Primero la patria: unidad para la reconstrucción nacional

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El presidente Alberto Fernández y
El presidente Alberto Fernández y la vicepresidenta Cristina Kirchner (REUTERS/Agustin Marcarian)

La Argentina atraviesa una profunda crisis económica, política, social y cultural producto de, tal como señalara con justeza su Santidad Francisco, “el afán de poder y de tener que no conoce límites” de una dirigencia política que antepuso sus intereses sectoriales -empresas de servicios, exportadoras agropecuarias, financieras, bancos- acumulando una obscena riqueza a costa del deterioro de las condiciones de vida de la mayoría de nuestros compatriotas.

Sin lugar a dudas, una herida abierta en el país que otorgó al mundo hace 70 años un modelo societario alternativo, el de la comunidad organizada en una nación con independencia económica, soberanía política y justicia social plena, que continúa siendo brújula de grandeza nacional, y que hoy sangra a través de una tasa de desocupación que supera el 10,1%, un 35% de padres de familia sin trabajo, seis de cada diez jubilados percibiendo un haber mínimo y que perdieron el 20% de su poder adquisitivo, uno de cada dos niños que alguna vez fueron los únicos privilegiados en la pobreza y alrededor de 500.000 adolescentes que no acceden a la escolaridad. En los últimos cuatro años, Argentina incorporó un promedio anual de un millón de nuevos pobres. El costo de intereses de la deuda pública y de las Leliq por año, para ser claros, equivale a siete veces el presupuesto de Educación, 12 el de Salud y Desarrollo Social y 31 veces el del Poder Judicial.

Creemos, por lo tanto, que el desafío central del movimiento nacional radicará menos en nuestros deseos de que se administre el interés del país desde un Estado destruido ex profeso, y más en la urgencia de impulsar y conducir políticamente un proceso de unidad para la reconstrucción nacional con el objeto de que las realizaciones del próximo gobierno sean la muestra inequívoca de que el peronismo ha vuelto a vertebrar el destino de los argentinos, para no caer en la quimera de la alternancia partidocrática del sistema demoliberal que viene entrampándonos hace décadas.

Si bien el contexto internacional podría tornarse favorable por la situación de multipolaridad global donde tres grandes ejes -EUA, la Federación Rusa y la República Popular China- se despliegan como una posibilidad histórica de que la Argentina retome con vocación patriótica el diseño de un proyecto nacional independiente que explote las grandes ventajas y potencialidades que nuestro país posee en términos geopolíticos, la situación regional merece una reflexión especial. Es evidente que la fractura existente en todas las naciones de Sudamérica, donde el quiebre en dos fuerzas parejas genera una división interna en la comunidad que viene obturando el desarrollo de políticas nacionales que beneficien integralmente a los pueblos, más allá de los cambios de gobiernos, esta realidad expresa a las claras objetivos antinacionales que se traducen en las cifras catastróficas de pobreza e indigencia, saqueo de los recursos naturales, extranjerización del patrimonio nacional, destrucción del aparato productivo y profundización de la dependencia como fenómeno estructural de nuestras naciones.

Este contexto regional e internacional, sumado a la situación dramática de nuestro país, es el marco de los desafíos que deberá enfrentar el gobierno entrante. Y en tal sentido, la sabiduría del General Perón dejó asentadas enseñanzas que urge poner en práctica en la actualidad. Es imprescindible consolidar la unidad nacional, que no se trata de acuerdos electorales de coyuntura, sino de persuadir que la unidad debe ser siempre superior a cualquier conflicto para que el todo lo sea por sobre las partes, requisito para encarar el proceso de reconstrucción nacional. Esta tarea no se resuelve con la mera gestión administrativa del Estado, sino por la conducción política capaz de consolidar un proyecto nacional.

Tras 18 años de doloroso exilio, Perón convocó a Balbín y diseñó la “Hora del pueblo”, concertación básica que junto a otras fuerzas político partidarias, del trabajo y de la producción dio existencia a las “Coincidencias Programáticas del Plenario de Organizaciones Sociales y Partidos Políticos”, que aseguraron un acuerdo general respecto a qué hacer nacional. Asumido Presidente, Perón firmó con la CGT y la CGE el “Acta de Compromiso Nacional” que declaró entre sus objetivos el de alcanzar la justa distribución del ingreso, eliminar la marginalidad social, terminar con la subocupación y acabar con la inflación y con la fuga de capitales que posteriormente formaron parte de la programática del Plan Trienal y del Modelo Argentino para el Proyecto Nacional.

Y digo más: para que las mejores intenciones no terminen empedrando el camino a desengaños ya conocidos, sería bueno recordar una de las máximas que rigieron en todo momento el accionar de Perón: “Nadie puede gobernar sin el concurso organizado del pueblo”. Es por eso que el movimiento obrero, aquel que escribiera las páginas más gloriosas de los trabajadores argentinos, deberá ocuparse de asegurar una única CGT y retomar su identidad en el marco de un gobierno que lo contenga y le devuelva el protagonismo de ser la única clase de personas que reconoce el peronismo: las que trabajan. “Si los trabajadores se dividen pierden todo su poder. Yo he visitado numerosos países del mundo donde hay dos o tres centrales obreras: es como si no hubiera ninguna”.

Los trabajadores argentinos debemos volver a las fuentes y ser parte activa de la forja del porvenir, tal como nos señaló Perón: “Los objetivos de las organizaciones de trabajadores consisten en la participación plena, la colaboración institucionalizada en la elaboración del proyecto nacional y su instrumentación en la tarea del desarrollo del país. El país necesita que los trabajadores, como grupo social, definan cuál es la comunidad a la que aspiran, de la misma manera que los demás grupos políticos y sociales. Se requiere la presencia activa de los trabajadores en todos los niveles".

Es por eso que hoy la unidad es un imperativo de patriotismo, de comprensión de nuestra doctrina y un aporte medular a los gobernantes si están decididos a enfrentar la transformación que necesita nuestra patria. La solución a la gravedad de la pobreza no puede interpelarse con la lógica del mercado ni la del asistencialismo, sino que requiere de una acción concertada entre el Estado, la empresa, nuestras organizaciones sindicales y el resto de organizaciones libres del pueblo. El modelo especulador y agro-energético debe revisarse e incorporar a la industria y la inversión en infraestructura productiva y social como ejes del nuevo patrón de crecimiento que genere trabajo y justicia social. Como asimismo, si bien la estabilización monetaria y fiscal son requisitos básicos para el crecimiento, no permitiremos que los costos del ajuste recaigan sobre las espaldas de los humildes.

Es necesario reordenar los factores que fueron alterados y decir sin medias tintas: primero la Argentina, después los intereses particulares de los hombres sean del partido que sean, que el único partido verdadero en la actual hora del pueblo argentino es la patria.

El autor es secretario general de la Unión de Empleados Judiciales de la Nación.

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