Fueron 366 días de angustia, incertidumbre, duda y desconfianza infinitas. Todo era opinable, nada era ni absolutamente descartable ni definitivamente certero. Sin bien hasta este preciso momento no hay imputados por la tragedia de la malograda nave militar, el juicio mediático avanza a pasos agigantados y muchos condenados de facto tal vez tengan que ser absueltos. Aunque comienzo a percibir que los más conspicuos personeros de la "justicia nacional y popular" no parecen dispuestos a retroceder un ápice respecto a las lapidarias sentencias que ya han dictado.

"Nunca lo van a encontrar, la Armada y el Gobierno le dieron datos falsos a la empresa Ocean Infinity para que busquen mal, es que si se encuentra el submarino, se pudre todo". Ante esta contundente afirmación, que quedó sin sustento en el mismo momento en que se descubrió que el San Juan estaba en un área que se correspondía plenamente con últimos datos disponibles, que básicamente eran la última posición reportada en la mañana del 15 de noviembre y la posición de la implosión detectada por el organismo internacional que monitorea los ensayos nucleares marinos, la teoría conspirativa mutó rápidamente: "Es evidente que lo torpedearon, están ocultando la cara más dañada de la estructura de la nave".

De nada valdrá explicar desde la razón que un submarino afectado por un ataque exterior presentaría un aspecto muy diferente al que en principio se pudo apreciar. Tampoco servirá sostener que los expertos que analizaron el sonido detectado por el CTBTO (organismo con sede en Viena al que nos referimos anteriormente) sostienen que este se corresponde con una implosión producto del colapso estructural del San Juan por efectos de la presión hidrostática ejercida sobre su casco y no de una explosión.

"Las imágenes fueron manipuladas por expertos cineastas que están a bordo y que disimularán las verdaderas razones de la pérdida de la nave y sus tripulantes. Por eso hay ingleses a bordo del Seabed Constructor". También hay a bordo tres oficiales de la Armada Argentina y familiares de los tripulantes que presenciaron, tal como bien se ocupó de difundir la empresa Ocean Infinity, el momento preciso del avistaje por intermedio del vehículo que desde el buque se sumergió a una profundidad mayor a los 900 metros. ¿Qué pasó con esta gente, de qué manera los indujeron a que vean algo distinto a lo que el resto estaba viendo? Ya que, al parecer, estamos atravesando una racha de pensamientos mágicos, ¿podríamos afirmar que los hipnotizaron?

No conformes con cuestionar lo evidente, llegaron a sostener, en los momentos mismos en que la noticia nos impactaba de lleno, que tal vez se trataba de otro submarino o de un fotomontaje. Al mismo tiempo, la versión B de la paranoia sostuvo que el Gobierno había diferido la noticia para hacerla coincidir con el discurso presidencial. Una vez más la pregunta, ¿a bordo del buque de Ocean Infinity había seis argentinos o seis zombis?

No hace falta decir (pero lo diremos igual) que el hallazgo del San Juan no es un motivo de festejo. Es nada más ni nada menos que la lamentable pero necesaria confirmación de una de las mayores tragedias navales de la historia argentina. Sí afirmaremos, sin temor a equivocación alguna, que este hecho constituye un punto de inflexión en el devenir de la vida de 44 familias, que además brinda una herramienta de superlativa importancia para la prosecución de la causa, que permite asimismo despejar del camino varias hipótesis que distraían la atención de la magistrada interviniente y que ubicaban al submarino en otras zonas y en otras fechas. Hoy sabemos a ciencia cierta que no ocurrieron muchas de las cosas que incluso algunos hombres de la Armada creyeron de buena fe haber visto y oído.

No creo estar errado si sostengo que no habían pasado aún 24 horas del anuncio de la noticia esperada durante un año y dos días para que una nueva premisa se instalara en la sociedad con la consecuente y consabida brecha: "Hay que recuperar al San Juan".

Y aquí estamos. Como al principio, como al inicio de cada mínima o máxima historia o suceso que, lejos de unirnos, nos separa un poco más. Podremos intentar explicar hasta el cansancio que, al margen de una probable explosión interna en el San Juan, producto de la acumulación de gas hidrógeno, de una magnitud no determinada pero que anuló la conciencia de los 44 marinos, al precipitarse al fondo del mar, la nave sufrió una implosión que produjo un ingreso de agua a su interior a una velocidad de aproximadamente 1200 kilómetros por segundo. Poco importa si el valor exacto es de 900 o 1500, el impacto de semejante "pistón líquido" solo causa una cosa, destrucción total a su paso.

Como pocas veces a lo largo de todo este fatídico suceso, marinos e ingenieros navales venían coincidiendo en que intentar un rescate del submarino es una tarea altamente compleja, extremadamente onerosa, demandante de una gran cantidad de tiempo y, lo que es peor, de resultado totalmente incierto. La armonía se quebró cuando una vez más la ideología nos nubló el raciocinio y entonces, a como dé lugar, no hay argumento que valga en contrario. "Queremos al San Juan de vuelta entre nosotros, no traerlo implica no querer que sepamos la verdad". No hay el menor lugar en la cuña ideológica para aceptar un: "No se puede, no conviene o no está a nuestro alcance hacerlo".

En medio de estas verdaderas luchas intestinas, 44 familias nos observan. Algunas se aferran a lo que más "conviene" a sus destrozados corazones. Necesitan certezas y los bombardeamos con teorías francamente delirantes, necesitan paz y los hemos sumergido en una guerra que tiene entre otros "gladiadores" a activistas políticos que solo buscan demostrar que todo lo que se haga, si proviene de las huestes oficiales, estará definitivamente mal hecho.

Algo que los marinos sabemos es que de cada tragedia en el mar se saca una lección que permite mejorar las condiciones de navegación para que no repita el mismo error. El Titanic obligó a repensar la cantidad de botes salvavidas que debían llevar los buques. La Segunda Guerra Mundial demostró que había una forma segura de arrojarse al mar para no morir al impactar con el agua y hasta cómo fabricar un salvavidas con las ropas que vestían los propios náufragos.

La catástrofe del San Juan seguramente obligará a repensar muchos de los protocolos y los procedimientos de la Armada Argentina. Es natural que así sea, será obligación de la autoridad política involucrarse un poco más en la actividad militar y asegurar que se corrija todo lo que hubiere que corregir.

Pero habría que preguntarse cuál es la lección que nos deja el San Juan como sociedad. ¿Podremos seguir tomando todo lo que nos pasa como un eterno Boca-River? ¿Seguiremos considerándonos los dueños absolutos de la verdad, denostando y denigrando al que piensa distinto? ¿Estaremos alguna vez en condiciones de entender que tal vez en algún momento estamos equivocados?

Ciertamente el no ser capaces de leer el mensaje que el San Juan nos deja implicará un desastre varias veces peor al que se cobró la vida de nuestros compatriotas.

Finalmente y solo para ellos, para los 44: Misión cumplida compatriotas, descansen en paz.

El autor es capitán de fragata (RN), maquinista naval superior (veterano de guerra de Malvinas)licenciado en Administración Naviera, perito naval, diplomado como oficial del Estado Mayor Especial y vicepresidente de la Liga Naval Argentina.