
Lo conocí cuando la democracia se recuperó en Argentina y él, con su regreso, le ponía fin a más de ocho años de exilio forzado al que la Triple A y los militares genocidas lo habían condenado.
Para entonces sabía de su condición de enorme jurista. Era uno de los discípulos de Luis Jiménez de Asúa, un catedrático español que escapando del franquismo se afincó en nuestras tierras y aquí desarrolló a la generación dorada de los penalistas argentinos.
Cuando corría 1984, me convocó a almorzar en Edelweiss, un clásico restaurante en la zona de Tribunales. No lo conocía personalmente. Recordaba su magnífico discurso ante la Policía Federal en 1973, siendo ministro del Interior del presidente Cámpora. Fue esa la primera vez en que oí decir que en un Estado de Derecho el poder de represión estatal tiene límites. Sabía también que tras su regreso había concursado y ganado una cátedra de Elementos del Derecho Penal y Procesal Penal en la misma Universidad de Buenos Aires en la que yo ya enseñaba. Pero lo que yo no sabía era el motivo que lo impulsaba a conocerme.
Fui a la cita con una mezcla de miedos y expectativas propias de un hombre de 24 años. Al fin y al cabo iba a conocer a alguien que respetaba desde siempre sin siquiera conocerlo.
Al llegar lo encontré parado junto a la barra donde los mozos iban en busca de los diferentes platos. Me saludó con afecto y me invitó a ocupar alguna de las mesas que estaban libres. Hablamos de esos días alfonsinistas y de las frustraciones que como peronistas vivíamos por entonces. Le pregunté por su vida sabiendo que allí había un trozo de nuestra historia. Así, entre anécdotas que permiten a dos desconocidos ganarse mutuamente la confianza, me dijo que quería que fuera adjunto de su cátedra. Antes de hacerlo me advirtió lo que sabía de mí. Y hasta me comentó críticamente algunos artículos que yo había escrito sobre el principio de legalidad, sobre el "dolo condicionado" y sobre una "tesis" que publiqué en esos días sobre los dilemas que acarrea la "instigación por omisión" en el delito.
Me sorprendió su humildad. Con el tiempo advertí que era una de sus virtudes. Fue muy llano en su trato. Hasta me pidió que lo llamara Bebe (ese era su sobrenombre) y que lo tuteara, cosa que nunca pude hacer por el inmenso respeto que me inspiraba.
Lo cierto es que a partir de entonces fui su adjunto y entre los dos abordamos la tarea académica con una dedicación llena de alegría y que nos llevó a compartir la autoría de dos libros.
Aprendí mucho a su lado. Me fui jactando de ser su discípulo, algo que no veía con simpatía porque decía que lo mostraba como un "viejo sabio". Todo eso fue forjando nuestra amistad en la que siempre se mezcló la enseñanza, la confianza, el respeto y el compromiso.
Un día lo invité a ser parte del Grupo Calafate. Dudó. Los 48 días de ministro de Cámpora le habían significado el dolor del exilio. Temía repetir la experiencia involucrándose nuevamente en la política. Pero pese a todo se sumó a nosotros y aportó mucho de la enorme inteligencia que siempre tuvo.
Con el correr del tiempo, y ya llegado Néstor Kirchner al gobierno, lo convocamos para que fuera el Procurador General del Ministerio Público. Así se convirtió en el mejor jefe que los fiscales de la Justicia Nacional puedan haber tenido.
Un día, los desvaríos de Argentina lo hicieron renunciar y dejar ese cargo que tanto había prestigiado durante los ocho años en que lo ejerció. Muchas veces la locura maltrata a los mejores.
Entonces volvió a su estudio y a la universidad. Fue el abogado brillante que siempre fue y siguió siendo el inmenso académico que siempre había sido. Sus 75 años de vida lo jubilaron de la docencia activa y lo convirtieron en un "profesor emérito". Sin embargo, siguió escribiendo y participando activamente de la vida académica.
Nuestros encuentros fueron más esporádicos. Compartíamos almuerzos regulares junto a un grupo de amigos entre los que estaban Alberto Iribarne, Jorge Taiana, Felipe Solá y Carlos Arslanián. Allí discutíamos sobre las cosas que vive nuestro país.
Lo saludé cuando el año anterior acababa. Quedamos en vernos tras los festejos navideños. Los dos nos propusimos que al concluir el 2019 la Argentina pueda salir de la degradación en la que está sumida.
Hace dos semanas, mientras cruzaba el puente de Macacha Güemes de Puerto Madero, Ana, su esposa, me transmitió la novedad del mal que lo aquejaba. Corté el llamado y seguí manejando mientras el llanto me atrapó impiadoso. Temí que ya no lo volvería a ver.
Esta mañana me avisaron que murió Esteban Righi y el llanto otra vez me hizo su presa. Fue mi maestro. Fui su colaborador en la cátedra. Fuimos amigos que siempre se respetaron forjando un cariño mutuo.
Con su partida, yo he perdido a un ser sinceramente querido. Pero los argentinos, en estos tiempos en que la miserabilidad de la Justicia y de la política asoma sin vergüenzas, hemos perdido al mejor exponente del Estado de Derecho. Y ese vacío que deja no se bien como podrá llenarse.
El autor fue jefe de Gabinete de la Nación (2003-2008).
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