La visita ocurrió en septiembre de 1979 (CIDH)
La visita ocurrió en septiembre de 1979 (CIDH)

En 1979 el secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Alejandro Orfila, quien anteriormente se había desempeñado como embajador plenipotenciario de la Argentina en los Estados Unidos, tramitó una entrevista entre Jorge Rafael Videla y James Carter. En ese encuentro, el presidente norteamericano le sugirió al dictador que invitara a su país a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Videla vio con buenos ojos la idea en gran medida porque hasta ese entonces las visitas de la Comisión a otros países habían resultado en informes anodinos. Habiendo además tenido el éxito del Mundial 78, el dictador descontaba que la CIDH entrevistaría a funcionarios, escucharía a algunos damnificados y haría un informe inofensivo, similar a los realizados en otros Estados. Videla invitó a la CIDH a que realizara una visita in situ para reforzar la idea de que en la Argentina no había instalada una "dictadura salvaje", como se estaba diciendo afuera.

Cuando los organismos de derechos humanos en la Argentina nos enteramos de que se concretaría la visita, comenzamos a pedirles a los familiares que enviaran su denuncia y fotocopia de habeas corpus a la Comisión. La CIDH pudo recoger así más denuncias que las que había tenido del resto de los países de América Latina que también padecían dictaduras.

La CIDH recogió miles de denuncias
La CIDH recogió miles de denuncias

Desde la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, encabezados por Emilio Mignone, que había trabajado en años anteriores con la OEA y conocía su metodología, un pequeño grupo de personas nos pusimos a revisar todas las denuncias que nosotros habíamos recibido -alrededor de unas 5.000- para categorizarlas de alguna manera, según la cantidad de pruebas que aportaba cada presentación, por ejemplo. Así elaboramos un informe propio, tomando un capítulo cada uno. El documento llegó a la Comisión de manos directamente de Emilio Mignone, quien lo entregó al entonces secretario Edmundo Vargas Carreño.

Primero se programó la visita para junio de 1979, pero después se decidió que sería en septiembre. En cercanías del momento, Orfila se había dado cuenta de que las denuncias que llegaban eran muchas y de que la mirada de la Comisión, constituida como estaba en ese entonces, era distinta a lo usual. Esto podía tornarse en una visita complicada, y creo que era tal su convicción y alarma que, cuando vino Vargas Carreño a prepararla y se juntó con nosotros, además de con los funcionarios designados por la Junta, pudimos observar cómo nos seguían los servicios de inteligencia. Nosotros le indicamos a qué lugares había que ir y revisar; incluso las cárceles de presos políticos que convenía visitar.

Apenas se fue Vargas Carreño, allanaron la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. Nos llevaron documentación, que nosotros teníamos fotocopiada y escondida en otro lugar. Ahí vimos que hubo una reacción. Por un lado, los habían invitado, pero por el otro empezaban a temer por el informe.

Cuando la Comisión llegó, nuestro mayor preocupación era que la gente tuviera miedo de ir y hacer una cola en Avenida de Mayo, que es donde está la sede de la OEA. La selección argentina acababa de ganar el Mundial Juvenil en Japón y el relator José María Muñoz, quien apoyaba a la dictadura, recomendó a la gente que se acercara a la Avenida de Mayo, pero la verdad es que vieron a esas madres atribuladas y no hubo ninguna provocación.

El dictador Videla recibe a los miembros de la CIDH (Archivo Infojus)
El dictador Videla recibe a los miembros de la CIDH (Archivo Infojus)

Las filas fueron nutridas. Hubo muchísimas denuncias que se reconfirmaron ante la presencia de los comisionados de la CIDH y el informe fue duro. No llegó a la condena de la dictadura, pero marcó la responsabilidad de la Junta por las crímenes denunciados y por la falta de justicia.

Nosotros trabajamos muchísimo. Pasamos miedo, vivimos tensión y estuvimos en apuros. Después de tanto esfuerzo, se retiró la Comisión y nos preguntamos en qué avanzamos en nuestra gran demanda, que era saber qué había pasado con los desaparecidos.

En el momento, nada. Fue peor. Antes de irse, Vargas Carreño se reunió con nosotros, le preguntamos cuál era su idea y dijo: "Perdonen, pero para mí están todos muertos". En buena medida eso era cierto: quedaba un grupo que estaba en la ESMA y que había sido trasladado a una isla para esconderlos de la CIDH.

Cuando miro a la distancia lo que fueron los años de resistencia a la dictadura desde los organismos de derechos humanos, puedo decir que la venida de la CIDH marcó un hito muy importante, un antes y un después. ¿Por qué? Porque hasta ese momento se podía tener alguna duda sobre lo que ocurría. Después no: un informe internacional había reafirmado que en la Argentina había una dictadura salvaje que practicaba terrorismo de Estado aunque aún no se utilizaran esos términos.