
Hace 100 días un nuevo gobierno iniciaba su camino en Argentina. Una saludable alternancia que quedaría descontextualizada y ciertamente desvalorizada si no recordamos cómo dirimían la mayoría de los países de la región su situación política, económica y social por aquellos turbulentos meses de 2019.
Chile, Ecuador y Colombia eran escenario de confrontación callejeras entre las fuerzas policiales y ciudadanos –sobre todo clase media y jóvenes- que reclamaban medidas de alivio económico. México atravesaba un tenso momento tras la amenaza que distintos grupos narcotraficantes le planteaba al gobierno nacional de Andrés Manuel López Obrador a causa de la detención del hijo del “Chapo” Guzmán, líder del cartel de Sinaloa. Venezuela, por su parte, recorría –y lo sigue haciendo- su laberinto en un sinuoso camino centrípeto con situaciones que ya han desbordado cualquier límite.
Es en ese contexto en el que la Argentina acudió a las urnas. Por primera vez desde 1928 un espacio no peronista había finalizado su mandato completo y sin disturbios en las calles, entregándole los atributos de mando a un nuevo mandatario.
Con la nueva presidencia, comenzaba un nuevo estilo de liderazgo político, que en estos 100 días enfrentaría no sólo los temas de agenda previsibles dada la situación heredada, sino también las implicancias de un acontecimiento sorpresivo que plantea serias consecuencias para la vida y la salud humana a escala global.
Liderar una agenda dinámica
Hay quienes sostienen que el liderazgo presidencial se remite a seguir la agenda que determinan los medios a través de su influencia en la opinión pública, y que conocemos a partir de medirla con encuestas, focus groups, y otras herramientas de investigación cuantitativa y cualitativa.
Sin embargo, eso no es necesariamente así. En el mejor de los casos, el líder político se caracteriza por actuar estratégicamente en base a esa agenda. Tal es la corriente que erigió el politólogo George Edwards, quien discutía con Richard Neustadt, para quien el liderazgo presidencial se remitía a la capacidad de persuadir a los actores necesarios en pos de llevar a cabo su propia agenda.
En estos tiempos tan cambiantes, las agendas presidenciales se ven fuertemente condicionadas, no por la opinión pública, sino por las circunstancias. Tal es el aporte al estudio del liderazgo político que hace Stephen Skowronek, para quien los contextos históricos particulares ameritan liderazgos específicos que contacten con esos climas de época.
En Argentina, lo que parecía ser una agenda marcada por la profunda crisis económica y una nueva y difícil negociación por la deuda, cambió tan repentinamente como rotundamente al calor de los acontecimientos. Una amenaza inesperada, originada en una región remota de China, instaló una agenda homogénea en todo el mundo. El coronavirus pasó de ser un tema lejano a convertirse en, como lo definió Alberto Fernández, un “enemigo invisible” con quien luchar.
No hay dudas de que, en momentos excepcionales como estos, las medidas excepcionales son las adecuadas. Y que en estas circunstancias donde aflora lo mejor y lo peor de nuestra especie humana, el liderazgo es un atributo que adquiere aun mayor valor para transitar estos tiempos aciagos.
Es cierto que el virus, como afirmo el Presidente, “está llegando tarde al país” y que de alguna manera nos dio tiempo de actuar. Pero también se necesita de la solidaridad, la responsabilidad y la comprensión de los ciudadanos: de nosotros dependerá que las drásticas pero muy necesarias medidas tomadas por el Ejecutivo nacional terminen haciendo la diferencia y nos alejen de escenarios dramáticos como el que atraviesan países como Italia o el Reino Unido.
Los gestos de quienes por estas horas tienen las mayores responsabilidades políticas de cara a la crisis permiten albergar cierto optimismo y pueden convertirse en un ejemplo de lo que la pandemia nos demanda como sociedad: unidad, responsabilidad y solidaridad. Quizás la mejor foto que sintetice esta afirmación es la conferencia de prensa en la que, en una misma mesa, estaban sentados Fernández, Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta. Se trata de una imagen pocas veces vista en democracia. Tres líderes de ejecutivos –nacional, provincial y de la Ciudad de Buenos Ares- acordando y trabajando coordinadamente en la implementación de medidas. Son dos fuerzas políticas y tres intereses y modos de ver la política diferentes, entendiendo lo que las circunstancias están demandando.
Los desafíos al superar la crisis
En su clásica obra “Lo que está mal en el mundo”, el afamado escritor G. K. Chesterton afirmaba con una claridad meridiana que el problema que padecemos en la actualidad no es definir lo que está mal, lo que es causa de penurias y origina los males. En eso acordamos todos con cierta diligencia. El principal problema en el mundo es la imposibilidad de preguntarnos qué está bien. En otras palabras, el desafío no es encontrar un punto de acuerdo en lo que está mal, sino en lo que está bien, definir hacia dónde queremos ir, qué queremos para nuestro futuro.
Si lo sabremos los argentinos, que hasta nos cuesta, incluso, la primera acción descripta. Frecuentemente nos vemos incapacitados de acordar lo que no queremos e identificar actores y situaciones nocivas. De este desacuerdo se nutre sin duda la tan mentada grieta.
Pero lo cierto es que estas situaciones de crisis como la que estamos atravesando a causa de la pandemia del denominado “Covid-19” nos facilita, al menos, ese primer escollo. Sabemos que esta situación no es la que queremos y que si hacemos sacrificios individuales –como restringir nuestra circulación, quedarnos en casa y tomar medidas de higiene personal mayores a las cotidianas- estamos colaborando social y solidariamente con su resolución.
Pero, una vez más acudiendo a Chesterton, tan admirado por, entre otros, nuestro Jorge Luis Borges, el desafío hacia adelante es acordar un punto en común que denote hacia dónde queremos ir. Parafraseando al escritor británico, “todos nos damos cuenta de la locura nacional, pero ¿cuál es la cordura nacional?”.
*Sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019)
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