
La crisis del COVID-19 ha obligado al presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, a cancelar el acto de conmemoración del 75 aniversario del Día de la Victoria, previsto para hoy. Sin embargo, su enorme significación debe ser recordada.
En la noche del 8 al 9 de mayo de 1945, las autoridades de la Alemania nazi firmaron la rendición incondicional ante el mariscal Georgy Zhukov (se celebra el 9 de mayo por la diferencia de husos horarios con Moscú) poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial en el continente europeo. Las tropas alemanas se habían rendido dos días antes en Reims, Francia, ante el comandante supremo de los aliados, el general Dwight Eisenhower. Adolfo Hitler se había suicidado en su búnker una semana antes.
El liderazgo ruso suele recordar que pocas veces se distingue que más de diecisiete millones de soldados del Ejército Rojo perdieron su vida en la lucha contra el Tercer Reich mientras que unos cuatrocientos mil norteamericanos murieron en la Segunda Guerra Mundial. Sumando a las víctimas civiles, la cifra total de muertos de la “Gran Guerra Patriótica” en la Unión Soviética superó los 26 millones de fallecidos, un trece por ciento de su población.
Las conmemoraciones por el Día de la Victoria suelen ser leídas por los observadores de la política rusa como una expresión de la situación política del liderazgo ruso. En 1965, el Politburó encabezado por Leonid Brezhnev inició una tradición de realizar desfiles monumentales en la Plaza Roja como expresión de las glorias del Ejército Rojo y estableció el Día de la Victoria. En el tramo final de la Unión Soviética, en la segunda mitad de los años 80, los desfiles fueron minimizados y celebraciones de menor envergadura tuvieron lugar. En 2005, al conmemorarse sesenta años de la derrota alemana, el presidente Putin sostuvo que se trataba de un triunfo “del bien sobre el mal y de la libertad sobre la tiranía” y que el Día de la Victoria era la fecha “más querida, más emocional y más inclusiva en nuestro país (...) en la que el mundo fue salvado”. Acompañaron aquel día al líder ruso importantes Jefes de Estado y de Gobierno como el presidente George Bush (h.), el presidente de China Hu Jintao, el galo Jacques Chirac, el primer ministro indio Manmohan Singh, el canciller alemán Gerhard Schroeder, el premier japonés Junichiro Koizumi, el primer ministro italiano Silvio Berlusconi y el secretario general de las Naciones Unidas Kofi Annan.
Al final de la guerra le siguieron grandes alteraciones en el escenario geopolítico global. Ya en febrero de aquel año 1945, en la cumbre de Yalta, en la península de Crimea, los tres grandes -el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, el primer ministro británico Winston Churchill y el secretario general de la URSS Joseph Stalin- habían acordado la división de Alemania y, en los hechos, una distribución del mundo en dos zonas de influencia. La configuración mundial quedaría vertebrada en dos bloques, uno liderado por los Estados Unidos y sus aliados, y otro por la Unión Soviética.
En el frente del Pacífico, la Segunda Guerra Mundial culminaría tres meses más tarde, cuando el presidente Harry Truman tomó la medida más dramática de su gobierno al ordenar el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki para provocar la rendición definitiva del Imperio del Japón. Atrás habían quedado seis años de la guerra más terrible de la era moderna, un genocido que exterminó a la mitad de la población judía del mundo entero y un total de casi 80 millones de muertos.
Mariano Caucino es especialista en Relaciones Internacionales. Sirvió como embajador argentino en Israel y Costa Rica.
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