Estamos en la recta final de esta primera etapa electoral en Uruguay. Hablando en los términos futbolísticos de moda, es la etapa clasificatoria, donde se elige a quienes van a disputar la semifinal en octubre y la final en noviembre. Dicho de otro modo, después del próximo domingo ya no hay arrepentimiento posible: solo seguirán adelante los que salieron airosos de esta primera competencia.

Eso nos lleva a pensar en el significado de cada movimiento y candidatura. Los tiempos privilegian las opciones personales, pero el análisis meditado de los valores e ideas que representan es lo más importante en estas últimas instancias de reflexión antes del voto.

¿Qué es el voto a Batllistas, entonces? ¿Qué quiere decir para un votante definidamente colorado o para algún otro que alguna vez votó y luego emigró o para un joven que vota por primera vez?

Ante todo, credibilidad democrática. No es poca cosa, cuando competimos con un decadente Frente Amplio, cuya débil convicción republicana se advierte en su parálisis frente a la dictadura venezolana, a la que el gobierno no se atreve a calificar así y la mayoría de sus dirigentes sigue calificando como una democracia. Los batllistas hemos gobernado el país por un siglo y luego de la dictadura, tres gobiernos ratifican esa seguridad sin fisuras.

Batllistas es experiencia en el manejo del Estado. Quien se tome el trabajo de observar a quienes participaron de las 11 mesas en que se aportaron ideas para el próximo gobierno, tendrá claro que ningún otro grupo político o partidario puede mostrar equipos tan probados. El patrimonio de experiencia y capacidad que representan es insuperable. Lo decimos con toda propiedad. Y no es que se trate de viejos funcionarios, porque hay gente de las tres generaciones.

También es laicidad republicana. Hemos sido custodios celosos de que los espacios públicos no sea embanderen de modo alguno con tendencias políticas, filosóficas o religiosas. Es una de las más hermosas tradiciones del país que nos ha permitido convivir en paz, sin que nadie se haya podido sentir discriminado o postergado en la consideración de un Estado neutral. En estos días, sin embargo, vemos cómo groseramente se viola laicidad en los establecimientos liceales con pancartas contra un proyecto de reforma constitucional que se plebiscitará en octubre, para advertir cuánto se amenaza ese principio fundamental y con qué duplicidad actúan las autoridades de la enseñanza pública.

Somos, al mismo tiempo, capacidad de diálogo, de articulación y de entendimiento. Nuestra segunda presidencia fue un gobierno de coalición, firmemente sostenido entre el Partido Colorado y el Partido Nacional, por entonces presidido por el doctor Alberto Volonté. Ello permitió derrotar la psicología inflacionaria de un país que llevaba medio siglo de constante remarque de precios, para ir a guarismos de un solo dígito y abordar reformas tan sustantivas como la de la educación y la seguridad social. Hemos comprometido nuestro esfuerzo político en la construcción de un nuevo gobierno de coalición; como ningún otro grupo hemos hecho bandera de esa idea política y afirmamos que si no se solidifica ese camino, se pondrá en riesgo la necesaria alternancia en el poder.

Por lo que ya va dicho, ningún otro partido político puede hablar de reformar la educación con la autoridad política que nos da el esfuerzo cumplido. No se trata de repetir fórmulas sino de recuperar aquel espíritu de innovación que nos permitió, en aquel gran Codicen presidido por Germán Rama, producir tantos cambios fundamentales. Algunos no pudieron ser derogados, como las escuelas de tiempo completo; otros sí, como el programa pedagógico de la enseñanza media, sustentado en los nuevos centros de formación docente, que se derogó sin la menor evaluación, para retornar a un viejo y vetusto programa, que notoriamente no logra ni siquiera el objetivo mínimo de retener a los alumnos en el sistema.

Como hablamos de educación, podemos hacerlo también de los cambios estructurales en la producción. No ha habido ninguno en estos 15 años. Nada de nada. La aplicación de la ley de zonas francas (que hoy ocupan 15 mil personas bien remuneradas y fueron denostadas por el Frente Amplio) y el desarrollo de la industria forestal, basado en el Programa de 1985 y la ley de 1987, son los que han salvado la inversión en el país. Ninguna otra cosa ha podido mostrar un Frente Amplio que llegó envuelto en un halo renovador y solo ha sido rutina y abandono. A la inversa, sectores de producción que, apoyados por nuestro gobierno, se desarrollaron y modernizaron, hoy están en situación difícil, como son los casos de la lechería, la granja o la vitivinicultura. Es más, recibieron un país ya en expansión luego de la crisis, se beneficiaron de los excedentes fenomenales de una bonanza de precios internacionales sin precedentes y ahora entregarán un país hipotecado, endeudado y en déficits que obligan a medidas extremas para impedir la quiebra financiera.

Quizás en la visión social del país es donde el Frente Amplio aparece más frustrado. Un gobierno que se pretende progresista y no ha podido avanzar en educación (como lo reconoció no hace mucho el ministro Danilo Astori); que ha organizado un enorme y costoso Ministerio de Desarrollo Social y, al mismo tiempo, ha visto multiplicarse la gente en situación de calle y los asentamientos irregulares; que ha desfinanciado de modo inquietante el sistema de seguridad social y que no siquiera logra el mínimo de paz para la convivencia, con una delincuencia rampante, un narcotráfico en expansión y una policía desmoralizada, como lo ha reconocido hace pocos días su mayor jerarca, de nada puede hablar ya. Ahí es donde el batllismo, el histórico y el reciente, aquel de los liceos de don Pepe y este, el de los centros CAIF y las escuelas de tiempo completo, puede decir, con orgullo, que sigue representando y enriqueciendo su mejor tradición.

Por todo esto, estamos luchando. Y nada nos haría más feliz que tener la voz más fuerte para que estas verdades resuenen en todos los ámbitos de la República.