Muchos gobiernos han convertido a las cuarentenas en tótems salvadores del mal que acecha allí afuera. (EFE/Jeffrey Arguedas/Archivo)
Muchos gobiernos han convertido a las cuarentenas en tótems salvadores del mal que acecha allí afuera. (EFE/Jeffrey Arguedas/Archivo)

Según datos oficiales del 2017 del Ministerio de Salud, en nuestro país murieron aquel año 97.219 personas por enfermedades cardiovasculares, 65.488 por tumores, 64.869 por enfermedades respiratorias, 19.419 por lesiones y 14.495 por enfermedades infecciosas. En total, considerando otros males, perdieron sus vidas 341.688 personas (cuatro portadas de alto impacto del New York Times). Esto fue solamente en un año, solamente en la Argentina. Esa cifra no está lejos del total de muertos por Covid-19 en todo el mundo: 359.991 al momento de escribir estas líneas. Esa cantidad de fallecidos sobre una población mundial de alrededor de 7.800 millones da una tasa de letalidad del 0,00461%. En lo que va de la corona-crisis, han muerto unos 500 argentinos. Respecto de la población nacional de casi 45 millones equivale a una tasa de letalidad del 0,00111%.

Sin embargo, las cuarentenas de poblaciones enteras -con efectos destructivos sobre las economías nacionales y las psicologías individuales- han sido la norma desde que el nuevo virus se propagó desde China a todo el planeta. El Estado argentino no fue la excepción. Como se informó, ha impuesto sobre el país la que promete ser la cuarentena más extendida del globo, con la sola excepción de Estados Unidos (cien mil muertos por Covid-19), que le gana por meros tres días: ochenta días corridos se cumplirán el 8 de junio, nueva fecha de extensión. No es sencillo juzgar esa decisión desde el punto de vista sanitario: a diferencia de las enfermedades cardiovasculares y otras, el coronavirus es altamente contagioso, el pico de contagios en la Argentina se avecina y además los científicos le dan combate con información todavía incompleta. Pero esto tampoco significa que debamos aceptar la imposición de las cuarentenas acríticamente ni abstenernos de evaluarlas holísticamente.

Considérese el caso de Neil Fergusson, el eminente científico inglés del Imperial College London que creó los modelos que sirvieron de guía para buena parte de las naciones. Brendan O´Neill, editor de Spiked, husmeó en sus proyecciones pasadas y no lucen muy precisas. Al inicio de esta crisis sanitaria, Fergusson proyectó un escenario posible de poco más de medio millón de británicos muertos por Covid-19. La situación allí no es buena, pero la cifra actual de alrededor de 37.000 fallecidos no está ni remotamente cerca de ese guarismo alarmista. A su vez anticipó dos millones doscientas mil muertes por coronavirus en Estados Unidos; al momento hubo cien mil. Según su modelo, para principios de mayo podrían haber muerto en Suecia unas cuarenta mil personas por Covid-19, pero el número se ubicó en menos de tres mil. En 2005, Fergusson estimó que hasta 200 millones podrían morir de gripe aviaria globalmente. Al final murieron menos de trescientos entre 2003 y 2009. Durante la gripe porcina el gobierno británico se basó en sus modelos para proyectar 65.000 muertes en el peor de los escenarios; 457 murieron finalmente. Este científico perdió su empleo como asesor del gobierno británico cuando se descubrió que se reunía furtivamente con su amante casada, quebrando así el mismo confinamiento que él había defendido a capa y espada. Con todo, “Ferguson realmente debería ser criticado por sus modelos, que parecen cada vez más cuestionables, no por su moral”, observó O´Neill. Las proyecciones de Fergusson se basaron en los peores escenarios posibles, que es parte del análisis científico legítimo. Pero esas estimaciones alarmistas forjaron políticas de Estado extremas.

Italia ofrece un ejemplo ilustrativo. Según el eminente médico Yoram Lass, quien fuera director general del Ministerio de Salud israelí, en 2017 fallecieron 25.000 italianos por afecciones gripales. Este año, murieron 30.000 por coronavirus. “Es un número comparable. No deberías arruinar un país por cifras comparables”, sentenció.

A esta altura, las cuarentenas han adquirido su propio estatus simbólico en las sociedades. Muchos gobiernos las han convertido en tótems salvadores del mal que acecha allí afuera. El nuevo fetichismo tiene sus rituales y sus obsesiones: la mascarilla en la cara -nuestro propio velo islámico sanitario- al salir de la casa, el alcohol en gel sobre las manos al volver, el aplauso al Estado protector desde los balcones cada noche, la distancia social de metro y medio en la calle. Como todo dogma, también conlleva restricciones: nada de abrazos con seres queridos, ni salidas grupales, ni desplazamientos en automóviles, ni caminatas recreativas en los parques. Por sobre todo, nada de planteos heterodoxos sobre la racionalidad de estos virtuales arrestos domiciliarios masivos o sus efectos adversos. O´Neill lo grafica con elocuencia: “Debes cubrirte la cara, mantener la distancia, renunciar al sexo, ir de compras, regresar a tu casa. Cuestionar nada. Comer tus comidas, hacer tus ejercicios, mirar las noticias, irte a dormir. Y esperar la liberación de parte del oficialismo”. En su impresión, la misantropía es el motor que impulsa la ideología de las cuarentenas: “Hemos sido incitados a no sólo temerle a una enfermedad, sino a nosotros mismos… Mantente alejado de la gente. No la toques. No te sientes a su lado. Ellos podrían estar enfermos. Y tú podrías estar enfermo”.

Como los ciudadanos son un peligro para ellos mismos, el Estado nacional debe cuidarlos. El Gran Hermano debe velar por ellos, con aplicaciones celulares, policías armados y rastreadores voluntarios. Ciudadanos económicamente productivos y cívicamente responsables han sido reducidos a chiquilines caprichosos necesitados de un padre protector que enuncia sus diez mandamientos urbanos. Esto dijo el ex presidente de Brasil Lula da Silva: “Es bueno que la naturaleza, en contra de la voluntad de la humanidad, haya creado este monstruo llamado coronavirus porque este monstruo está permitiendo a los ciegos ver que sólo el Estado es capaz de dar soluciones a ciertas crisis. Esta crisis del coronavirus sólo el Estado puede resolverla”. Y esto afirmó el presidente argentino Alberto Fernández: “¿Es angustiante salvarse? Angustiante es enfermarse, no salvarse [...] Angustiante es que el Estado te abandone”.

El estatismo avanza con la pandemia. Quizás ha llegado el momento en que debamos comenzar a pensar en cómo salvarnos del Estado que quiere salvarnos.

El autor es profesor titular en la carrera de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo.