Profeso el respeto por el medio ambiente. También respeto a los ambientalistas y a los cultores del derecho ambiental. Nuestra generación debe mucho a quienes, desde 1970 en adelante, se tomaron en serio el cuidado del entorno en que existimos.
Sin embargo, desde hace años vengo viendo cómo el ambientalismo genuino ha sido infiltrado por un puñado de fundamentalistas para quienes cualquier actividad humana es contraria al hábitat o la ecología. Estos activistas, que realmente no son muchos, no razonan ni reconocen jamás los argumentos de quienes mantienen posiciones moderadas, cautas o equilibradas. Para ellos todo se resume en confrontación y grito, como si esas fueran formas posibles de diálogo.
Esos ambientalistas no son verdaderos defensores del medio ambiente, sino falsos exponentes de los derechos que dicen representar, pues no se les conoce activismo o defensa concreta más allá de la estridencia y la denuncia. Es hora de que les vayamos quitando la careta porque su farsa le gana espacio a los verdaderos ambientalistas, aquellos que se esmeran a diario en cuidar nuestro entorno, protegiéndolo con acciones constructivas y edificantes que nada tienen que ver con la cerrazón y el agravio.
Es fácil identificar a un ambientalista genuino de un farsante. El verdadero, el que ha estudiado y se ha instruido, tiene clara conciencia de las leyes que regulan el medio ambiente, empezando por la Constitución Nacional, que no promueve una defensa a ultranza del ambiente sino un equilibrio entre su protección y el desarrollo productivo. El falso ambientalista, en cambio, se queda en generalidades y abstracciones, nunca baja a la realidad ni al dato concreto, plantea todo en términos de confrontación y se mueve con el fanatismo propio de una religión o de un partido político extremista.
Desde hace diez años venimos asistiendo a un intenso enfrentamiento entre ambientalistas radicalizados y empresas explotadoras de aviación agrícola de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. En todos estos escenarios el espectáculo ha sido más o menos el mismo: acusaciones abstractas y alarmistas basadas en posiciones ideológicas rígidas de parte de los detractores de la actividad y, del lado empresario, continua sensación de impotencia al ver que los argumentos técnicos y científicos nunca son tenidos en cuenta.
Este cuadro se quebró en Mendoza durante la pasada campaña 2017-2018 con motivo de las aplicaciones aéreas de fitosanitarios que el Servicio Nacional de Sanidad Agroalimentaria (Senasa) decidió ejecutar contra la polilla de la vid, una plaga cuarentenaria que se venía extendiendo imparablemente desde 2008. El empleo de aviones permitió detener la expansión de este insecto, pues por primera vez se lo pudo atacar en simultáneo sobre grandes extensiones y con dosis uniformes de confusores sexuales e insecticidas de baja toxicidad. El resultado fue que la plaga se detuvo y, gracias a la aviación agrícola, va camino al exterminio.
Tan pronto los aviones comenzaron a volar sobre Mendoza, un virulento grupO de ambientalistas alzó la voz contra las aplicaciones aéreas, denunciando que afectaban la salud humana y el equilibrio del ecosistema. De inmediato se interpuso una acción de amparo ambiental solicitando la suspensión de los vuelos, al tiempo que la Municipalidad de San Carlos directamente los prohibió. Sin embargo, la Justicia mendocina rechazó la acción de amparo, pues no se comprobó en absoluto el pretendido perjuicio alegado por los ambientalistas. En consecuencia, los aviones continuaron trabajando sobre todo el territorio mendocino, incluyendo los viñedos de San Carlos, donde ejecutaron su trabajo en apenas una mañana. En síntesis, la polilla perdió, ganaron todos los mendocinos y este año una nueva campaña se está llevando a cabo sin estridencias.
El caso dejó como lección que no se puede hablar de ambiente en sentido abstracto, pues ese camino lleva directo a la ideología, el terreno favorito de los falsos ambientalistas. El único ambiente sobre el cual la protección es posible es el ambiente concreto. Por ejemplo, en Mendoza el medio ambiente es tanto natural (montañas, glaciares) como cultural (viñedos, frutales), pues cien generaciones de agricultores crearon tres oasis productivos en medio de un desierto. En este contexto, la polilla de la vid apareció como un agente exógeno, agresivo y predatorio, que solo pudo ser derrotado por la aviación agrícola.
El autor es abogado de la Federación Argentina de Cámaras Aeroagrícolas, experto en Derecho Aeronáutico y docente universitario.
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