futuro de la inserción internacional argentina a los lados de la grieta.

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