Conferencia del ministro de Salud Ginés González García
Conferencia del ministro de Salud Ginés González García

El peronismo tiene una larga y exitosa tradición en materia de sanidad pública. Comenzó con Ramón Carrillo y se continuó durante todas las gestiones justicialistas. En la misma línea se destaca también el nuevo ministro del rubro, el Dr. Ginés García. No cabe duda de que la actual administración hará honor a tal tradición, ya que la salud pública es inescindible de la justicia social.

Sin embargo, hay un punto preocupante: la política oficial frente a la cuestión del aborto, tal como acaba de ser expresada en el “Protocolo” por un aborto seguro.

El ministro acaba de referirse críticamente, en declaraciones públicas (La Nación, 3/12/19), a “…quienes dicen que hay dos vidas”. Como es evidente que la de la madre (¿o debemos llamarla simplemente “gestante”?) es vida humana, lo puesto en cuestión es la calidad humana de la vida del feto. Claro que un ser que tiene vida humana es un ser humano. Sin duda este es el punto esencial de la cuestión del aborto.

Es que si el feto (podemos darle este nombre para todo el tiempo del embarazo) en algún momento de su desarrollo no fuese ser humano, hasta ese instante, el aborto debería importar una práctica médica lícita, a realizar gratuitamente en hospitales públicos, o bien, incluida en las prestaciones de las obras sociales y seguros médicos.

No importa el juicio de valor moral o religioso que podamos sustentar al respecto. Si el feto no es ser humano, la mujer que opta libremente por el aborto se encuentra ejerciendo su derecho constitucional a la libertad, garantizado por el artículo 19 de la Constitución Nacional (seguramente una de las prescripciones más preciosas de nuestra Norma Fundamental). Vale la pena recordar su texto: “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados. Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe”. Es claro que la práctica del aborto libre y seguro no es capaz, por sí misma, de alterar “el orden público”, ni tampoco “la moral pública”, que no es la misma que los sentimientos morales o religiosos individuales, los que no deben ser impuestos a nadie, y mucho menos bajo pena de prisión. La “moral pública”, en cambio, supone valores compartidos socialmente que, para bien o para mal, se modifican con el tiempo. Tampoco el aborto perjudicaría a un tercero, ya que, de no ser un ser humano, el feto no sería “tercero”, a los efectos del citado artículo.

Si así fuere, el aborto debería ser totalmente despenalizado, con lo cual estaría automáticamente legalizado y convertido en un derecho constitucional implícito: tengo derecho a hacer todo lo que la ley no me prohíbe, subraya el artículo 19, que consagra el derecho sustantivo a la privacidad. También permitiría la libre venta de drogas abortivas, cuya elaboración es un rubro significativo del giro de destacados laboratorios. Igualmente, nada debería impedir la experimentación científica, y manipulación con tal fin, de embriones (que no serían humanos), su congelamiento, destrucción y/o descarte en laboratorio, etc.

Pero parece difícil aceptar que haya etapas en el desarrollo de feto donde se lo pueda identificar como no humano. Aún en su etapa inicial, hasta la anidación (aproximadamente dos semanas desde la concepción o fecundación) el embrión humano –es decir, un ser humano en estado embrionario- tiene el ADN que lo acompañará durante todo su desarrollo, y, después del nacimiento, hasta su muerte. Es un mismo individuo, una misma persona.

Después de esas primeras dos semanas seguirá la evolución generalmente conocida. A las 12 semanas se considera ya terminado el período embrionario, se han formado los órganos, tiene movimiento, etc. Su corazón late antes de finalizar el primer mes de embarazo.

Para nuestra Academia Nacional de Medicina, por citar sólo una fuente cercana y de fácil acceso, no cabe duda que el feto es ser humano. Así entonces el feto es un “otro”, sobre el que el presidente Fernández nos llama la atención: “La Navidad nos invita a reflexionar sobre el otro, que también es una reflexión sobre nosotros”. Precisamente, querer al prójimo como a uno mismo, es el resumen de toda la Ley, y es también el resumen de la doctrina justicialista.

Pero esto será así salvo que contemos con la seguridad científica de que el feto no es un ser humano (doy por descontado que el gobierno justicialista nunca admitiría la existencia de seres humanos con niveles de protección inferiores a otros).

La referida declaración de la Academia de Medicina afirma: “…el niño por nacer, científica y biológicamente es un ser humano cuya existencia comienza al momento de su concepción…”. ¿La política que condujo a la aprobación del “Protocolo” se apoya en certezas científicas en contrario? ¿Podríamos conocerlas?

El tema es más que delicado. Si no hay ser humano antes del nacimiento, o hasta algún momento antes del nacimiento, los que defendemos la afirmación y protección de las “dos vidas”, estaríamos imponiendo injustamente nuestras convicciones a terceros, traspasando el umbral sagrado de la privacidad.

En cambio, si el feto fuese ser humano, y desde el momento en que lo sea, habilitar el aborto es permitir su muerte deliberada, alzarse contra la vida humana, que es, obviamente, el derecho más importante –fundamentalísimo- a ser sostenido por toda sociedad. Así, el aborto significaría dañar a un tercero (el por nacer) que es, frente a la madre y frente a todos, un otro. El aborto no sería entonces, no podría serlo, una acción privada “exenta de la autoridad de los magistrados”.

Quienes sostienen la legalización del aborto acuden también al argumento de la “experiencia universal”, como si existiese una suerte de “derecho de gentes” al aborto, confirmado por la intensiva práctica legal del aborto en los países más desarrollados.

Es cierto que Europa y Estados Unidos tienen una legislación permisiva. Pero no son los mejores ejemplos, teniendo en cuenta los antecedentes de grandes matanzas que ensombrecen (en realidad, tiñen de rojo sangre) muchos capítulos de la historia de aquellas naciones. Además, Europa (esta generalización, por supuesto, admite excepciones) es un continente con una actual y fuerte cultura antinatalista, la que lo está llevando a padecer de vejez demográfica, solo compensada por los inmigrantes árabes, turcos, africanos y latinoamericanos, en general generosos con la procreación. En Estados Unidos el movimiento en defensa de la vida es muy fuerte y activo.

El antinatalismo es funcional al consumismo egoísta extremo que caracteriza a la actual fase del capitalismo, sistema también necesitado de zonas de reserva de recursos naturales en pro de un futuro hiperconsumista. Muchos sospechan que, como manifestación del imperialismo moderno, las políticas antinatalistas son exigidas a los países deudores por ciertos organismos internacionales de crédito. Evita –prototipo de mujer revolucionaria- lo denunció hace tiempo: “Compañeras, cada aborto que ustedes permiten es un servicio a los poderes coloniales que quieren debilitar la revolución, cada hijo del pueblo que no nace es un hombre menos en las filas de la defensa de la Patria y de Perón” (Discurso a las estudiantes de enfermería, 12/10/1950). En definitiva, los proletarios (que ya no son sólo los obreros) son aquellos que tienen prole: esta es la principal fuerza de que disponen, además de la organización y la voluntad de cambio.

Hay otra opción: salvar las dos vidas. El gobierno peronista debe honrar la prescripción del art. 75, inc. 23 de la Constitución (en una norma incorporada en la Convención reformadora de 1994, con mayoría peronista): “Dictar un régimen de seguridad social especial e integral en protección del niño en situación de desamparo, desde el embarazo hasta la finalización del período de enseñanza elemental, y de la madre durante el embarazo y el tiempo de lactancia”. Protección del niño desde el embarazo, y también de su madre (que es madre y no sólo gestante).

Mucho ha hecho el peronismo en este sentido –recordemos la Asignación Universal por Hijo y la Asignación Universal por Embarazo- y mucho más tiene que hacer todavía. Luchar contra la pobreza, contra la falta de educación, contra la exclusión (¿no son excluidos de la vida los niños abortados?), ayudar a la madre, incentivar la adopción prenatal. Muchos recordamos una época de nuestra patria sintetizada en una frase muy significativa: en la Argentina de Evita y Perón los únicos privilegiados son los ancianos y los niños. Nuestro nuevo gobierno tiene que volver a hacerlo realidad.

* Ex juez de la Corte Suprema y ex ministro de Justicia