
Budapest, enero de 1945. Un hombre espera de pie, junto a una gran bandera sueca, la llegada de las tropas soviéticas que liberarán Hungría. Creyó que, por fin, estaba a salvo. Se equivocó. Pocos días después, el 17 de enero, fue detenido junto a su chofer y acusado de ser un espía de los Estados Unidos. Nunca más se supo de él.
Se cumplen 75 años de la desaparición de Raoul Wallenberg. La suerte corrida por el joven diplomático que logró salvar a miles de judíos húngaros de las garras del nazismo continúa siendo un misterio. Durante las últimas décadas, expertos rusos y suecos trataron de reconstruir un rompecabezas al que aún le faltan piezas estratégicas.
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Raoul Wallenberg hizo una gran diferencia. Y de ello pueden dar crédito los miles de judíos que, gracias a él, eludieron una muerte segura en los campos de exterminio nazis.
Argentina lo recuerda de múltiples maneras. Una imponente estatua de Wallenberg se encuentra emplazada en la esquina de la calle Austria y la avenida Figueroa Alcorta, en la ciudad de Buenos Aires. Asimismo, un busto, donado por la Fundación Raoul Wallenberg, puede verse ubicado de modo permanente en el aeropuerto internacional de Ezeiza. Entre otros gestos que recuerdan al “Héroe sin Tumba”, el Correo Argentino emitió, en 1998, un sello postal conmemorativo.
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Wallenberg había nacido en 1912 en el seno de una prominente familia de banqueros y diplomáticos. En 1944 fue elegido por la Junta de Refugiados de Guerra de los Estados Unidos establecida por el presidente Roosevelt para detener las deportaciones de judíos en Hungría. Suecia era neutral y el mundo comenzaba a comprender el verdadero significado de la ”solución final” de Hitler.
Cuando Wallenberg llegó a Budapest, en julio de 1944, centenares de miles de hombres, mujeres y niños ya habían sido enviados a las cámaras de gas y hornos crematorios. Hungría era la próxima estación del plan de deportación y exterminio sistemático dirigido personalmente por Adolf Eichmann.
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El joven de 31 años sabía que no tenía al tiempo de su lado. Intuyó que los recursos de la diplomacia tradicional serían poco efectivos en este caso. Por lo tanto, recurrió a métodos poco convencionales para intentar salvar la mayor cantidad posible de vidas. Todo era válido, desde la extorsión hasta el soborno.
No bien llegado puso manos a la obra y, utilizando conocimientos de dibujo adquiridos durante sus estudios de arquitectura en Estados Unidos, creó el Shutzpass, salvoconducto que, presuntamente, otorgaba inmunidad a sus poseedores, súbditos de la corona sueca. Como sabía que los alemanes se impresionaban fácilmente con símbolos vistosos diseñó el documento con los colores de la corona sueca, múltiples sellos y firmas ostentosas. Logró permiso para emitir una cantidad muy limitada pero finalmente imprimió y distribuyó probablemente más de diez mil. Los impactantes papeles no tenían valor legal pero cumplían el objetivo con singular eficiencia.
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Wallenberg solía visitar las estaciones de tren en intentos desesperados para salvar más vidas. Se trepaba a los techos de los vagones, atestados de judíos a punto de ser deportados, para entregar un Schutzpass a todo aquel que pudiera agarrarlo, para luego exigir que la persona sea retirada del vagón aduciendo que había sido detenida por error. Steven Spielberg tomó está imagen del hombre parado sobre un vagón y se la atribuyó a Oscar Schindler en su película La Lista de Schindler.
Aún más osadas eran sus intervenciones en las llamadas marchas de la muerte cuando irrumpía en medio de las caravanas y, señalando a algún prisionero gritaba: ”Eh, usted, deme su pasaporte sueco y métase en esta fila”. Repetía la farsa cuantas veces podía, mientras los desconcertados judíos se llevaban las manos a los bolsillos en busca de cualquier tipo de identificación, fuera una licencia de conducir o un certificado de nacimiento.
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Los candidatos al exterminio se escondían luego en las Casas Suecas, decenas de edificios en Budapest alquilados por Wallenberg y presentados como si fuesen instalaciones pertenecientes a la corona. Allí flameaba la bandera del país nórdico, símbolo de inmunidad diplomática. Allí encontraron refugio miles de judíos. Y allí esperó Wallenberg, de pie, la llegada del Ejército Rojo.
Baruj Tenembaum
Fundación Raoul Wallenberg
Ilustración: Retrato de Raoul Wallenberg, por Peter Malkin, el hombre que atrapó a Adolf Eichmann en Buenos Aires en 1960.
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