La Administración Nacional de Educación Pública de Uruguay (ANEP), bajo el impulso de su director de Planificación Educativa, se propone eliminar la repetición y días pasados, a puertas cerradas en un hotel céntrico, firmaron sus autoridades un manifiesto —aparentemente internacional— en esa dirección.

Ya hace tiempo que la escuela uruguaya fue abandonando la repetición e instalado el famoso "pase social". De ese modo, todos los niños llegaron a 6º año, pero nadie aseguró que tenían los aprendizajes necesarios en el idioma castellano o la aritmética. A la inversa, las pruebas de evaluación demuestran resultados desastrosos.

Se trataba de un tributo a la estadística que venimos denunciando desde hace años. Era muy fácil lograr que no hubiera repetición. Bastaba hacer lo que, irresponsablemente, se hizo. El "pase social" discriminó de verdad, porque se eliminó la repetición a cambio de nada y quienes quedaron relegados para siempre fueron los que más necesitan apoyo, los que provienen de los hogares más carenciados o de familias menos estructuradas.

Ahora parecería que hay que dar la batalla universal y avanzar sobre la enseñanza secundaria, donde siempre hubo "exoneración", "exámenes" y la repetición como excepción. Y a partir de allí hacia todo el sistema.

Por supuesto, la repetición no es una solución pedagógica milagrosa, seguramente haya mejores herramientas que esa, pero mucho peor es no asistir al alumno para que mejore su rendimiento y mandarlo a la calle con un certificado de que sabe lo que realmente no sabe. Profesores de Secundaria se han encontrado alumnos egresados de primaria que directamente no sabían leer ni escribir. Llegan al liceo y rebotan. Como van a rebotar en la vida todos aquellos que salgan al mundo laboral con esa preparación tan precaria.

Ahora bien: si discutibles son las medidas, peores son los fundamentos. Porque este señor director dice cosas como estas: "Llegó la hora de que hagamos un pacto social, un acuerdo de que la educación es obligatoria para todos, es un derecho de todos, y por tanto no puede haber pura meritocracia". ¿No sabe que, desde 1830, la Constitución dice: "Todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino de los talentos o las virtudes"? ¿No sabe que el talento, la virtud, configuran el mérito y que lo contrario es la ignorancia, la mediocridad, el mensaje a la sociedad de que no hay nada peor que intentar superarse? En una palabra, la igualada hacia abajo que llevó al marxismo a su estrepitosa caída universal.

Y luego sigue: "Llegó el momento de que la clase media acepte que esos bancos que, históricamente, se reservó para sí misma, ahora los deberá compartir con los recién llegados". Como se ve, parecería que hubo un designio oligárquico, una especie de aporofobia de la clase media para impedir que llegaran los más pobres a la educación media, atribución disparatada, propia de una obsoleta mentalidad de dogmatismo clasista. Por supuesto, ignora la realidad, porque entre 1995 y 2005, en 10 años, se incorporaron 70 mil estudiantes a la enseñanza media, que se encontraron —además de lo tradicional— con informática, con enseñanza de inglés, con mejoras que justamente apuntaban hacia los rezagos de los provenientes de los sectores más vulnerables.

Estos razonamientos tocan la esencia de la diferencia entre el fracasado socialismo de matriz marxista y el mundo democrático liberal, pensado y concebido para el respeto a la individualidad y la constante superación. Quienes todavía tienen el Muro de Berlín en su mente piensan en un igualitarismo mediocre de igualación hacia abajo. Que esa mentalidad sobreviva en el corazón de la autoridad educativa de nuestra república es deprimente. Y explica muchas cosas de las tristes que todavía ocurren en ese ámbito. Entre otras: que el Consejo Directivo Central (Codicen) no haya desautorizado esas apreciaciones tan reñidas con nuestra institucionalidad.