El presidente Alberto Fernández y el ministro de Economía Martín Guzmán
El presidente Alberto Fernández y el ministro de Economía Martín Guzmán

El celular empieza a vibrar, lo miro y veo en la pantalla un primer plano de mi madre. Son las 9 de la mañana, y a esta hora por lo general termina su mate con stevia y de leer minuciosamente el diario. Creo yo que ambas cosas le hacen mal, y adivino que la consecuencia del malestar es este llamado. Dudo entre atender y apretar el salvador mensaje automático de “Te llamo en un rato”. Pero me gana el amor filial y, acto de coraje de por medio, la atiendo.

Mi mamá es de capricornio, el carnero. Los carneros son animales fuertes y valientes, pero de un carácter inestable. Los que saben aseguran que si andás mucho con carneros tarde o temprano te comés una cornada, así que conviene tratarlos con cuidado.

-¿Viste lo que salió en el diario? -arranca la conversación mamá a paso seguro.

-¡¡Hola, mamá!! ¿Qué tal? ¿Desayunando? -le retruco.

-¿Cómo querés que desayune? Todo me cae mal. Ya te he contado que la doctora me aconsejó que a la mañana trate de no leer el diario. Pero… ¿qué quiere, que viva en un submarino? Bastante que estamos acá con tu padre encerrados hace dos meses. Pero no te llamo para hablar de mis desayunos. ¿Viste lo que andan diciendo?

-No, la verdad no sé, vi un montón de noticias, nada raro en este país… ¿qué pasó?

-Guzmán, hijo, Guzmán… Viste que lo sacaron carpiendo con la oferta que hizo por la deuda y ahora la corremos de atrás, al viernes ya no llegamos con un arreglo, ¡¡mirá si nos vamos al default!!

-Tranqui, mamá, mientras sigan negociando hay espacio, no parece que vayamos a enterrarnos en un default. Igual a vos no veo por qué te preocupa tanto… ¿alguna vez viste un bono?

Cuando la palabra bono salió de mi boca supe que había cometido un error. Recé para que la red celular se hubiera caído en ese exacto momento, pero no tuve tanta suerte.

-¡Vos sos un salame, hijo, y pensás que yo también lo soy! Claro que sé lo que es un bono, y también sé que si nos vamos al default la economía se hunde, ¿me escuchás? Se hunde…

-Te repito, mami, que no creo que vayamos a un default. Si los funcionarios mejoran un poquito la oferta los bonistas la van a aceptar. Yo no lo veo tan negro el panorama. Tenés que tranquilizarte por tu bien… ¿Qué van a comer al mediodía? -pregunté con ánimos de aflojar la situación… Pero no hubo caso, es astuta.

-Qué se yo qué vamos a comer, que se ocupe tu padre. A mí me preocupan otras cosas. Por ejemplo, que el Presidente supuestamente iba a encender la economía. Hasta febrero ¿pasó algo? Ni noticia, andá a saber en qué andaba ocupado. En marzo nos agarró este bendito virus y todos a encerrarse. Y ahora todavía está difícil para los que empiezan a trabajar. Imaginate hijo si encima la pifian con la deuda. No salimos más.

-¿Te parece? Yo creo que no cambia mucho nada, de a poco vamos a salir a trabajar, y las fábricas están ahí, y en el campo el trigo sigue creciendo y las vacas engordando aunque haya un virus.

Pensé que con esta visión optimista de la vida la había neutralizado, así que traté de dar por terminada nuestra conversación económica de entrecasa y rematé…

-Hablando de cultivos, ¿qué tal anda el malvón que te regalé?

-Se murió. Y si me seguís cambiando de tema te voy a matar a vos también. Escuchame, papanatas, te lo voy a explicar fácil a ver si me entendés. El país es como el balde que uso para baldear la vereda, sólo que este balde tiene pinchaduras por donde todo el tiempo se le va el agua. Entre todos sostenemos la manguera, pero el chorro apenas alcanza para que el balde no se nos vacíe. A veces como no nos ponemos de acuerdo, se mueve la manguera y la mitad del agua cae afuera, y el balde se empieza a vaciar. Otras veces viene un iluminado, pincha el balde en otro lado y es peor. Cuando enderezamos el chorro, volvemos a mantener el nivel, pero no logramos recuperar el agua que derramamos mientras andábamos paveando. Tengo 80 años, y desde que tengo memoria que en la Argentina andamos con el balde medio vacío, la manguera para todos lados y meta hacerle agujeros al balde. Así no se puede baldear. ¿Me seguís?

-Más o menos, ma… ¿qué tiene que ver con el default?

-Ay, nene, que defaultear es como doblar la manguera, va a salir menos agua. Con el agua del balde el país le paga a los jubilados, educa a los chicos, invierte en el campo y en las empresas, hace de todo. Y hablando de jubilados, te dejo porque tu padre con la excusa de que tiene que cobrar la jubilación se está por rajar a la calle, me voy a atajarlo. Beso, nene, cuidate.

Nuestro diálogo terminó tan repentinamente como había empezado. Agradecí la saturación que tiene mi padre por intentar salir, y me quedé pensando en lo que había escuchado.

Si Argentina no logra renegociar su deuda e incumple sus compromisos, los efectos se van a sentir en toda la economía. En el corto plazo el ruido de un eventual default se va a mezclar con el estruendo que está produciendo la pandemia. Pero los efectos de incumplir la deuda se extienden en el largo plazo. Esto es lo que tiene preocupada a mi mamá y a tanta otra gente.

Este efecto opera por múltiples mecanismos, quizás el más evidente es la tasa de interés. Mientras un país está en default, su deuda paga una tasa de interés altísima. Esta tasa tan alta marca el piso para el costo al cual las familias y las empresas pueden acceder a financiamiento, porque nadie le prestará a una familia a tasa baja si prestarle al Estado ofrece una tasa mejor.

Un país en default pierde cualquier capacidad significativa de financiar viviendas o inversiones productivas. Con menos inversiones y menos construcción las posibilidades de crecer se achican mucho. Los efectos se ramifican y se realimentan, agrandando el problema. Y como en el ejemplo del balde, todos estamos de una forma u otra conectados.

Así la palabra default, que suena a tecnicismo de financistas extranjeros, termina teniendo una conexión muy real con nuestra vida de todos los días.

Entendí entonces que mamá, a fuerza de mate, stevia, lecturas de diarios y baldes, entiende muy bien la enorme complejidad de la economía y sus múltiples conexiones.

La próxima vez que me llame, le transfiero la llamada al Presidente.

El autor es miembro de la Fundación Pensar, ex jefe de Gabinete del Municipio de Pilar e ingeniero industrial