
El Presidente electo Alberto Fernández asumió su mandato constitucional enunciando un discurso firme, completo, exhaustivo, racional, disruptivo, emotivo y existencial.
En psicoanálisis suele oponerse la palabra plena a la vacía. En la primera, quien enuncia expresa una verdad de su ser. En la última, apenas serpenteos de nadas.
Siguiendo alguna tradición clásica podría distinguirse los planos del contenido y de la actitud. Es decir, lo que se dijo y el modo en que se lo dijo.
El discurso inaugural de Alberto Fernández abundó en espesor conceptual. Hubo definiciones y hubo ideas.
Hubo anuncios de medidas de implementación inmediata tales como los créditos no bancarios orientados a familias endeudadas, o la inminencia del comienzo de la epopeya contra el hambre.
Hubo también definiciones disruptivas como la decisión de derivar los fondos reservados de la
inteligencia y otros organismos del Estado para aplicarlos a la lucha contra el hambre.
Hubo además expresiones contundentes y valientes como cuando sentenció: “Lo digo y lo reitero: nunca más al estado secreto. Nunca más a la oscuridad que quiebra la confianza. Nunca más a los sótanos de la democracia. Nunca más es nunca más”.
Pero más allá de lo dicho, sobresalió el modo de decir.
Asistimos a un Presidente que se plantó como autoridad para instaurar un canal de comunicación con la ciudadanía.
El Presidente entrante comenzó apelando a la necesidad de curar las heridas con tiempo, sosiego y humanidad.
Convocó también a la unidad de Argentina a efectos de construir un nuevo contrato de ciudadanía social, al que adjetivó como fraterno y solidario.
Luego invitó a superar los muros emocionales del rencor y del odio.
Más tarde finalizó expresando su deseo de que su Gobierno sea recordado por haber sido capaz reunir a la mesa familiar, superar la herida del hambre y superar la lógica de una economía anárquica, egoísta e ineficaz.
La palabra plena es aquella que expresa la verdad profunda de quien la enuncia. Entonces se transforma en acto.
Los actos políticos encierran la potencia de transformar a la sociedad. Pero también a quien los protagonizan.
Cuando las palabras son plenas traslucen el compromiso de quien las pronuncia. Porque esas palabras portan la magia de expresar un ser.
El presidente Alberto Fernández expresó su deseo de constituirse en el presidente del diálogo.
También instó a que la ciudadanía le recuerde sus palabras y el ideario trazado y que, eventualmente, se las reclame.
Ante tanta palabra vacía que nos ha contaminado en tiempos de grietas y fracasos. Ojalá que las palabras de un Presidente se constituyan en los actos necesarios para que Argentina supere los traumas de su larga noche.
Porque las palabras plenas, ante todo, portan vocación de luz y amanecer.
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